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Rebelión en el Perú La cultura indígena peruana
ha dejado huellas indelebles que superviven. Huellas de un sabor tan antiguo
que su influencia da aún contenido y vida a la fábula o la leyenda, a la tradición
y a la historia. Una sutil y persistente raigambre de antigüedad y nobleza
brota como de fuentes míticas y legendarias dándole un sortilegio de magia y
pátina. Influjo y brote que tienen su ambiente más propicio en la serranía de
Ancash. La raigambre
indígena es lo único nacional que nos emociona. En todo el país está
extendido este sentimiento. Nuestra modalidad social, artística y filosófica,
se inspira y parte de lo indio. La cultura de occidente nos ha traído su
barniz elocubrante, pero el alma nacional con toda la fuerza de un sino
arranca de lo indio. La Comunidad Indígena y el Paisaje Andino son únicos. Su
acción ha creado en el país una realidad y un sentido histórico cuyo
contenido ideológico informa nuestra personalidad y nos salva del anonimato. Lo indio
viene de muy atrás y va más allá. El Ayllu es su célula viviente. Pervive en
el Perú como una entelequia y se alza hasta un plano metafísico. Lo indio nos
rodea y nos acicatea, está en el agro, en la vida social, en el arte y hasta
en la religión. Lo indio nos informa un carácter y pone su nota emotiva en el
alma. La técnica de otras culturas no alcanzarán sino variar los modos de
objetivación pero jamás podrán modificar el espíritu indio. Sin lo indio el
Perú no tendría su raíz o savia. Los pueblos de América tienen en lo indio su
razón de ser. Pueblo que ya no la tiene o no la tuvo es un pueblo que no
tiene conciencia clara de su destino. Por muy evolucionado que este lo
indio quedará su huella inconfundible, El cholo, el roto, el mulato, el
gaucho, el Cariaco y el cawboy tienen la energía india que los identifica a
simple vista a pesar de su aparente transfiguración. La inquietud social del Perú
se nutre de lo indio: el panorama de las masas trabajadoras deja su sabor
indio en la sierra, en la montaña y en la costa. La literatura y la música,
la pintura y la escultura tienen su inspiración más fuerte en el tema de la
vida india. Es ya innegable en el arte la influencia de lo indio. Nada hay de
original en nosotros sin él. En todo
instante lo indio ha exaltado el espíritu. Miranda en 1790 presentó al
Ministro Pitt su plan de emancipación coronando a un Inca bajo el
protectorado británico. El 2 de agosto de 1816 el General belgrano proclama a
sus tropas la vuelta del Inca. El propio José de San Martín miraba con
simpatía este retorno. En Ancash la Revolución de Atusparia, fué el brote y
una nostalgia de lo indio. El
indígena es una estampa del paisaje andino. Su fisonomía se ha conformado con
los elementos de la naturaleza; ora tiene la apacible ternura de su cielo
arrobador y la sonrisa exquisita de sus prados, ora el hieratismo de sus
cumbres pétreas y la ira despiadada de las tormentas. Cuando el indio ha sido
tocado por el amor es capaz de los más sublimes sacrificios. Nada iguala a su
constancia y valor. Las pagras o rima-rimas inaccesibles o los pichones de
paloma o de vultúridos raros son sus ofrendas más inestimables. El cariño se
hace sensible y noble. Pero también es terrible y fatal. La inclemencia de la
puna y la aspereza de sus moles o el vericueto de sus quebradas lo han hecho
astuto y borrascoso, soporta la opresión y el abuso sin inmutarse: una
secreta rebelión alienta su destino y está pronto a estallar. Después
de la guerra con Chile, el Perú atravesaba por graves problemas económicos y
una de sus consecuencias fue acentuar la explotación indígena. Los patrones y
mandones querían rehacer su fortuna a costa del abuso. Se recargaron las
faenas y repúblicas y se hizo el servicio extensivo en favor de las
autoridades y principales; los diezmos y primicias, las pitanzas y regalías
fueron exigidos por la fuerza. Y finalmente pesaba sobre el indio la
contribución personal de dos soles, excesiva si se tiene en cuenta el costo
