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EL HUASCARAN Y LLANGANUCO María Josefa se había familiarizado con el Huascarán. No le temía. En varios de sus viajes había gozado tanto de su límpida serenidad como de sus tenebrosas tempestades. Lo llenaba en el alma. Allí se había engarzado y la sentía cuando rezaba o cuando lloraba. Aquella mole de diamante indudablemente era del carbón de volcanes milenarios o de la cristalización de los crepúsculos del orbe. Era una maravilla y un enigma. Como maravilla exaltaba la fantasía con su opulencia y excelsitud y como enigma hacia estremecer de pavor cuando confrontaba a la tempestad. En su coraza de armiño o cromo se partía el rayo y el trueno se apoyaba. Resquebrajado, herido y sangrando hielo se levantaba cada vez más osado, cada vez más impoluto. De estas hecatombes son testimonios las huellas de destrucción que se avizoran en los valles. Pero el Huascarán siempre invicto se yergue ufano y mirífico. En sus faldas hay palios damasquinados, sábanas cristalinas donde la visión se arroba, cuevas de laca donde las estalactitas de nieve sostienen voleadas de ámbar y se asientan en pisos de marfil. Son el paraíso de cristal para habitar al ensueño. En alguna que otra hoyada se han formado lagos especulares que desbordan a la imaginación y la fantasía. Por sobre esas aguas navegan su delirio las garzas azules. Al borde de estos lagos alza la "Tihya" su cimera de lirio. Otro era los trovadores y galanes escalaban estos lagos para coger las garzas y ofrecer "Tihya" a sus prometidas. Y muchas doncellas hubieron de morir heladas en busca de los amantes que no regresaron de la aventura. María Josefa en sus diversos viajes había contemplado en toda su grandeza al Huascarán. En las noches desde su posada agreste había escuchado el estallar de los bólidos sobre las cumbres nevadas y había visto rodar avalanchas de nieve y tornábase las espolvoraciones con las luces de los relámpagos. En las posadas de Llanganuco los viajeros rememoraban en las noches las leyendas del lugar. Ellos sabían de los tiempos. "collana" en que el Huascarán siendo joven no había tenido esta altura y que había sido habitada por una raza "chuqui" que cada vez se adaptaban medida que el Huascarán crecía. Una vez inaccesible la cumbre aquellos "chuquis" dejaron de abastecerse del valle. Sembraban en la nieve. Esa raza aún existe, había en esos palacios y cada vez edifica más alto su morada. María Josefa había escuchado todos los mitos y las fábulas que los cenitales habían trasmitido. Cuentos de hadas, hazañas de genios y duendes, apariciones de seres fantásticos y de larvas terroríficas, intervenciones de lares y manes. Y ahora le venía la memoria aquellos relatos en toda su crudeza escalofriante. Más adelante divisaron las lagunas de Llanganuco y les pareció los ojos hechizantes como un espejismo de vorágine, le atraía y precipitaba hacia aquellas aguas y lo que antes fueron espejos prístinos recamados de esmeraldas ,ahora un brillo de acero lo empañaba y las ondas parecían eslabones como garfios. Se sintió trémula. Otras veces esas lagunas había sido un oasis de emoción para ella. La jornada por los lagos era encantador. Aquella belleza legendaria, adorada por los regnícolas, ensalzada por sabios y artistas, cantada por los bardos del lugar y los poetas del orbe era en efecto sublime. En sus aguas se reflejaban el cielo con todo su maravilla, el sol y luna en el tránsito de las horas le tornasolaban, la cumbre vecinas y los follajes de las riveras proyectaban su sombra, las aves reflejaban su vuelo en el espejo de las aguas y en el fondo como un Caleidoscopio brillaban abalorios y los crepúsculos presentaban su decoración y el Huascaran ofrecía el torrente de toda su riqueza. Una grandiosidad fantasmagórica tenía las lagunas. Y como para arrobar el alma una melodía de murmullos, como de pronto se elevaba de las ondas y se esparcía acariciadora. Era el cortejo del céfiro que al mecer las aguas de las lagunas entonaba sus