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"La Charca Negra" Me habían contado del efecto de la charca... Del agua negra,
espesa y maloliente que todos en la aldea se cuidaban de no pisar. Como una
balsa de aceite resbalosa, permanecía ajena a las inclemencias del tiempo,
desafiante, esperando un alma inocente en que cebar su embrujo. Y yo, recién
llegada, la miraba con un cierto desafío, medio intrigada, medio riéndome de
lo que yo pensaba era una historia de las tantas que se crean en las mentes
de los seres encerrados en unas vidas tan pequeñas que de algo tienen que
ocuparse. Conocer a Manuel, fue un regalo inesperado del verano en que
llegué... Conocerle y enamorarme; aún recuerdo el dulce sentimiento que todo
embargaba en esos días y nuestras salidas en alegres caminatas donde las
florecillas silvestres hilvanaban a puntadas una felicidad llena de
sutilezas. Pero fue Manuel, quien me advirtió un día, casi arisco ante mis
preguntas, que no me acercase a la charca... Y yo, rebelde por naturaleza,
quise demostrarle entonces que no había motivo para creer en maleficios... Todo sucedió apenas sin darme cuenta a comprender lo que
pasaba... O quizás, no había posibilidad de entender, porque así es la
naturaleza de los oscuros fenómenos que se producen cuando el infierno se
escapa a través de una puerta que alguien abre sin saber. Esa mañana, salimos de excursión de madrugada, esperando llegar
al río antes de que el calor apretase. Hay un lugar donde se forma una
piscina natural, semioculta entre grandes rocas... Nuestro preferido lugar
donde bañarnos, pues allí, raramente alguien se aventura. En el descenso, a
la salida del pueblo, había que pasar al lado de la charca... Y yo,
desafiante, rocé los desnudos dedos de mi pié en ella.... Manuel me miró atónito, pues mis rápidos movimientos no le habían
dado tiempo a detenerme... Y el grito que escapó de mi boca heló su mirada y
quebró el ambiente. Sé que entonces, algo hizo presa de mí... Que vi el infierno...,
y supe que mi destino era ya tan negro como la charca. Caminaba por inercia... Sintiendo un dolor opaco ascender por mi
pierna..., y extenderse..., y apoderarse de todo mi ser. Y cuando por fin
llegamos..., y lavé mi pie en el agua fresca... Sentí como si entonces, fuese
mi piel quien prestara un color amoratado a esas aguas. Nos tendimos en las rocas... Y Manuel me besó; quedé dormida... Y
al despertar, mi mundo había cambiado de rumbo para siempre.
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