de sus gastos y su mísera remuneración de cinco a diez centavos diarios. El indio no tenia ningún
derecho, pero si todas las obligaciones, su condición se había rebajado mucho
más que en la Colonia, era algo así como un semoviente del latifundio. En la
venta de la propiedad el indígena era incluido como un elemento anexo. Las
clases dirigentes para nada consideraban a la familia indígena como que no
fuera para arrancar a sus hijos para el ejército o el obraje o a sus hijas
para la servidumbre y la deshonra. En resumen el indígena era un despojo
humano, víctima de la altanería y de la vejación del mestizo. Esta extorsión
y explotación logró despertar al indígena de su habitual apatía. Entonces la
iniquidad, la opresión y el vilipendio lo exasperaron y lo hicieron estallar. Bajo la iniciativa
de un indígena de Marián, Pedro Pablo Atusparia, todos los alcaldes de las
estancias de Huaraz presentaron su memorial al Prefecto Sr. Francisco F. Noriega,
solicitando la supresión de la servidumbre y la abolición del tributo. Era un
pliego completo de sus amarguras y la declaración de sus derechos y
reivindicaciones. El sistema oligárquico representado por la persona del Sr.
Prefecto no pudo menos que condenar la osadía indígena. El delito de reclamo
fue condenado al látigo. Un sargento de la policía, el "Zambo
Vergara", flageló a Atusparia. El estoicismo del indígena exacerbó al
sicario hasta el ensañamiento. Los demás alcaldes que se presentaron ante el
prefecto demandando la libertad de Atusparia no pudieron conseguir sino que
la vejaran. Pues se ordenó que se les cortara las trenzas, símbolo de su
autoridad y nobleza. Libre
Atusparia unió su indignación al de sus compañeros y mientras el Prefecto se
ausentaba a Aija, se dedicó a organizar la
revolución. Pronto los cerros se cubrieron de enfervorizadas masas
indígenas. Reunidos en Marian, designaron a Pedro Pablo Atusparia como
delegado. La aversión al abuso y la humillación del último resago de su
dignidad empujó a los indios a correr el albur de una aventura, tentada ya en
la Colonia con la insurrección contra el Visitador General de la Real
Hacienda, don José Antonio de Areche, cuando era Corregidor de Huarás el
Márquez de la Casa Hermosa. Los
rebeldes tomaron el Castillo de Pumacayán, el 1ero de marzo de 1885,
encargando su defensa al indígena Pedro Granados. El Gobernador José Collazos
en ausencia del Prefecto y t la inacción del Sub-prefecto preparó un batallón
de artesanos y puso a disposición del Coronel Vidaurre 100 hombres armados y,
que unidos a los 125 de línea y 70 de caballería sirvieron para hacer frente
a la sublevación. Los indígenas apenas tenían una que otra arma de fuego, los
demás esgrimían sus bastones e instrumentos de trabajo; entre ellos había licenciados
que se encargaban de dirigirlos. El 2 de marzo Collazos rompió el fuego y
atacó las fortificaciones del Castillo. Hubo una sangrienta carnicería en las
filas indígenas; las armas de fuego abrían boquerones .Las escenas de valor
enardecían los ánimos. El indígena Ángel Bailón, cuñado de Atusparia,
organizó la artillería pétrea del castillo e infirió enormes bajas. Pedro
Granados con su honda descalabraba a los asaltantes y las piedras del morro
se cernían como una lluvia sobre los invasores. La caballería a ordenes del
Coronel Vidaurre no lograba operar y horrorizada por las pedradas y galgas se
retiró. El ejército indio se precipitó tras los fugitivos. En las fuerzas de
Collazos cundió el terror y pronto sobrevino la retirada. Los indígenas los
persiguieron y tomaron los barrios de La Soledad y San Francisco, que en vano
Collazos trató de recuperar. El día 4 la invasión se extendió a toda la
ciudad. No hubo cuartel para los vencidos. La ferocidad del indio no tuvo
límites. El Zambo Vergara fue decapitado. También fueron victimados los
Capitanes Delario y Protasio Gonzáles, los oficiales de la Roix, Smit y
Lazarte y todos los valientes que pretendieron detener la invasión..La ciudad
fue puesta a saco. Muchos de los expoliadores de indígenas fueron fusilados.