canciones de ronda. Inusitadamente al entrar a las lagunas se desencadenaba la tempestad. Una lluvia torrencial se cernía sobre ellos. María Josefa se cubría la cara con su manto y Angela trataba de proteger a su hijo que iba perdiendo la serenidad con os estampidos de la tormenta. Un rayo pasó en zigzag sobre ellos, atravesó los montes y fue a restallar en la laguna. Un olor de incendio y de pólvora suturaba el ambiente. Más abajo la neblina cerraba el paso y las sombras de la tarde tendían su manto lóbrego. Caminaban como autómatas. María Josefa olvidaba de que iba en compañía de Angela y no escuchaba los comentarios que de la tormenta hacia ésta. Cansada del esfuerzo para conseguir un diálogo y pensando que María Josefa fuera víctima del "soroche" se acercó a ella vio un rostro sobrenatural. La cara iluminada de tinte rosa y en la frente una caudal de oro como diáfana resplandeciente. Lloraba y sus lágrimas que el frío congelaba rodaban como perlas de la Barbacoa a la laguna hundiéndose al fondo para emerger como una corona de jazmines por sobre la superficie bruñida del lago. Angela y su hijo se postraron de rodillas ante esa aparición y de sus corazones salían a sus labios plegarias emocionadas. En ese instante a naturaleza había enmudecido y parecía orar. Angela había visto el milagro de la transfiguración: estaba de rodillas ante una Santa María Josefa hizo una sena para proseguir, iba radiante o mejor caminaba como ausente de sí y aferrada a su rosario acabó de salir de las lagunas por entre veroles bastidores de quinual. Don Canuto proseguía impertérrito tras su peara. Aguerrido en estos trajines por la cordillera no le llamó mayormente la atención la tormenta. Pronto los viajeros avistaron al fondo el maravilloso paisaje del
Callejón de De súbito eco del trote de una cabalgadura herrada se les acercaba y cada vez más próximo parecía aterrorizarlos. Instintivamente Sultán comenzó a gruñir y Don Canuto volvió atrás la mirada y advirtió la presencia de Caros Gustavo que con la mayor prepotencia le amonestó y luego le mostró un documento sellado por la Parroquia. Eran las proclamas para el matrimonio de María Josefa. El arriero que sabía del compromiso de Carlos Gustavo se alarmó que el encargo de doña Dolores fuera nada menos que María Josefa. Entre tanto ésta trató de huir y fustigó su cabalgadura, pero Carlos Gustavo se interpuso. Entonces María Josefa bajo del caballo y se abrazo a Angela. Cuando Carlos Gustavo trato de arrancarla, Sultán se prendió de los pelos del truhán instante que aprovechó María Josefa para aventurarse a la corriente. Sultán, se aventó tras su ama, hizo lo posible para sacarla, pero en los padrones del caudaloso río María Josefa quedó aprisionada. Sultán volvió a la orilla y advirtiendo a su lado a presencia de Carlos Gustavo se lanzó contra él y le acometió a mordiscos y rasguños. Don Canuto y Angela quedaron atónitos y al acercarse a la corriente no vieron sino que sobre las espumas flotaban corolas de azahar y jazmín, Angela y su hijo prorrumpieron en un llanto dolorido...Carlos Gustavo no hizo nada por socorrer a María Josefa perseguido por Sultán trata de huir a Llanganuco pero los remolinos de agua del río se anteponían cada vez que se acercaba a la orilla. En la mañana siguiente se le vio a Sultán en la enminencia desde donde se arrojara su ama. Y así en los días se lo pasaba en guardia y por las noches corría tras la corriente dando los más agudos alaridos. Esta dolorosa escena se reeditó a diario y por muchos años. Otras noches Sultán se sentía feliz. Emitía expresiones de carió. Se le veía mover la cola con dulzura y lamer y algo así como a una efigie de cristal. Era María Josefa que traspasaba por al angustia de Sultán energía del fondo de la corriente para calmar el dolor de su fiel compañero. Los viajeros enterados de la desgracia de María Josefa y de la fidelidad de Sultán compartían con éste su fiambre o le dejaban unas monedas con la que os vecinos proveían su sustento. Viejo y