MARIA JOSEFA

En las esferas superiores de la vida social del Puruhuay las familias se agrupaban en núcleos de intimidad muy escogida. Aislada y precaria aquellas reuniones tenían un sabor virgiliano. En algunas moradas aquellas reuniones cobraban realeza. Los caballeros rivalizaban en hidalguía y las damas en donosura. Esas reuniones eran un dije de orgullo social y estaban transidas del recuerdo de la patria o del solar lejano. El acorde de las guitarras y el aire de las melodías del terruño hermanaban a las familias y transportaban a los aleros de la infancia. Tenían esas festividades tal seducción que mas pareciera el recital de la felicidad o un concierto de poesía y música.

Entre otras honorables familias instaladas en el Purhuay estaba la de don Asunción Chávez Quiñones casado con doña Josefa de Ontaneda. De este matrimonio nació María Josefa el 12 de diciembre de 1700. Al cumplir diez años fue llevada a Lima a un colegio de religiosas. Alguna que otra vez la niña fue a pasar vacaciones al lado de sus padres. Pero en 1719 hubo de perder a su madre y tener a su padre enfermo con la fiebre del Purhuay. Para entonces tenía 19 años y se vio precisada acudir al lado de su padre.

La tradición ha conservado vivo recuerdo de María Josefa. Las personas que lo conocieron y los comentarios que hicieron entonces, tanto de su belleza como de la tragedia que pusiera fin a sus días han delineado un tipo excelso de mujer. Alta y estatutaria.... El rostro bello tanto para la ensoñación como para la adoración estaba como emergiendo de la abundante y fina cabellera. Una frente amplia y cándida como los ángeles, los ojos grises en piadosa imploración; las mejillas como amapolas frescas, la boca como un arrobo de flor, el torso exhubero como esculpido en ónix y las manos aladas y hostiales.

La voz dulce y pura tenía las tonalidades de la ternura angelical. Era el trino del ruiseñor en acorde con el canto de la alondra. Su predilección por las flores hacía de ella una flor más. A fuerza de estar en el jardín tenía una belleza y un perfume singular que a distancia se le presentía. A su lado se estaba como en arrobo o éxtasis o como ante una aparición extraordinaria.

María Josefa tenía la sublime melancolía de la flor, gracia divina que hace soñar más en las delicias del cielo que en los primores del mundo. Y como la flor no es más que un beso de luz y color, ella era el rubor seráfico o un recado de belleza para presentirla y gustarla en el empíreo.

Tal María Josefa. Paisaje, clima, mito, religión, familia, poesía y fábula contribuyeron hacer de ella primero un botón primaveral y luego una flor espléndida.

A María Josefa le gustó el Purhuay, le gustó la ilusión y el misterio que había en él, le cautivo el río señorial que en su niñez hubiera surcado carga a munda o cuando levanta el lomo hirsuto como un garfio o una tromba y se desencadena como un ciclón. Jamás se olvidó de aquel contraste entre la aridez de los yernos de Quichez y lo fértil y prodigioso del valle.

Su padrino don José Rodríguez Marín, rico comerciante de Llama, que hubiera tenido la amabilidad de ir por ella a Lima, le acompaño en el Purhuay, todo el tiempo que fue indispensable para el restablecimiento de don Asunción.

Cuando se fue María Josefa se quedó sólo con su padre. Tenían entre manos un trato de traspaso de sus negocios para dejar el valle. Entre tanto hubo de permanecer, unas veces en el Purhuay, otras en Quichez, en casa de sus familiares. La vida del campo le entretuvo e hizo de ella una mujer fuerte y valerosa. No obstante, el escenario estrecho y aislada hubo de hacerla nostálgica. El recuerdo en su vida de colegiala tuvo de evocación y creó en ella una fantasía cada vez más caudalosa. Propicia al ensueño logró forjar un mundo interior para liberarse del ostracismo.

Así vivía María Josefa : entre un escenario rudo y maravilloso y el miraje prodigioso de su fantasía. Sus amistades se disputaban el privilegio de su compañía, el pueblo lo adoraba. Pero donde era aclamada y venerada fue en el Sanatorio. Los indigentes y enfermos recibieron de ella su magnificencia y toda su angelical cuidado. Para María Josefa la atención a los enfermos era un placer. La llenaba de gozo saber que bajo sus cuidados la gente podía disfrutar de salud y volver a sus labores.

En el hogar de María Josefa era una hada. A todas las cosas les daba vida y animación, todo lo tenía ordenado y limpio y un encanto angélico emergía de aquella intimidad.