Los desmanes y depredaciones de la multitud enfurecida alarmaba a la
población. Solo el sacerdocio católico encabezados por los Presbíteros Fidel
Olivas Escudero y Amadeo Figueroa lograron calmar la furia indígena.
El Coronel Vidaurre y el Gobernador Collazos huyeron a Recuay. El
Prefecto que se encontraba en Aija al saber del levantamiento, en un rasgo de
orgullo e insensatez pretendió regresar a Huaraz, pero en Recuay los
indígenas casi lo linchan y no tuvo más camino que el de la fuga, ruta
ineludible que el destino señala a todos los déspotas y tiranos. En compañía
de Collazos se embarcó por Huarmey rumbo al Calláo, dejando atrás los
alaridos de la rebelión que su perfidia y temeridad desencadenaran.
Apaciguados los ánimos y satisfecha su venganza los indígenas
asumieron el gobierno de la población. Atusparia supo colocarse a la altura
de las circunstancias críticas del momento y para conjurar la anarquía y
establecer su gobierno nombró como Comandante General al Dr. Manuel Mosquera
y como secretario al periodista e intelectual Luis Felipe Montestruque,
célebre redactor de "El Sol de los Andes", que muriera más tarde en
la refriega revolucionaria.
Atusparia impuso su autoridad sin admitir objeciones ni distinciones.
El jueves 12 de marzo se instaló el nuevo Concejo Municipal Revolucionario de
Huaraz bajo la presidencia del Dr. Federico Olivera. Entre tanto la
revolución avanzaba. El 16 de marzo Pedro Cochachin, llamado "Uchcu
Pedro", caudillo carhuasino y lugarteniente de Atusparia en compañía de
Mariano Valentín invadía Carhuaz y lo sometía al nuevo régimen, estableciendo
enseguida su cuartel general en Mancos. Una avanzada al mando del indio José
Orobio, fue rechazado por la guardia Urbana de Yungay. Este triunfo estimuló
y decidió el envío de un destacamento de observación al campamento indígena,
pero en Ranrahirca fue destruido. La indignación de La Guardia Urbana fue tal
que fusilaron al mestizo Simón Bambarén, hecho prisionero en el ataque de
Orobio y sindicado de facilitar la invasión indígena. Mosquera y Atusparia
reforzaron las huestes revolucionarias; y, no habiendo la Guardia Urbana
aceptado la rendición de la plaza fue tomada la ciudad a sangre y fuego ( la
ciudad de Yungay), pese al heroico gesto de la resistencia organizada por don
Rosas Villón. La defensa de la población costó las vidas ilustres de don
Fernando Arias, Rosas Villón, Félix Díaz, Claudio Navarro y de centenares de
ciudadanos más. Sometido
Yungay las fuerzas de Atusparia invadieron Caraz, quedando con ello
consolidado la dominación de todo el Callejón de Huaylas. Las demás
provincias de Ancash se plegaron al nuevo régimen y hasta los indígenas de
Ayacucho, Junin,Húanuco y Cajamarca enviaron delegaciones anunciando su
adhesión. Atusparia
volvía victorioso a Huaraz y el homenaje de los pueblos despertaba su
ambición de poderío y dominio. En la mente del caudillo se gestaba la idea de
restauración del gobierno incaico y los áulicos del nuevo monarca explotaban
el ensueño del indígena y medraban al amparo de su buena fe. La actitud de
Atusparia conmovió la República; en todas las Comunidades de Indígenas del
país se organizaban conciliábulos secretos para apoyar la insurrección. El
ambiente se poblaba de rebeldía y de evocación. La memoria ilustre de los
Incas sustentaba la esperanza y el recuerdo del heroísmo de Manco y Cahuide
exahtaban las fantasías. El gobierno del General Iglesias enterado de la
sublevación por don Agustín Antunes, nombró al Sr. Don José Iraóla como
Prefecto de Ancash y envió una expedición a ordenes del Coronel Callirgos. El
ejército se componía del Batallón Canta de 400 plazas regulares, de 300
