|
El dios miedoso
En el centro de su palma, aquel dios retenía una nebulosa de
universos. Pero sus miedos dominaban su existencia y nunca, nunca abrió su
mano...
Fue así, como en su instinto de protección hacia lo que
él deseaba mantener alejado del toque (posiblemente hiriente) de otros
dioses, pasó a ser su propio verdugo: en la oscuridad reinante entre sus
dedos, se fueron generando guerras internas. Los mundos se consumían entre
la falta de luz, y el
aire tenso contaminaba el rancio sentimiento de un odio irrevocable.
Confundido y creyendo que algo había penetrado dentro de
su palma, se esforzaba en apretar más su puño cerrado. Y poco a poco
destrozaba, estrangulando, la grandeza que allí hubo existido.
Y llegó el día en que la
contaminación se extendió sobre su piel, y afectado de gangrena
perdió su mano.
|