EUSEBIO LÓPEZ DE LA VEGA

En mayo de 1772 llegó al Purhuay don Eusebio López de la Vega, joven botánico venido de España para estudiar la flora de la selva. La cultura y gentilidad del científico halago a María Josefa. Contrataba su trato con el común de las gentes y había en su cordialidad tal familiaridad como si datara de una antigua amistad. Oriundo de Bilbao, había traído para don Asunción cartas de presentación de familiares y allegados. De manera que el científico resultaba casi un miembro de la familia por los emparentamientos en la madre patria. La evocación llevó a don Asunción hacer recuerdo de los familiares y amistades radicados en España y se dio a interminables diálogos con el joven que conocía la ascendencia de los Chávez y a los que ligaba una estrecha vinculación familiar.

Para don Asunción la presencia del era como un mensaje de la familia de ultramar y para Eusebio esta vinculación era un oasis de intimidad en las anfractuosidades de los Andes.

Y tanto don Asunción como María Josefa gozaron de la plática elegante y respetuosa amistad del caballero. Para don Asunción el porte y la prestancia de Eusebio no eran sino la tradicional hidalguía española del que se enorgullecía descender; para María Josefa, Eusebio extraña, nueva y jamás sentida animó su ser embriagando sus sentidos y haciendo remontar su imaginación a mansiones edénicas. Y Así, llena de una rara emoción entro María Josefa al reino de la fantasía para soñar y entregarse a una delectación angélica de dicha aventura. Se sentía tierna y llena de ansiedad. Y lo que más le confundía e intrigaba era no saber a que atribuir ese despertar. Y López de la Vega como una visión estelar miraba todos los contornos del horizonte y el escenario huraño, se ofrecía ahora como un edén para albergarla con ternura. Y algo así como una caricia infinita y celestial le venía de la naturaleza y transformaba su ser y su vida.

Eusebio, hijo de un primo lejano de don Asunción se sintió cobijado como entre los suyos. Todo ahí le intimaba y acercaba. Los lazos familiares estrechaban las simpatías y la estancia apacible le hacia soñar. María Josefa le parecía una hermosa más. En los paseos por las playas o por las estancias vecinas gozaban del placer que ofrecía la naturaleza y sus espíritus se entregaban mas la contemplación de la belleza del panorama que al examen de sus emociones.

Los preparativos para la expedición a la selva demoró más de medio año. Entre tanto Eusebio instalado en el Purhuay se distraía coleccionando mariposas para su álbum y vigilando los almácigos de tabaco y coca que hubiera plantado. Y María Josefa hubo de ser la ayudante excepcional en aquellas tareas. Para ambos era más un medio de distracción y entretenimiento. El científico no podía ocultar sus emociones de investigador y con una erudición discreta de sabio y maestro explicaba a María Josefa la maravillosa evolución de las plantas. Otras veces se dedicaban a la natación y equitación y en las horas de recogimiento a la lectura o la pintura.

Entretenidos en aquellos esparcimientos no advirtieron que la necesidad de una mutua simpatía, les iba estrechando. El encuentro de todos los días era como una alegre salutación. Los placeres del campo les resultaba cada vez más íntimos y cordiales, una luz edénica se adentraba en ellos y parecían como iluminados.

Era la sencilla e inocente amistad que despierta la juventud o eran los preludios de una clase superior de sentimientos ?. Ni uno ni otro llegaron advertir este embeleso. Les pareció lo más natural esta Epifanía emocional. Tampoco se fijó en ello don Asunción. Confiaba en la hidalguía de Eusebio y estaba segura de la honestidad de su hija.

En una de las tardes de regata en el río bogaba Eusebio en compañía de María Josefa cuando se les acercó Carlos Gustavo conduciendo su canoa con aires de deportista. Una maniobra imponente hecho un chaparrón de agua sobre María Josefa y Eusebio.

Este con una aparente indiferencia se alejó de la canoa del intruso y desplegado los remos en picada abrió surcos envolventes y zanjas vertiginosas que provocaron remolinos y atraparon a la canoa de Carlos Gustavo. El juego impecable pareció inadvertido. Y cuando Carlos Gustavo perdió el control de su canoa y se perdía engullido en el torbellino de los remolinos el ingeniero con una destreza y velocidad sorprendentes surcó los remolinos y de los pelos arrastró a Carlos Gustavo hasta la orilla del río. Esta lección jamás lo habría de olvidar Carlos Gustavo. Y más tarde el recuerdo de esta aventura y vergüenza pesaba sobre él como una pesadilla.