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Hirientes palabras
A mí, me partiste el alma,
y lo hiciste, así de simple:
sin tan siquiera tocarla!
Cómo me doliste entonces!
a pesar que lo esperaba...
que lo mucho que dijiste
y lo mucho que callabas
fueron cuchillos hirientes
mutilando mi esperanza.
Sospecharlo, lo hice siempre,
que al igual que a mí me hablabas
tus palabras trocarías,
acordes a tus ganancias...
que ni caridad ni humildades
fueron tus ropas sagradas.
A mí me partiste el alma...
y reconozco, humillada...
que tú me la destrozaste,
sin necesidad de otras armas
que te serviste, tan sólo,
tan sólo!
de tus palabras.
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