ciego, cada una más aferrado en su propósito de reflotar a su ama cayó en la alucinación. Un día le pareció que María Josefa emergía de las aguas e incontinente se aventó tras el espejismo del ama. Su cuerpo pesado cayó al torbellino del río y la corriente lo envolvió en su vértigo helado. Así murió Sultán. Aquella noche los viajeros vieron una hada de cofia blanca rescatar el cadáver de Sultán y enterrarlo en el montículo de donde se aventó y desde el cual por muchos años oteara la aparición de su ama. Aquella hada fue María Josefa. A los pocos días de la desgracia de María Josefa Don Asunción y algunos familiares acudieron al lugar de la trágica escena. Luego de una minuciosa y exploración por la corriente se regresaron llevándose a Sultán. Y como éste al llegar al Puruhuay no encontrara a su ama en forma sigilosa emprendió el regreso a Llanganuco. Volvieron por él, pero fue en vano. Se enfurecía y amenazaba caer en rabia. Sus amos no tuvieron más que encargar a los vecinos que cuidaran a Sultán. Cuentan los aledaños que de vez en cuando aquella hada reaparecer sobre la tumba de Sultán y que es ella como una escultura nívea y traslúcida o como un ángel de cristal. Otras veces toma la forma de un viajero y presta su compañía al transeúnte solitario para ayudarlo atravesar los mal pasos de la ruta o para auxiliarlo en las noches de tormenta. De súbito desaparece en un recodo y el viajero insensiblemente se siente seguro y confiado sin advertir de lo extraordinario de la compañía. Y aseguraban que no pocas veces se ha visto a María Josefa hacerse presente con Sultán ahí en el instante en que la avaricia y la ruindad del marido está agobiando a la mujer. Y los desatinados esposos infaliblemente han sentido el zarpazo de Sultán. En homenaje de la doncella y la felicidad de Sultán se despertó un sentimiento de simpatía y veneración religiosa. Surgió un culto espontáneo en los pueblos vecinos, y, en el aniversario de su sacrificio había romerías a la ermita de María Josefa. Con respecto a la ermita cuenta la tradición que los vecinos erigieron una hornacina en el sitio de donde se arrojara la doncella, pero que tantas veces como fue levantada, en las noches era destruida. María Josefa no quería más altar que la belleza natural de paisaje, ni más monumento que la eminencia donde yacían los restos de Sultán. Una hornacina rústica en el cerro y una laja sobre la tumba son bastantes para encender una vela y recibir la limosna o fiambre que a diario tributan los viajeros. El culto a la mártir y a la fidelidad de Sultán. Y una tierna y pía, dulce y suave tonalidad de santidad angélica flota en el escenario incitando a la pureza y a la fidelidad. Tanto los transeúntes como los turistas de todo el mundo ascendieron ahítos a la montaña con la ilusión de visitar la ermita y de ofrendar su admiración y devoción. Al frente de la ermita hay una mole pétrea que tiene en alto relieve una campana de granito. En la noche de a tragedia de María Josefa apareció aquella campana y dio a escuchar su voz melancólica herida por el lúgubre acontecimiento. Los vecinos y transeúntes aseguran que cada vez que al crueldad de los hombres se exacerbar aquella campana da su voz de alarma y condena. Y no hay viajero que no busque con afán aquel mágico gongo, levantado en alto para cautela del vecindario. En Yanama Chico Don Canuto a la vez que denunció ante las autoridades la muerte de María Josefa entregó la alforja con los efectos de ésta. Entre las cosas que portaba se encontró pintado un tomo de las Moradas de Santa Teresa empastado en pergamino, Sultán en cuanto vio que las religiosas de ama fueran guardadas desapareció del lugar. Las autoridades tan luego se hicieron cargo de Caros Gustavo en ese mismo instante lo remitieron a Yungay. Don Canuto y Angela se quedaron en a estancia porque la noche se oscurecía y en los contornos una lluvia torrencial comenzaba asolar el campo. En aquella noche una luminaria de meteoros se mantenía sobre la altura de la eminencia de donde