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LOS TAMBOS DEL PURHUAY Más de mil obreros albergados en la aldea ofrecían su animación inusitada de gente alegre. Los domingos o feriados, los que no alcanzaban a Quichez o pasar a Vichus se divertían en los tambos y cantinas del Purhuay. Surtidos los bares y sabrosas las causas no había nada más halagador que buscar un refrigerio en ellos. El tambo de doña Herminia cobró fama por su elegancia y exquisitez. En ellos para su respaldo y prosperidad fue menester tener mozos de temple a prueba de fulleros y trampistas. En los demás bares el orden era cuestión de los propietarios o de la gobernación local, casi siempre débil y tolerante. De aquí las bataholas que se suscitaban y la celebridad que alcanzaron algunos malandrines en aquellas báquicas orgías. Por muchos años no se olvidó la fama de dos taberneros zafios y redomados, expertos en frivolidades y truhanerías. fueron ellos el "Nato" Luis y el "Zambo" Campomanes. Ambos advenedizos que hubieron llegado a probar fortuna en los cubiletes y juego de azar. Ellos montaron una taberna que llamaron "El dorado" e inventaron la "Lluvia de la Artesa". De un túnel acondicionando en lo alto de la taberna bajaba una lluvia de vino sobre la desnudez de las bayaderas que de pie dentro de las artesas ejecutaban cadencias al son de una música lasciva. A los parroquianos les era permitido tomar el vino que descendía por los labios o el cuerpo de las favoritas. Los otros podían tomar de las artesas. No menos suculento era el rendimiento de aquellas otras novedades llamadas "El Padrino" o "La Exclusiva". Cada vez que una nueva copetinera ingresaba al servicio de "El Dorado", se subastaba, y el favorecido se denominaba el "Padrino", con derecho sobre la "ahijada". Podía incluso llevarse una o dos noches por semana. Pero ese derecho expiraba al año. La exclusiva es una de las bellas copetineras que algún parroquiano la hubiera obtenido en la rifa de una de las noches de orgía. El beneficiario era el dueño exclusivo de la favorita en toda aquella juerga noctámbula. Aquellas malicias y groserías enardecían la taberna de "El Dorado" y tenía rendida a la gente. También en el Purhuay de ser célebres algunos bohíos donde los traficantes del oro aplacaban sus fatigas en las tertulias del placer. Andaluzas y criollas zalameras hacían las delicias de los parroquianos. No se ha olvidado la fama de Luz Ernestina y de la Bella Carmela. Mozas lozanas, la una venida de Andalucía con un solado y la otra de una comarca vecina. ambas eran un dechado de hermosura y la flor y nata de la farándula, era difícil olvidarlas. Se las ansiaba y se les temía. Por muchos años estas mozas reinaron con un despotismo sin igual en el Purhuay. Los tambos, las cantinas y los bohíos eran los alicientes más gratos que estimulaban perseverar en tan alejada soledad. En el día el fragor del trabajo y en la noche la cantina con aquel su embrujo de vino y música. Los naipes y los dados encendían la ilusión y las apuestas menudeaban por doquier. Otros grupos se apareaban al compás de una pastosa melodía y daban a aflorar la vena lírica y también la aventura. Los hombres encandilados por el alcohol tenían ritmos de acecho y conquista y la mujer tocada el ambiente se daba al baile con frenesí. Lindas las mancebas. Escotadas, las blusas sin mangas, el cabello lleno de collares, el traje ligero y a la andaluza. Torneados los brazos y las piernas, eran de odaliscas. Altas, duras y flexibles, amplio los pechos, erectos y exuberantes los senos impúdicos, las cinturas estrechas y amplias y macizas las caderas ondulantes. Eran una confitura. Altivas y hieráticas, pero transidas de lujuria esas mujeres ejecutaban en el baile movimientos de seducción, escudaban erotismos hasta en los más leves giros del ritmo. La magia de la ocasión las hechizaba y las hacía olvidar las fatigas de payadoras de oro de los arenales. El licor que habían apurado las hacía perder los últimos reductos del pudor. Entonces estas odaliscas eran un torbellino de contorsionistas que estremecían los instintos del varón. Violentos con todo el ardor de la música los galanes alucinados por el deseo acometían impertérritos con movimientos de ronda, perseguían a la pareja, golpeaban el suelo y emitían voces de ansiedad que electrizaban. Los primeros rayos de la aurora sorprendían a uno que otro parroquiano dormido bajo la copa de un jacarandá. |