CULTO POPULAR A MARIA JOSEFA

Cuando las poblaciones de la ruta del Purhuay a Yungay se informaron de los pormenores de la vida y de a tragedia de María Josefa no dudaron que se trataba de una santa. Los pueblos tenían una visión clarividente. Flotaba en el ambiente un olor a santidad. Ya otra vez, por la misma ruta se había sentido igual sensación al paso de Santo Toribio de Mogrovejo. Y ahora, por doquier se alzaban cruces y hornacinas en homenaje a María Josefa y se le tributaba un culto fervoroso. La imaginación popular se pobló de anécdotas maravillosas. Apariciones, milagros y portentos mil, se narraban encendiendo la fe de las multitudes.

El culto a María Josefa tenía alborotado a los pueblos. Los padres de Convento de Santo Domingo de Yungay se alarmaron con aquel fanatismo al punto que encargaron a los "Extirpadores de idolatras" destruir las cruces y capillas de a ruta erigidas en honor de María Josefa.

Pero fue en vano, a los pocos días eran levantadas otra vez y los "Extirpadores" se veían amenazados y perseguidos. Entonces un hábil e inteligente dominico concibió la idea de sustituir la imagen de María Josefa con la de la Santísima Virgen María. En efecto, en uno de los aniversarios de María Josefa que se celebraran en una ermita de Huaraz-Cucho, al amanecer de ese día vieron los indios una admirable Virgen emergiendo del marco donde estuviera la imagen de María Josefa. Era evidente que se trataba de un milagro. A esa Virgen el pueblo la llama "La Mácula" y volcó su fe en ella. Más tarde ese cuadro fue retirado y llevado al templo de Yungay. Los indígenas hicieron muchas tentativas para recuperarlo. Pero se es convenció que tanto para la Virgen como para sus fieles era mayor honor tenerlo en el templo. Entonces el templo se vio invadido por la indiada y el altar de la Mácula abarrotada con las ofrendas para Sultán. Un amago de incendio en el templo sirvió para que la Mácula pasara a ser guardada.

Y cerca de los siglos ese cuadro permaneció guardado en los archivos de los paisajes hasta que el venerable párroco Dr. Don Víctor Suárez lo sacó a la sacristía. En verdad ese cuadro era maravilloso.

Una pintura clásica en la que indudablemente el artista a la vez que fuera un maestro de calidad fue duda un iluminado de la fe, porque la Virgen resplandecía de divinidad y penetraba al alma de los que lo contemplaban. Esa misma Virgen recibió el retoque que dejaran en el lienzo la oración de los fieles y el fanatismo de los devotos de María Josefa. Ese cuadro era legendario. Por él hubo de sufrir ultrajes e injusticias el venerable párroco Suárez, porque un político que se hubiera aficionado del cuadro pretendió arrebatarlo bajo el pretexto de mandarlo restaurar. La energía negativa del sacerdote defendió una reliquia del templo, pero a poco hubo de perder su parroquia a la que por más de treinta años se hubiera consagrado.

No obstante el tiempo en las cruces de la ruta y sobre todo en la ermita de Llanganuco no se extinguió el culto a María Josefa, más bien crecía. El Padre Agustín de la Rivarola que recorriera la ruta hurgando los rastros de Santo Toribio al subir a Llanganuco tropezó con la ermita de María Josefa y en todo o algo de la jornada hasta Quinchez, las cruces del camino se erigían a su memoria. En el Purhuay encontró otra ermita.

Don Eleazar Quijano, alférez de la Virgen de la Natividad de la Capilla del Purhuay, había pintado al óleo la imagen de María Josefa con una toca de novia teniendo a sus pies a las palomas mensajeras y Sután. Indudablemente que se trataba de a copia de un retrato origina que el mismo Quijano, según versión que se conservara aún en aquella época, había hecho de María Josefa, ha pedido de su padre. No obstante la toca, la fisonomía era verdaderamente angelical. Aún cuando la frente pulcra, tranquila y despejada y las mejillas liliales no expresaran más que dulzura, en sus miradas y su boca había melancolía.

En este matiz consistía. El cuadro parecía dar a escuchar el diálogo espiritual entre a Virgen y Sultán, en tanto que una atmósfera de tonos religiosos timbraba y hacía genial la composición.

El informe de los milagros atribuidos a María Josefa fue entregado por el Padre Rivarcía al Convento de Santo Domingo de Yungay y desde el Tucumán envió a sus amigos de los "Conchucos" estampas de María Josefa que reproducían el óleo del Purhuay. Aquel mensaje fue recibido con júbilo.

Agotadas las estampas ni la memoria ni la veneración a la mártir han desaparecido. El venerable Presbítero Don Víctor Fortunato Suárez Flores, que nos hubiera franqueado los archivos de la Iglesia de Yungay nos refería que aún en estos tiempos las gentes de su parroquia mandaban decir misas por la memoria de la mártir.