se inmoló María Josefa. Parecía como iluminado aquel escenario en tanto que el tenido lúgubre de una campana se hacía sentir cada vez que los truenos espaciaban su fragor. A ambos lados de Yanama Chico la tormenta tenía contorno de cataclismo. Los desmoronamientos del Huascarán y del Huandoy se escuchaban atronadores y de las quebradas subía el alarido de los huaicos y aluviones. temblaba la tierra, ardía el espacio y un olor a pólvora invadía la atmósfera. Los nubarrones negros se contorsionaban como dragones o como lenguas de fuego de algún volcán o huracán. A media noche se aquietaba la naturaleza y por la desembocadura de Llanganuco en vez de la luminaria de os meteoros se veía una alborada anaranjada. A amanecer los campos estaban cubiertos de granizo y de la bajada de Llanganuco salía a todas las direcciones un sin número de franjas de arco iris. El sol emergía del nevado en toda su grandiosidad. La mañana se destacaba espléndida, en tanto que por Sedán y Ancash, a ambos lados de Yungay, la catástrofe había aterrorizado al vecindario. La tragedia de María Josefa hizo estremecer la tierra. CULTO POPULAR A MARIA JOSEFA Cuando las poblaciones de la ruta del Purhuay a Yungay se informaron de los pormenores de la vida y de a tragedia de María Josefa no dudaron que se trataba de una santa. Los pueblos tenían una visión clarividente. Flotaba en el ambiente un olor a santidad. Ya otra vez, por la misma ruta se había sentido igual sensación al paso de Santo Toribio de Mogrovejo. Y ahora, por doquier se alzaban cruces y hornacinas en homenaje a María Josefa y se le tributaba un culto fervoroso. La imaginación popular se pobló de anécdotas maravillosas. Apariciones, milagros y portentos mil, se narraban encendiendo la fe de las multitudes. El culto a María Josefa tenía alborotado a los pueblos. Los padres de Convento de Santo Domingo de Yungay se alarmaron con aquel fanatismo al punto que encargaron a los "Extirpadores de idolatras" destruir las cruces y capillas de a ruta erigidas en honor de María Josefa. Pero fue en vano, a los pocos días eran levantadas otra vez y los "Extirpadores" se veían amenazados y perseguidos. Entonces un hábil e inteligente dominico concibió la idea de sustituir la imagen de María Josefa con la de la Santísima Virgen María. En efecto, en uno de los aniversarios de María Josefa que se celebraran en una ermita de Huaraz-Cucho, al amanecer de ese día vieron los indios una admirable Virgen emergiendo del marco donde estuviera la imagen de María Josefa. Era evidente que se trataba de un milagro. A esa Virgen el pueblo la llama "La Mácula" y volcó su fe en ella. Más tarde ese cuadro fue retirado y llevado al templo de Yungay. Los indígenas hicieron muchas tentativas para recuperarlo. Pero se es convenció que tanto para la Virgen como para sus fieles era mayor honor tenerlo en el templo. Entonces el templo se vio invadido por la indiada y el altar de la Mácula abarrotada con las ofrendas para Sultán. Un amago de incendio en el templo sirvió para que la Mácula pasara a ser guardada. Y cerca de los siglos ese cuadro permaneció guardado en los archivos de los paisajes hasta que el venerable párroco Dr. Don Víctor Suárez lo sacó a la sacristía. En verdad ese cuadro era maravilloso. Una pintura clásica en la que indudablemente el artista a la vez que fuera un maestro de calidad fue duda un iluminado de la fe, porque la Virgen resplandecía de divinidad y penetraba al alma de los que lo contemplaban. Esa misma Virgen recibió el retoque que dejaran en el lienzo la oración de los fieles y el fanatismo de los devotos de María Josefa. Ese cuadro era legendario. Por él hubo de sufrir ultrajes e injusticias el venerable párroco Suárez, porque un político que se hubiera aficionado del cuadro pretendió arrebatarlo bajo el pretexto de mandarlo restaurar. La energía negativa del sacerdote defendió una reliquia del templo, pero a poco hubo de perder su parroquia a la que por más de treinta años se hubiera consagrado. No obstante el