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EL PURHUAY Entrando por la rutas de Yanabamba, Cordorhuasi o Llangama, el viajero desde una altura de más de mil metros ve en el oriente una sucesión infinita de cumbres y de abismos que se cruzan, desde nevados espléndidos, laderas ahítas, caminos vehementes, rutas abruptas, sendas y huellas imprecisas; más abajo lomedales ocres y valles de esmeralda. Una atmósfera especular mantiene el escenario como transverberada de luces Kaleidescópicas. Lo que para el viajero es una cuestión de geografía para el observador más atento o para el artista aquellas estampas de riquísimas variedades y tonalidades son la raíz, y la sabia de una cosmogonía, la fuente del mito y de la magia, la razón, de la religión y del arte. Al fondo y tras la línea irídica del horizonte se extiende un mirage de ilusión, es la selva tropical donde están el país del Ambaya o del Dorado, el imperio del Paititi y la tierra de la vainilla y del tabaco. Es decir el reino de la fantasía y la maravilla del universo. En el espacio de este escenario el cielo es grandioso. Los arreboles de la mañana o de la tarde son hiperbólicos y la vista contempla metáforas de color tintes férricos en ignición volcánica. En este marco y en aquél fondo arrobador, en la margen izquierda del Marañón esta asentado el Purhuay anexo del distrito de Quichez en el norte de Ancash. El villorrio en la colonia fue centro próspero de actividades industriales, en puerto para la Montaña. Convergían ahí los mineros de Pataz y Huacrachuco y de la cuenca aledaña del río, especialmente las minas de la quebrada de Actuy y de Acobamba. Era el mercado de transacción del oro. Españoles y portugueses establecieron el primitivo campamento minero, sus sucesores lo remozaron y construyeron para su comodidad solares y para la peonada rancherías de madera o de caña. Había sólo una calle y a ambos lados estaban ubicados los establecimientos de comercio o las moradas de los principales con sus huertos. Más abajo, en la desembocadura del Actuy habían más campamentos mineros para los obreros de la mina "Huamán" en especial y de los aledaños de Chingalpo y Acobamba. En el río una multitud de canoas y balsas flotaban pendiente de sus amarras. No faltaron gabinetes de recreo armado sobre las balsas, eran como el refinamiento de lujo exótico. El río entonces era un remanso y daba la sensación de un basto lago, casi inmóvil, era un río acogedor. En sus playas se recogía el oro que los huaicos de las quebradas volcaran sobre ella. Las arenas del Purhuay eran como las arenas de oro de la fábula. En este villorrio se dieron cita el destino aventurero y aguerrido de hombres osados, acicateados por la ambición de la riqueza y la codicia del oro, no les amedrentó la insalubridad del trópico ni las hecatombes telúricas. Aparte del menester minero la vida social se reducía a cierta actividad familiar constituida por las clases dirigentes. El comercio del oro hizo próspera la dilación de aquellas familias. Muchas de ellas tenían sus casas en Quichez situado en la parte alta del Purhuay. Aquél villorrio azotado por los sismos, por los aluviones y huaicos, fue constantemente destruido y constantemente reedificado. Al presente es un puerto fluvial, melancólico y despoblado, vive más de la evocación que de la acción. En las ruinas de aquel villorrio están los testimonios de sus grandeza y de su historia. Ligado íntimamente al villorrio está el río Marañón. El río era la providencia de la zona. La carga de su limo cubría las playas con el oro de la ruta y en sus aguas los balseros aprendieron a luchar con las fuerzas de la naturaleza. En éste villorrio germinó un poema de amor tan lleno de rubor y tan inocente que los propios protagonistas lo ignoraron mientras estuvieron juntos. La distancia, al uno le llegó de melancolía y comprendió que era el corazón el que hacía su reclamo; a la otra, la revelación del amor le llegó cuando la muerte le había arrebatado su prenda. Este poema que más pareciera un ensueño o una sonata lírica germinó en aquel escenario maravilloso. Los protagonistas que tanto se amaron no vieron ni el privilegio del coloquio, ni el arrobo de una mirada. Fue un amor angélico, casi irreal o algo así como solo la fragancia de un perfume lejano. |