celadores de Lima y a ordenes de un Coronel y de una pieza de cañón a cargo
del teniente Regal. El 13 de abril desembarcaron en Casma. Un destacamento
comandado por el Coronel Gonzáles fue rechazado por Uchcu Pedro en Chacchán y
perseguido hasta cerca de Casma. Las poblaciones de la costa temblaron ante
la amenaza de una invasión indígena. El mismo Prefecto se veía en la
necesidad de resguardarse en Chimbote. Mientras que Uchcu Pedro organizaba
trincheras en la Cordillera Negra los mestizos de Huaraz, temerosos de la
dominación indígena, se ponían al contacto con el ejército invasor y
delataban las maniobras de los rebeldes. Es así como el Coronel Callirgos
ingresó por Quillco a Yungay, pese a la resistencia ofrecida por Uchcu Pedro
y la victoria de los indígenas en Matacoto. Sin embargo Uchcu Pedro se
mantenía en las cercanías de Yungay en espera de los refuerzos de Mosquera,
que acantonado en Carhuaz se había dedicado a la orgía. Pero Atusparia
decidió personalmente entrar en campaña y avanzó hasta Yungay, no sin antes haber destituido a Mosquera
del cargo militar que se le hubiera confiado. En la noche del 21 de abril el
ejército indígena ingresaba a yungay bajo el mando de Granados, Montestruque,
Bailón y José Orobio. Al amanecer se extendió la lucha por toda la población.
Bailón caía al pasar el puente y Montestruque era atravesado por una bala en
su puesto de comando. Heridos Atusparia y Granados decidieron retirarse a
organizar la resistencia en Huaraz. Uchcu Pedro y Orobio que se habían
replegado en las alturas volvieron a atacar el DIA 22, continuándolo hasta el
29 en que emprendieron la retirada a Huaraz. En estas refriegas fue hecho
prisionero José Orobio y fusilado de inmediato. Mosquera poseído de pánico
pretendió capitular y huir. Pero descubierta su felonía fue depuesto por
Uchcu Pedro. La tropa se mofó y lo ridiculizó y degradado y menospreciado se
asiló en la impedimenta del ejército indígena, sumiéndose en la embriaguez
alcohólica para soportar las humillaciones y vejaciones de que era víctima.
Así terminó la historia de este triste personaje, que medró al amparo de la
sublevación indígena, pretendiendo en todo momento convertirlo en una
montonera en favor de Cáceres, en la rebelión contra el gobierno del General
Iglesias. En Yungay
el Coronel Callirgos normalizó la vida de los pueblos del callejón de Huaylas
y emprendió su marcha a Huaraz donde ingresó el 3 de mayo aprovechando la
ocasión de que los indios estuvieran distraídos en la procesión del Señor de
la Soledad. Aquél día se libró una de las más sangrientas batallas de la
revolución. Los indios se cobijaban tras el anda mientras el fuego los
barría. La masacre fue espantosa. Atusparia caía herido nuevamente. Uchcu
Pedro logró escapar pero el 7 de mayo volvía a asaltar al enemigo en su
cuartel del Colegio de la Libertad infringiéndole apreciables bajas. En
seguida pensó atacar la ciudad por sus dos extremos, para lo que puso al
frente del ejército de la Cordillera Blanca al Teniente Coronel Justo Solís
quien traicionando a Uchcu Pedro, capituló ante Iraola. El mismo Parlamento
presidido por el presbítero Olivas Escudero intimó la rendición a Uchcu, pero
ni éste ni su estado mayor aceptaron y, vencida la tregua un tiro de fusil
anunciaba el comienzo de la batalla. Uchcu Pedro el 11 de mayo con el grueso
de su ejército ingresó a la ciudad y tomaba el barrio de Huarupampa. Un
combate encarnizado que terminó en la noche con la retirada de los indios
puso fin a la lucha. La eficacia de las armas de fuego superó a las macanas
de los indios. Miles de estos fueron masacrados y el horror de aquella noche
