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MUERTE DE UN REPROBO Carlos Gustavo, cobarde como todo impulsivo y miserable como todo déspota no tuvo valor de socorrer a su víctima. Tan luego como Sultán le hubiera acometido, maltrecho y desgarrado una orgía trató de fugar a sus lares, pero apenas había caminado un trecho advirtió que las aguas del río invadían el camino cortándole el paso. Entonces despavorido retrocedió y emprendió una fuga de bajada y, cada vez que por equívoco su vista tropezaba con la corriente le parecía que las aguas extendían sus garfios para atraparlo. Exhausto y despavorido rodó por la pendiente, quedando sin sentido a la vera del camino. Esa noche las autoridades de Yanamito le apresaron y lo pusieron a disposición de as autoridades de Yungay. Terminada a instrucción, tuvo que reservarse la vista de la causa por la demencia del encausado. Fue internado en el Hospital. Sus familiares consiguieron llevarlo a su pueblo, donde no podía ver ni a las aguas ni a los perros. Le horrorizaba y no los resistía. Reprobó era el baldón del villorrio. Maltrecho, era un guiñapo despreciable. Su idiotez era su única panacea, es decir que lo insensibilizaba para resistir la repulsa y e desprecio que le circundaba. Una noche en que deambuló en un maizal tropezó con una jauría de perros. Los canes que lo reconocieron se fueron contra él, ni el pánico ni su locura le prestaron ayuda para unir para defenderse. Y como la jauría no encontró resistencia que vencer pronto lo abandonó como a una pieza inmunda. Al siguiente día fue encontrado con los ojos desorbitados y los brazos extendidos como en imploración de auxilio. No se le había inferido herida alguna. Había muerto de miedo. Es decir que había muerto como mueren los necios y cobardes. |