DOÑA DOLORES VIVAR

María Josefa buscó en la escuela regentada por doña Dolores Vivar una distracción para su actividad y para la satisfacción de una de sus vocaciones más sentidas. Ansiaba la compañía y protección de la honorable maestra y e seducía la ilusión de alternar con la niñez. Doña Dolores mujer ilustre y honesta que envejecía en el apostolado de la enseñanza lo cobijo con ternura y procuró levantar el ánimo abatido de la joven.

Aquella venerable muestra que desde joven se hubiera consagrado a la enseñanza tenía tal bondad y comprensión que cautivaba. Hacia muchos años que se radicara en el Purhuay, donde encontró la paz y la tranquilidad que le precisara. Había amado con locura y se había abandonado con inocencia a los alhagos de mundo. En vísperas de dar a luz el amante, un doncel de 18 años fue llevado por sus padres a algún seminario para postular una capellanía. No volvió a saber de él.

Entre tanto alumbró y fue la piedra de escándalo, la seductora que hubiera hecho vacilar una vocación sacerdotal y que pudiera perturbar la paz de los hogares del lugar. Hubo de abandonar su pueblo dejando a su hijita en poder de su madre. Y aquella mártir al que la maternidad hubiera colmado de sus dones más excelsos había sido en realidad una belleza turbadora. En sus ojos un oscuro cerco hacia marcha a una caldera de brazas y en sus senos se arrebolaba la gracia. En sus mejillas habían alboradas de azucenas y en su vestir de hada había opulencias que magnificaban el deseo y la ilusión. Por eso había ambulado de pueblo en pueblo desechando la admiración de unos y la ambición de otros.

Establecida en el Purhuay donde la edad había alejado o amainado la persecución de los galanes, encontró la tranquilidad que ansiaba.

Para Doña Dolores la compañía de María Josefa era cordial. Espiritualmente la adoptó, sin decírsela. Al fin encontraba en ella a la hija a quien adorar y bendecir, ya que la suya había sido adoptada por sus padres y entregaba a un convento.Al amparo de Doña Dolores se sintió aliviada María Josefa. Una corriente de simpatía mutua las hizo entrañables. Pronto aquella conoció a tribulación de la joven y su anhelo de profesar. Para doña Dolores fue un gozo infinito saber la vocación de María Josefa. Pues se hacia la ilusión de que pudiera ingresar al mismo monasterio en que su hija se hallaba. Una secreta ambición de mensaje la animaba. Al fin, mediante María Josefa su hija llegaría a saber de su abnegación, de su sacrificio, de su penitencia y de todas sus tribulaciones de madre proscrita. Y esta esperanza o esta ilusión era su consuelo. De aquí que con todas sus fuerzas morales reforzaba e instalara aquella vocación.

El encuentro de estas almas fue para ambas una panacea María Josefa descorrió ante doña Dolores su vida angelical era como descorrer los palios de un tabernáculo. Le confió sus sueños y sus anhelos, sin ocultar aquella imagen de querubín que hubiera pasado por su mente en sus evocaciones a Eusebio. Y aún cuando ya no lo conturbaba y hubiera desaparecido hasta el recuerdo desdoblaba y hubiera desaparecido hasta el recuerdo desdoblaba su alma como una descarga obligada de confesión. Le confió también el proyecto de su padre y las asechanzas de Caros Gustavo y que aún cuando veneraba a su padre jamás podría soportar ni siquiera la idea de la pretensión de aquel laberinto, del que no solo se comentaba con horror sus liviandades sino que ella misma había visto a aquella bestia enfurecida perseguir por entre los matorrales a una indefensa campesina y cazarla como a un animal para sacrificarla a sus lúbricos instintos.

Doña Dolores encontró en María Josefa la visión de su propia juventud, con toda aquella su sencillez e ingenuidad y con todo el lirismo de su emoción romántica. Y ante esta semblanza se conmovió su ser, tuvo piedad. Insensiblemente le asaltaba un empeño de protegerla. Por demás sabía de los espejismos de la ilusión y de las melodías de la fantasía. En los colores de uno y en los acordes del otro se había embriagado y sucumbido. A ella el amor le había hecho una mujer abandonada y una madre desnaturalizada. Por eso querría preservar a María Josefa de ese mito y de esa sirena. Así la retuvo en su compañía y consiguió que esta dulce gacela la ayudara en la enseñanza escolar. Las niñas muy pronto la adoraron. Era como una divinidad para ellas. Su belleza y su bondad lograron acercamientos de íntima ternura.

En el contacto con aquellos humildes criaturas María Josefa recobró su serenidad. Tantos ojos limpios y llenos de sinceridad le confortaron. Aquellas almas inocentes le tenían como preservada y también saturada de su fragancia de lirios. En el canto y declamación con las niñas advirtió que sus sentidos ya no se perturbaba ni con la música ni con la poesía. Una absoluta albura en el alma le daba tal como y bonanza que la hacia sentirse feliz.

Un mandil blanco y manera de uniforme cubría la belleza de su cuerpo, en la cabeza una toca del mismo color ocultaba el tesoro de sus cabellos. Parecía una novicia ejemplar. Las niñas la decían la Madrecita y las madres de familia se acostumbraron en llamarla Sor María. Aquel vestido aquel trato iban modelando su personalidad. El esplendor de su belleza y el ardor de su juventud fueron atemperándose. El respeto que infundía aquel hábito detuvo el asedio de los admiradores.

Ella misma ya no sentía la exaltación ni de sus sentidos ni de su fantasía. Su hermosura parecía un miraje lejano, cada vez más ausente. Insensiblemente se iba refugiando a la vida interior, donde descubrió escenarios maravillosos, morados para el ensueño, estancias paradisiacas para soñar y amar sin desilusiones.