tiempo en las cruces de la ruta y sobre todo en la ermita de Llanganuco no se extinguió el culto a María Josefa, más bien crecía. El Padre Agustín de la Rivarola que recorriera la ruta hurgando los rastros de Santo Toribio al subir a Llanganuco tropezó con la ermita de María Josefa y en todo o algo de la jornada hasta Quinchez, las cruces del camino se erigían a su memoria. En el Purhuay encontró otra ermita. Don Eleazar Quijano, alférez de la Virgen de la Natividad de la Capilla del Purhuay, había pintado al óleo la imagen de María Josefa con una toca de novia teniendo a sus pies a las palomas mensajeras y Sután. Indudablemente que se trataba de a copia de un retrato origina que el mismo Quijano, según versión que se conservara aún en aquella época, había hecho de María Josefa, ha pedido de su padre. No obstante la toca, la fisonomía era verdaderamente angelical. Aún cuando la frente pulcra, tranquila y despejada y las mejillas liliales no expresaran más que dulzura, en sus miradas y su boca había melancolía. En este matiz consistía. El cuadro parecía dar a escuchar el diálogo espiritual entre a Virgen y Sultán, en tanto que una atmósfera de tonos religiosos timbraba y hacía genial la composición. El informe de los milagros atribuidos a María Josefa fue entregado por el Padre Rivarcía al Convento de Santo Domingo de Yungay y desde el Tucumán envió a sus amigos de los "Conchucos" estampas de María Josefa que reproducían el óleo del Purhuay. Aquel mensaje fue recibido con júbilo. Agotadas las estampas ni la memoria ni la veneración a la mártir han desaparecido. El venerable Presbítero Don Víctor Fortunato Suárez Flores, que nos hubiera franqueado los archivos de la Iglesia de Yungay nos refería que aún en estos tiempos las gentes de su parroquia mandaban decir misas por la memoria de la mártir. NOSTALGIAS DE UN RIO El Marañón es nostálgico por naturaleza. Recorre llevando el recuerdo de cosas y escenas que no volverán jamás. De aquí su vena melancólica y su nota metafísica. Tiene ternuras de doncella. Toma los lirios y las amapolas de las orillas, coge guirnaldas armoniosos y caricias apasionadas. Tachona de rocío a las flores y ramajes, les viste de tules y cristales y esparce cadencias transidas de cariño y deseo. Surge una sílfide o una ninfa y el río lo toma como el una novia, lo mece en sus ondas, le engalana de palios y abalorios y le hace sonar en lerdos ritmos de sonata, le recuesta en su lecho de diamantes y le cubre con brocados de sol diáfano o reflejos aperlados de luna y luego de hacerlo girar en compás de minueto por sobre la caída de los remolinos o refunde por entre edredones de esmerada. Y un rumor de cadencias nupciales brota en el murmullo. El Marañón que estuviera enamorado de María Josefa tenía requiebros y gentilezas de galán. Tendía sobre la arena encandilada un manto de aguas tranquilas para ofrecerse tibio. Quieto y tranquilo, era como una fuente absorta y apacible que atraía; limpio y cristalino, era como un espejo bruñido donde la imagen de la amada reflejaba la infinita dulzura de su belleza. Una tenue brisa hacía ondular irisaciones y relucir lentejuelas como sobre un palio de seda. Y un leve murmullo brotaba de la corriente y se esparcía como una melodía tierna y cautivante. Y cuando María Josefa se bañaba en él, el río le ofrecía sus ondas suaves. Era un remanso estático donde la corriente parecía detenerse como en un sueño de arrobo o éxtasis. A la salida María Josefa se sentía feliz, el río le había nutrido de todo el polen y perfume de las flores recogido por sus aguas. Y el río ufano y satisfecho volvía a correr dando a escuchar melodías alegres. Enamorado. Ante María Josefa se acicalaba en el porte. Apolineo, era un junco de platino sobre el que el sol había vaciado todo su oro y la luna su púrpura aperlada. Gozoso desplegaba el garbo de sus aguas y ejecutaba movimientos de cisne o entonaba himnos bucólicos. Otras veces el río se mostraba celoso, se enfurecía cuando María Josefa se acercaba a sus