Mañana, tarde, y noche

Llegó la mañana amarga,
hambrienta de nuevas almas,
con olor a colilla podrida
y a habitación bien cerrada.
Nos miramos a las caras,
extrañados y aburridos
nos dijimos:
"Pero si no te conozco de nada".
Diste un revolcón
llegando a parar a la otra esquina
de mis blancas
e impolutas nuevas sábanas.
Yo abrí primero el ojo derecho,
y luego a medias el izquierdo.
"¿Quién eres?", me decía
es imposible haber estado
tan bebida
como para no acordarme de la compañía.
Llegó el medio día
mientras tú y yo,
asustados bajo la misma manta,
continuábamos nuestras mentiras.
Con una mano incierta
te aventuraste en exploración secreta
a tocar no sin sigilo
en aquella, mi puerta.
Pero no sabía quién eras,
y preferí dar media vuelta.
Con éstas llego la opaca tarde,
compartiendo almohada
con una cara sin nombre
dándome la espalda.
"¿Quién eres?" me repetía.
Y la noche al fin
hizo presencia
para permitirnos desembocar
en un desenfreno
del no parar
de mi manchado carmín
y su seco aliento.
"¡Y qué más da quién sea!"
me dije al cabo para mí,
"¡Y qué más da!"