UN PAR DE ZAPATILLAS
Un
par de zapatillas
bien roídas
te olvidaste al fondo
a mano izquierda
de mi oscuro armario;
tras los pantalones
de lana de abuela,
bajo la chaqueta de moro,
contra el jersei de niña buena.
Eran un par de zapatillas,
bien viejas,
bien empodrecidas.
Con la puntera alta, alta,
su tela de cañón herido
y sus plantillas corrompidas
de pie sin alma.
Con su olor característico
a tela húmeda
y un par de escenas
en ellas transcurridas,
se encogían
humeantes con el recuerdo
de tu odiosa persona.
No vale la pena
que las guardes,
si acaso que las tires.
No ocupan espacio
en mi memoria
de borracha perdida,
un par de carreras
entre dos agitadas
y al tiempo ya olvidadas.
Que se sigan pudriendo
junto al viejo estante
de madera carcomida,
que ya no necesito
unos zapatos
para recordarme
lo que fuera.
Desataré los cordones de fibrina,
y que se mueran
sin suela que les sostenga.
Que se mueran,
esa mierda de viejas zapatillas.