orillas con algún amigo. Ramalazos de agua chicoteaban la orilla o se levantaban olas como garfios o se araban surcos como boas dementes. Un alarido cósmico llenaba de pánico al escenario. No pocas veces el río gemía de impaciencias. La amada esquiva no detenía su paso o sus miradas no se hundían en su cauce o ausente no había recados de ella. Entonces el río se tornaba melancólico y lloraba de pena y dolor. Pero el río estaba seguro de su conquista. Su poder de seducción era infalible. Había penetrado en el espíritu de María Josefa y esperaba sólo la hora del desposorios. Nada ni nadie podría detenerlo. Cuando María Josefa se fugó del Purhuay el río no se alarmó. Sus ondas recibían el informe de su itinerario. Y cuando e Yanamayo le confirmó la tragedia se contorsionó de dolor y por mucho tiempo sus aguas entonaron elegías lúgubres y a chocar con los peñascos, quebradas y montes la elegía telúrico se hacía más efectiva. El Yanamayo se forma con los deshielos orientales del Huascarán. En la noche de la tragedia recorrió su lecho con estrépito y furia e ingresó al Marañón convulsionado. El río recibió al noticia en esa carga despavorida, entonces se desesperó. Sus aguas se levantaran como trombas y asolaron las playas o se embalsaron y saltó en avalanchas invadiendo y barriendo la tierra y haciendo temblar la quebrada. En el Purhuay un ramalazo de agua cayó sobre el barrio de las tabernas y asoló la casa de Caros Gustavo dejando sobre un lodo mefítico. Por más abajo el río se fue dando alaridos salvajes. Desde hacía años que el río se había enamorado de María Josefa y la gente vio con recelo esta revelación. Le había echado el ojo. El río se adentra en el ser, resuena en el alma y aparece a la vista como un espejismo fascinador y cuando sus aguas han probado el cuerpo y le ha gustado no hay nada que lo salve. A la muerte de María Josefa el río se hizo histórico. Reía y sollozaba, daba carcajadas y lamentos; su estruendo tenía sarcasmos y crispaciones tremebundas. Era un coloso demente. Así, delirante y obsceno recorrió hasta el Atlántico. Estaba seguro que en las profundidades del mar se reuniría con María Josefa para una metamorfosis edénica. Y así fue. El uno recorrió la selva y la otra el valle del Santa para reunirse en el Pacífico. MUERTE DE UN REPROBO Carlos Gustavo, cobarde como todo impulsivo y miserable como todo déspota no tuvo valor de socorrer a su víctima. Tan luego como Sultán le hubiera acometido, maltrecho y desgarrado una orgía trató de fugar a sus lares, pero apenas había caminado un trecho advirtió que las aguas del río invadían el camino cortándole el paso. Entonces despavorido retrocedió y emprendió una fuga de bajada y, cada vez que por equívoco su vista tropezaba con la corriente le parecía que las aguas extendían sus garfios para atraparlo. Exhausto y despavorido rodó por la pendiente, quedando sin sentido a la vera del camino. Esa noche las autoridades de Yanamito le apresaron y lo pusieron a disposición de as autoridades de Yungay. Terminada a instrucción, tuvo que reservarse la vista de la causa por la demencia del encausado. Fue internado en el Hospital. Sus familiares consiguieron llevarlo a su pueblo, donde no podía ver ni a las aguas ni a los perros. Le horrorizaba y no los resistía. Reprobó era el baldón del villorrio. Maltrecho, era un guiñapo despreciable. Su idiotez era su única panacea, es decir que lo insensibilizaba para resistir la repulsa y e desprecio que le circundaba. Una noche en que deambuló en un maizal tropezó con una jauría de perros. Los canes que lo reconocieron se fueron contra él, ni el pánico ni su locura le prestaron ayuda para unir para defenderse. Y como la jauría no encontró resistencia que vencer pronto lo abandonó como a una pieza inmunda. Al siguiente día fue encontrado con los ojos desorbitados y los brazos extendidos como en imploración de auxilio. No se le había inferido herida alguna. Había muerto de miedo. Es decir que había muerto como mueren los necios y cobardes. |