Un serenito a media luz y pétalos de rosas
Ya se agotaba el
silencio de una media noche recamada entre suspiros de atracciones emotivas,
para iniciar encuentros; dos almas en preferencias de hallar sus estancias de
compleja aceptación, coordinaban los latidos de locuras, y el éxtasis necesario
de la piel, que se matizaba con un bello reloj de Arena. Tenían sus
miradas por encima de sus luengas cabelleras, y a cada minuto
estampaban en disimulos, un tierno beso de la iniciación que se fragmentaba
en el decurso del bello amanecer sombrío. Maquinando en la geografía
de atractiva piel morena, las yemas de sus dedos en armónica búsqueda
de complacencia infinita, daban así un primer paso a la cercana travesía
programada, por la cadena de mudas palabras. Cada minuto de
espera, de avanzadas telúricas de misterioso tacto, marcaba el tiempo andado
por los caminos ofrecidos y en cada suspiro que atraía en deseos, fijaba una
película de colores en alegrías constantes, y luego se proyectaba en el
panel predilecto de la recámara que esperaba la inevitable visita nocturnal,
y allí hacer los surcos de un erótico juego. Dos cortinas de
organzas en celestes y fucsias, daban realce impetuoso al aposento donde el
deseo invadía espacios, adornado por las abras y peanas de sensaciones en
conjunto, y en medio de espejos atrevidos, se situaba un inmenso lecho de
travesuras compartidas. Tenia sus colchas,
aromatizadas con miles de pétalos de flores, en el rincón de la diestra, una
comunión de velas y cirios en clásico jugueteo de llamas bailarinas, y en el
centro una figura de marmolina tallada, con relieves concebidos en el último Kama-sutra
orientalista. Cada frazada
estampada en rojo fiesta y en gules como un mar en cristales, se ubicaban
ordenadamente, con almohadones de plumas sumergidas, y dos gigantes cojines
ribeteados con figuritas de rojizos corazones, complementaban el ajuar
preferido, para que el serenito y su oscuraza atravesaran las ventanas de
lúcidos deseos, y fueran testigos mudos del ocasional encuentro hacia la
sublimación amorosa de las dos almas que peregrinamente llegaron en su
madrugada de matutino impulso. Horas antes
recorrieron los perfiles, y en cada poro de sus siluetas impregnaron el
ambiente, rebosando en las hondonadas con caricias de sacramental aviso, y
permitiendo las comuniones en suspiros que en cantos de gemidos y alegres
melodías, extendieron los pétalos que fueron fieles testigos, del único
encuentro con ósculos admitidos. Allí queda un
recuerdo del serenito casi en media luz, rodeado de claveles y rosas y de un
incienso de celestial episodio compartido. |