FUGA DE MARIA

DON CANUTO - ANGELA TUNAY

La noticia de que Carlos Gustavo hubiera celebrado la anunciación de su matrimonio acabó de decirle la fuga de María Josefa con Doña Dolores cambiaron la manera más sigilosa de hacerlo. Estaban al acecho de un arriero honrado que viajara a la costa. María Josefa disimulaba en su casa y no daba a sospechar. Un bolsón con algunos libros y menesteres de oración era todo lo que a diario tenía entre su casa y la escuela. Entre tanto doña Dolores tenía listo el envío y una ropa de indígena para el disfraz del viaje.

Don Canuto Castillo era un arriero nuevo para la región antiguo calador de minas en Taric y Chacas acabó de arriero en el Purhuay. Doña Dolores vio en él al hombre providencial y logró su confianza. Le rogó conducir a su sobrina hasta Yungay y le abonó una buena suma por el cuidado y el alquiler de una acémila. Y a las dos de la mañana del 7 de junio de 1730 la peana con su carga de coca emprendía la ascensión de Quichez. El ayudante iba por delante una veces y obras dejaba pasar la peara para controlar la seguridad de la carga. Don Canuto y María Josefa iban atrás en sus cabalgaduras. Como a las cinco de la mañana pasaron Quinchez y advirtieron que Sultán se les hubiera extraviado en la población. Una hora más tarde los alcanzó. Con algunos intervalos de descanso ese día acompañaron a las 6 de la tarde en las goteras de Sihuas. Doña Dolores había sido muy pródiga con Don Canuto. Le había aviado de provisiones con abundancia y en los posados el ayudante y María Josefa preparaban el Yantar y el fiambre para el almuerzo del siguiente día. El ocho de junio pasaban por Sihuas en las primeras horas de a mañana y tomando el camino de la quebrada ingresaron a Chullin. Pernoctaron ahí en casa de don Claudio Santa Cruz, hombre destacado del lugar que les prestara la más asidua atención. Era muy amigo de Don Canuto y apreciaba en mucho de los mazos de tabaco que éste le trajera en obsequio. Al siguiente día prosiguiendo su viaje pasaron por Huachucallán y emprendieron la subida a Palo-Seco. De Sihuas hasta pie de Chimchobamba el clima templado y el paisaje florido sirvió de sedante a María Josefa, le compensaba el tránsito escabroso y frío de Mishito en las alturas de Quichez y Sihuas. Y la ruta por la orilla del río le traía la memoria del Puruhauy.

La subida a Paloseco fue lenta. El viento y el frío de la estación les incomodaban. La pascana se organizó en Viñauya por que a Don Canuto se negó entrar a Pomabamba. El día once prosiguiendo su ruta hicieron un alto en Quisuar. En este lugar se les incorporó una cara joven llamada Angela Tunay que se dirija a Yungay en compañía de un hijo como de trece años. Las alquerías del lugar ofrecen ahí una inusitada emoción virgiliana y el espíritu cobra arrestos para ascender a Yanagaja y bajar el tambo de Chinguel, que es la antesala de Tineo, a cincuenta Kilómetros de Pomabamba. La aldea es acogedora. Había allí arrieros de diversos lugares y con diversas rutas. Don Canuto que encontrara aquí antiguos camaradas alternó con ellos unas horas; en seguida se recogió para revisar el forraje de su peara. Angela trataba de ganar la confianza de María Josefa. El relato de sus penurias conmovió a las víspera y se compadeció de aquella mujer que dejando a una niña de cuatro años había emprendido tan pesada jornada para ir a Yungay auxiliar a un familiar que de regreso de la Costa se hallaba enfermo en el hospital. Angela sabía cocinar, lavar y planchar. Como doméstica de una familia honorable había aprendido estos menesteres y confiaba que con ello podía adquirir algunos recursos para ayudar al enfermo. Además Angela tenía una conversación muy amena y un tono adulzorado en la voz que revelaba proceder de alguna esfera social distinguida. Su gracia natural le ganaba simpatías. Joven aún no habría pasado de los 30 años, era una mestiza agradable, sus ojos melancólicos, el oval de su cara y el perfecto esbozo de sus labios realzaban su apelada fisonomía. Un lunar discreto sobre los labios le daba un hechizo singular. El cuerpo esbelto endurecido en el trabajo era escultural. María Josefa simpatizó con Angela y encontró en ella una excelente compañera y aún cuando no le reveló quien le prometió ponerla en contacto con la familia Béjar en Yungay donde podría alojarse y trabajar. Entre tanto le pidió le aceptara unas monedas que contenía un pequeño bolso. Después de este acto de desprendimiento María Josefa pareció quitarse un peso. Aquel tesoro le incomodaba. De nada habría de servirle. Y Angela se conmovió por aquel rasgo de caridad y con lágrimas en los ojos agradeció el obsequio. María Josefa también lloro. Aquella noche la estancia se ilumino en un lampo de luz y Angela sorprendida y asustada llamó y despertó a su compañera y le parecía que ese lampo de luz salía de las pupilas de María Josefa.

