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EL MARAÑÓN El Marañón es un río legendario. Más de mil kilómetros de montaña nevada le ofrece su caída nívea. Esa caída que es una visión de brillantes en la cima se desmadeja en hilos de plata, teracea los espejos de las lagunas y hace discurrir arroyos nacarinos por las vertientes . Una melodía de violines da un sabor virgiliano al escenario. Otras veces la tormenta con su azogada borrasca se desencadena como un diluvio y el fragor ronco de la tempestad se esparce como un mugido de fieras. Así se surte al nacer. Más abajo recoge esa música de los ríos tributarios con toda aquella su carga de historia y tradición. En ellos vertidos fueron el esplendor y la gloria de Chavín, Pumpa y Yaino con toda la remembranza de sus principales cortesanos y guerreros y la belleza de sus ñustas encantadoras. Pronto se torna caudaloso y su voz broncínea lleva resonancias cósmicas. En el invierno es apocalíptico, lleva en su cauce los huaicos de las quebradas y no pocas veces los bosques y los villorrios de sus orillas. Es un coloso enfurecido, un aquilón impetuoso que se contorciona como una tromba. Indómito y satánico azota y muerde, da latigazos y ramalazos, desgaja los cerros y se desenfrena como un tropel de potros desbocados veloz y voraz, despiadado e inclemente, con alaridos de dragón vence vallas y acomete la tierra virgen y con un sátiro cuaternario se contorsiona haciendo estremecer la selva con su lujuria demente. Un olor de humos y simiente, de levadura y cieno satura al ambiente. Y tras espasmo y próximo palingenésico el río se recoge a su cauce con toda aquella su carga de follaje y limo emprendiendo imperturbable su viaje al Atlántico. De vez en cuando el viento estorba al río y le hace rabiar impaciencias, en los saltos y encañadas le hace mugir, en los remansos levanta olas y da a brotar un murmullo sórdido como el eco desvaído de un huracán. Otras veces el viento y el río en endemoniada urdimbre levantan trombas y siembran el terror. Se aquieta, y sobre la corriente apacible una brisa suave damasquina la superficie y la hace tersa, cunde la vena melódica y por doquier de la corriente brotan salmos e himnos, un murmullo de arpegios y sinfonías musicales surca sobre las aguas dando a flotar tonos de gaita o de laúd. Por el Purhuay el río se ensancha y aquieta. En verano es límpido y terso, el sol le hace transparente, es un espejo bruñido en el que se reflejan el cielo y los celajes. Es una gasa recamada de brillantes o un palio de terciopelo que el céfiro en vaivenes leves hace ondular. Por sobre estas ondas apacibles alguna que otra orquídea navega su belleza nostálgica. Manchas de estambres y capullos de flores de azahar y de duraznos van mecidas en la corriente. Por encima bandadas de mariposas multicolores prestan la decoración de su embrujo. Así, fastuoso y perínclito como un monarca imperial se aleja del Purhuay, donde el oro de las playas, el aroma de los frutales, de la vainilla, del pavo de la canela, del tabaco y de la amapola han embriagado y exacerbado su fantasía. Para adelante el río prosigue impertérrito y dejando Ancash y Uchupampa regresa al territorio de los Aguarunas, Antipas Huambisas expertos disecadores de pájaros y reducidores de cabezas humanas. Luego entra al cruce de la cordillera uniéndose con el Ucayalf que es un mar en la selva baja. El río va al nivel de la tierra conformando islas paradisiacas. |