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NOSTALGIAS DE UN RIO El Marañón es nostálgico por naturaleza. Recorre llevando el recuerdo de cosas y escenas que no volverán jamás. De aquí su vena melancólica y su nota metafísica. Tiene ternuras de doncella. Toma los lirios y las amapolas de las orillas, coge guirnaldas armoniosos y caricias apasionadas. Tachona de rocío a las flores y ramajes, les viste de tules y cristales y esparce cadencias transidas de cariño y deseo. Surge una sílfide o una ninfa y el río lo toma como el una novia, lo mece en sus ondas, le engalana de palios y abalorios y le hace sonar en lerdos ritmos de sonata, le recuesta en su lecho de diamantes y le cubre con brocados de sol diáfano o reflejos aperlados de luna y luego de hacerlo girar en compás de minueto por sobre la caída de los remolinos o refunde por entre edredones de esmerada. Y un rumor de cadencias nupciales brota en el murmullo. El Marañón que estuviera enamorado de María Josefa tenía requiebros y gentilezas de galán. Tendía sobre la arena encandilada un manto de aguas tranquilas para ofrecerse tibio. Quieto y tranquilo, era como una fuente absorta y apacible que atraía; limpio y cristalino, era como un espejo bruñido donde la imagen de la amada reflejaba la infinita dulzura de su belleza. Una tenue brisa hacía ondular irisaciones y relucir lentejuelas como sobre un palio de seda. Y un leve murmullo brotaba de la corriente y se esparcía como una melodía tierna y cautivante. Y cuando María Josefa se bañaba en él, el río le ofrecía sus ondas suaves. Era un remanso estático donde la corriente parecía detenerse como en un sueño de arrobo o éxtasis. A la salida María Josefa se sentía feliz, el río le había nutrido de todo el polen y perfume de las flores recogido por sus aguas. Y el río ufano y satisfecho volvía a correr dando a escuchar melodías alegres. Enamorado. Ante María Josefa se acicalaba en el porte. Apolineo, era un junco de platino sobre el que el sol había vaciado todo su oro y la luna su púrpura aperlada. Gozoso desplegaba el garbo de sus aguas y ejecutaba movimientos de cisne o entonaba himnos bucólicos. Otras veces el río se mostraba celoso, se enfurecía cuando María Josefa se acercaba a sus orillas con algún amigo. Ramalazos de agua chicoteaban la orilla o se levantaban olas como garfios o se araban surcos como boas dementes. Un alarido cósmico llenaba de pánico al escenario. No pocas veces el río gemía de impaciencias. La amada esquiva no detenía su paso o sus miradas no se hundían en su cauce o ausente no había recados de ella. Entonces el río se tornaba melancólico y lloraba de pena y dolor. Pero el río estaba seguro de su conquista. Su poder de seducción era infalible. Había penetrado en el espíritu de María Josefa y esperaba sólo la hora del desposorios. Nada ni nadie podría detenerlo. Cuando María Josefa se fugó del Purhuay el río no se alarmó. Sus ondas recibían el informe de su itinerario. Y cuando e Yanamayo le confirmó la tragedia se contorsionó de dolor y por mucho tiempo sus aguas entonaron elegías lúgubres y a chocar con los peñascos, quebradas y montes la elegía telúrico se hacía más efectiva. El Yanamayo se forma con los deshielos orientales del Huascarán. En la noche de la tragedia recorrió su lecho con estrépito y furia e ingresó al Marañón convulsionado. El río recibió al noticia en esa carga despavorida, entonces se desesperó. Sus aguas se levantaran como trombas y asolaron las playas o se embalsaron y saltó en avalanchas invadiendo y barriendo la tierra y haciendo temblar la quebrada. En el Purhuay un ramalazo de agua cayó sobre el barrio de las tabernas y asoló la casa de Caros Gustavo dejando sobre un lodo mefítico. Por más abajo el río se fue dando alaridos salvajes. Desde hacía años que el río se había enamorado de María Josefa y la gente vio con recelo esta revelación. Le había echado el ojo. El río se adentra en el ser, resuena en el alma y aparece a la vista como un espejismo fascinador y cuando sus aguas han probado el cuerpo y le ha gustado no hay nada que lo salve. A la muerte de María Josefa el río se hizo histórico. Reía y sollozaba, daba carcajadas y lamentos; su estruendo tenía sarcasmos y crispaciones tremebundas. Era un coloso demente. Así, delirante y obsceno recorrió hasta el Atlántico. Estaba seguro que en las profundidades del mar se reuniría con María Josefa para una metamorfosis edénica. Y así fue. El uno recorrió la selva y la otra el valle del Santa para reunirse en el Pacífico. |