Al siguiente día emprendieron la subida por la encanada hasta Pampa Machay. Pesada a ruta y abrupta la ascensión. En las cuevas de esta posada natural se quedaron tanto por que Don Canuto no quería fatigar a la peara como por que quería pastearnos ahí. Aquella noche Angela no dejó de entretener con su conversación a María Josefa hasta que el granizado de un búho les quitó el buen humor. María Josefa invitó a rezar el rosario y Angela quedó admirada de la devoción que ponía su compañera en la oración y mucho más cuando a la lumbre de una vela vio sacar de entre su ropa una cruz de oro para besarla.

A las seis de la mañana del día trece volvieron a emprender el viaje. La senda risueña al amanecer se oía maravillosa a esa hora. En el oriente la aurora con su caudal de oro extendiendo un halo de marfil; en el limpio cielo azul reverberaban aún las estrellas y sobre los próximos nevados el crepúsculo de la mañana reflejaba toda su gala de armiño y grama.

Era sublime la naturaleza. La grandiosidad del espectro solar sobrecogía a las almas. Así absortas estas mujeres viajaban como arrobados hasta que el doblar un farallón del escabroso camino se alzó de una de las cumbres un búho y sobrevoló por encima de ellas. Los ladridos de Sultán ahuyentó a esa ave, pero en el ánimo de las viajeras quedo un presentimiento penetrante. A eso de las once de la mañana una suerte de lagunitas para llegar al Portachuelo les ofrecía un nuevo espectáculo. La escarcha de la orilla de las lagunas parecían abalorios y por sobre los Andes azuladas navegaban aves acuáticas. El sol era esplendoroso: refulgían brillos de topacios y se extendían en vibraciones luminiscentes. El cielo cada vez más cerca y más amplio parecía absorverlos y el horizonte se ensanchaba difuminando sus contornos en un hechizo de caudal rosa y violeta. En el Portachuelo el escenario era más grandioso. Se estaba allí como en una atalaya. Para Angela aquella altura le era familiar. Allá en su terruño desde las cimas de Vicos había visto los crepúsculos marinos en toda su grandiosidad fantasmagórica. Y aquí en el Portachuelo veía salir al sol de un cúmulo de nimbos de rosa y expandirse en halos anaranjados por entre una espolvoración de oro. Para María Josefa que muchas veces había transpuesto el Portachuelo admirando estampas de crisopeya damasquinada esta vez había tonos de turquesa que hacia pastoral y melancólico los confines hiperbóreos del escenario, le traía el recuerdo del Puruhuay cuando sobre las ondas del Marañón en Huaylly los primeros o los últimos rayos del sol enjugaban al río de pedrería y brocados refulgentes.

Esta evocación le contristó y el soberbio paisaje se adentraba en ella con toda su grandiosidad, pero también con todo el frío de la altura nevada. Y bajaba así nostálgica y penetrada del hielo, sintiendo en el alma que algo se le helaba.

En la vera de su ruta había espejos de agua nevada y los repechos de las rocas colgaban hilos de agua congelada a los que los rayos solares le daba coloración.

Cerca del sendero y recostados en la cresta de los cerros, ruinas preincas persistían en la inclemencia. No habrían de cejar. Los caserones estaban en espera de los retoños de la raza entre tanto habitaban allí fantasmas para ahuyentar a los blasfemos. Otros eran sus moradores, con los pies descalzos y el pecho desnudo dominaron al Huascarán. El celoso estaba estrangulado en las manos de granito de los indios.