LA TANGENTE
.
¿Y
la tangente, señor Arcipreste?...
¿El
radio de la esfera que se quiebra y se fuga?
¿La
mula ciega de la noria, que un día, enloquecida, se liberta del
estribillo rutinario?...
¿La
correa cerrada de la honda, que se suelta de pronto para que salga la furia
del guijarro?...
¿Esa
línea de fuego tangencial que se escapa del círculo y luego
se convierte en un disparo?
Porque el
cielo... Señor Arcipreste, ¿sabe usted?,
No hay arriba
ni abajo...
y la estrella
del hombre
es la que
ese disparo va buscando,
ese cohete
místico o suicida, rebelde, escapado...
De la noria
del Tiempo
como el dardo,
como el rayo,
como el salmo.
Dios hizo
la bola y el reloj: la noria dando vueltas y vueltas sin cesar,
y el péndulo
contándole las vueltas, monótono y exacto...
El juguete
del niño, señor Arcipreste,
¡el
maravilloso regalo!
Pero un día
el niño se cansa del juguete y se le saca las tripas y el secreto
como a un
caballito mecánico,
como a un
caballito de serrín y de trapo.
Es cuando
el niño inventa la tangente, Señor Arcipreste,
la puerta
mística de los caballeros del milagro,
de los grandes
aventureros de la luz,
de los divinos
cruzados de la luz, de los poetas suicidas, de los enloquecidos y los santos
que se escapan
en el viento en busca de Dios para decirle
que ya estamos
cansados todos, terriblemente cansados
de la noria
y del reloj,
del hipo
violáceo del tirano,
de las barbas
y las arrugas eternas,
de los inmóviles
pecados,
de este empalagoso
juguete del mundo,
de este monstruoso,
sombrío y estúpido regalo,
de esta mecánica
fatal, donde lo que ha sido es lo que será
y lo que
ayer hicimos, lo que mañana hagamos.
.