cayó sobre los indios como una fatalidad. Sobrevino la dispersión de los
demás. Pero Uchcu Pedro volvía a aparecer en la cordillera Negra. Sus
perseguidores encabezados por el Sub-prefecto Duffo se apostaros en la casa
de don Francisco Arteaga, compadre de Uchucu Pedro, y consiguieron que este
invitara al caudillo y tras embriagarlo lo entregó a sus enemigos. Los
destacamentos enviados en su persecución fueron diezmados. En las alturas de
Huaylas se unía con las montoneras caceristas de Trujillo y alcanzó con éstos
capturar la población. Pero el 24 de agosto perdían la Batalla de Mato y
Uchucu se vio precisado a remontarse a la puna. Con el deseo de pertrechar a
su tropa se encaminó a Quillco . Trasladado a
Casma fue fusilado el 30 de
Septiembre a inmediaciones del Templo. Indio altivo y enérgico rechazó la
conmiseración y tuvo antes de morir el arranque de Cambrone en Waterloo. Un
día antes hizo su testamento, ante el escribano de Casma, don Francisco
Hurtado en el que dejaba para sus 8 hijos sus tierras de "Ataquero"
y dos bocas de mina que rendían 30 marcos por cajón. Los
mestizos victoriosos no fueron menos feroces que los indios. Los vencidos
fueron masacrados y, para ahorrar los proyectiles se apilaron indios a los
muros del cementerio o se les ponía en fila para atravesarlos a balazos.
Debelada la revolución el Mariscal Cáceres tuvo interés en conocer al caudillo que
había sido capaz de tan grande gesta épica. Y ante el Presidente de la
República, Atusparia sostuvo el pliego de reivindicaciones que había motivado
el levantamiento, Cáceres conmovido por la nobleza del patricio indígena no
solo lo perdonó sino que anheló que su descendencia gozara de la protección
del Estado, para lo que se encargó de la educación de su hijo Manuel Ceferino
Atusparia Itauri. La
sublevación indígena acuñó para la inmortalidad las efigies de Atusparia,
Uchcu Pedro, Felipe Montestruque y Fidel Olivas escudero. Atusparia fue el genio de la
política y lamponderación; su austeridad y mesura salvaron a los pueblos de
la exacción y de la masacre indígena. Mientras Uchcu Pedro era el genio de la
guerra, Atusparia era el del gobierno; mientras aquél se imponía por la fuerza,
éste usaba la bondad; el uno acusab a terror y el otro simpatía; feroz y
sanguinario Uchcu Pedro, apacible y prudente Atusparia. Por distintos caminos
ambos iban al sacrificio: el uno por el de la temeridad y el otro por el de
la cordura. Mientras UCCI Pedro expiraba fusilado, Atusparia moría envenenado
(Marian 25 de agosto de 1887 y sus restos reposan en el Cementerio de Belén
de Huaraz). El uno fue escarnecido y el otro incomprendido.
Felipe Montestruque fue como el númen de un ensueño. Dio a la
Revolución un contenido poético. En "El Sol de los Andes" exaltó
los valores de la raza y delinéo los alcances de la Revolución. Y mientras
sus manos sostenían en la guerra una arma de combate, su alma declamaba odas
homéricas. Un tiro de fusil en el pecho inmortalizó al vate y su gesto de
héroe fue su último verso de poeta. El
presbítero Fidel Olivas Escudero fue la providencia de los pueblos. Interpuso
su bondad y caridad ante la ferocidad indígena. El levantamiento de 1885 no
fue obra estéril. Ha quedado como una lección de heroísmo y genialidad y cada
vez que el abuso se entroniza y saca a relucir su torva ambición, el recuerdo
de los indios y su amenaza latente hace temblar a los déspotas. La reseña de éste levantamiento en las cumbres andinas es como un brochazo de rebeldía en el paisaje. Igual que una tormenta o un cataclismo la sublevación dejó en el escenario la estela visionaria de una pincelada roja. |