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LA CAPILLA DE LA VIRGEN DE NATIVIDAD En la ceja de una eminencia que dominan el Purhuay se edificó un templo en honor a la Virgen de la Natividad. El mejor oro de las playas y de las minas fue empleada en la decoración de la calle. El venerable Padre Víctor de la Torre y Suárez que hubiera retocado el altar de la Santísima Virgen del Rosario del Templo de Santo Domingo de Yungay fue llevado al Pruhuay para que edificara la capilla. La obra fue una maravilla arquitectónica. Una miniatura donde de la riqueza del oro y la pedrería rivalizaban con el primor de los estilos. Lo plateresco y barroco se combinaron en conjuntos esplendentes. En las columnas salomónicas de los altares las hojarascas se adherían a los retorcidos y en los capiteles e intercolumnios habían cabezas de ángeles, en el altar se componía de dos cuerpos en el que lo barroco y churrigueresco se daban la mano. Los vanos lisos y los frisos exonerados con rosetas, ovarios, hojas, sarmientos y florones hacían un marco de nota. Dentro de este cuadro el altar de la Virgen con una hornacina cuajada de arabescos y tachonada de perlas y rubíes emergía grandiosa. Las jambas tenían columnas corintias con fustes de sarmientos. Por encima de la hornacina se elevaba una armazón de quimeras y florones y rosetas estilizadas. Todo el altar de la virgen estaba revestido con pan de oro. Los altares laterales tenían retablos churigueresco tallados en madera. Un prolijo estuco y un profuso afiligranamiento daban a los altares tal fascinación que arrobaba al alma y la hacían remontar a mansiones angélicas. Aquellos retablos estaban cuajados de rosas, azucenas de lirios tallados también en madera. Para la época de su fulgor la capilla tenía bóveda de yeso estucada y tarceada, el piso íntegramente alfombrado. La campana fundida con el bronce de armaduras y con el oro del Purhuay emitía tonos de tal dulzura que llenaba al alma de dulces resonancias. Al presente aquella capilla, varias veces sacudida por los terremotos, apenas es la sombra de la que fue. Los retablos caídos, raspando el oro de los frisos y paneles, sacados los lienzos, el techo descuidado, hace ver que aquella capilla fue saqueada. De las estancias vecinas se han podido rescatar algunas reliquias, como rosetones de madera donde está pintada al óleo la virgen dolorosa. La colonia española radicada en el Purhuay había hecho traer de Barcelona la efigie de la virgen y la instalación y consagración dio lugar a una festividad de diez días. De veinte leguas a la redonda acudió la gente a aquella celebración y los festejos y más diversos amenizaron los programas. Bastaría citarse de un apunte que se conservan en los libros de la capilla que para aquella ocasión se gastó 80 quintales de cera y que se quemaron 30 castillos de bengala. No quedó en el Puruguay ni en los pueblos vecinos ni un cohetecillo ni una gota de licor. Cinco mil peregrinos se apiñaron en el Purhuay y alrededores. De bandas de músicos no cesaron de tocar y por los bohíos y las playas, por los cerros y las huertas las concertinas y las cajas roncadoras daban a resonar su música de fiesta. Tal fue la solemnidad de aquel acontecimiento que la capilla de la virgen se convirtió en el centro del fervor religioso de la Colonia. Todos los años se intensificaba el culto, al pueblo que ahora, casi desaparecido, el Purhuay y la capilla varias veces reedificada, sigue atrayendo a sus devotos. Y fuera de que anualmente se celebraba la fiesta con todo esplendor, cada cinco años las poblaciones vecinas contribuían para su mejor solemnidad. Los devotos del "quinquenio" tomaban a su cargo el programa de la fiesta y los mayorales y muñidores de la Virgen arrebataban la capilla. En las noches de fiesta se encendía los velones acomodados en todas las eminencias cercanas a la Capilla, así como en la calle principal del Puruhuay. Aquellos velones eran dedos o tres metros de alto por veinte centímetros de diámetro. Las andas de un lujo sevillano ostentaban flores artificiales y adornos de pana y terciopelo. Lujosos mantones de Manila colgaban de las andas y en los pasamanos las ceras labradas llevaban lazos de cintas multicolores, el anda semejaba un banco de como 15 metros más de largo por tres de ancho. Santos varones de esmerado hábito blanco cargaban las andas y como los pies descalzos se balanceaban llevando en los hombros su carga alegórica. Había que tener fortuna para ser Santo Varón. Era un honor muy codiciado. Por delante de la procesión los acompañantes portaban velas labradas y cuadrillas de gente portaban grandes zahumerios. La procesión era de día y de noche. La mayor parte los acompañantes llevaban sus ceras encendidas y los grandes velones colocados a 20 metros de distancia daban a flamear sus llamaradas. Cuando la procesión debería ser en el río en la mañana celebraban la misa en la Capilla y después el sacerdote bajaba a la playa para bendecir las aguas del Marañón. A las 9 de la noche comenzaba la procesión. Temprano sobre una balsa de 15 metros de largo por 4 de ancho se había acomodado las andas, donde la Virgen y sus Santos Varones estuvieron listos para el cortejo. En otras balsas se instalaban las bandas de músicos y los acompañantes. En ambos lados de la orilla columnas de velones ofrecían su luminaria. Entre la distancia de uno y otro velón se extendían cables para sostener las ceras de las ofrendas. De una orilla a la otra una multitud de cables sostenían la luminaria de los cirios. El río estaba de gala. Todas las flores de los jardines y huertos habían sido cogidas para deshojarlos y echarlos al agua. Picadillos de papel y láminas de ceras de color flotaban entremezclados y una infinidad de lamparines de lata daban a flamear sus mechones de luz. Aquellos lamparines hacían acrobacias en las fluctuaciones del remanso. En una de las noches del " quinquenio " un olor a azufre e incienso llenaba la comarca. En las cumbres aledañas a la Capilla donde no faltaban las Santísimas Cruces, al pie de ellas fogatas de azufre elevaban sus llamaradas azules con pinceladas rojas en su base. De vez en cuando un fantasma que llevaba en las manos una guadaña y en la otra un látigo saltaba sobre el fuego. Ese fantasma era una " Zampara ", esto es un "Vengador". Los peregrinos que habían acudido a aquella festividad haciendo un voto de penitencia, vestidos de blanco y con una capucha en la cabeza, los pies descalzos y las manos atadas a la espalda emprendían sus ascensión a las cruces. Ahí la " Zampara " flagelaba a los penitentes hasta que se rindiera sus brazos o cayera exánime el penitente. A lo lejos las imprecaciones de la " Zampara " y las lamentaciones de los peregrinos hacía estremecer. Dos coros, formado el uno por varones y el otro por mujeres se acomodaban en la oscuridad y entonaban canciones doloridas. Muchos de estos coros irrumpían en llantos exacerbantes que hacían más triste y penosa la escena. Los penitentes dispersos en su ascensión a las cruces o de regresos de ellas, después de cada estrofa repetían al estribillo de cada canción. Y estas voces eran más lamentos que una canción. A las cuatro de la mañana las campanas anunciaban la misa de alba y los Santos Varones emprendían su recorrido por las cruces para auxiliar a las " Zamparas " y a los penitentes rendidos o maltrechos. Las estrofas que se insertan son unas de las muchas que ha conservado la tradición y que aún se cantan en los pueblos |