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MARIA COMPROMETIDA EN MATRIMONIO La festividad de la Virgen de la Natividad solfa reunir a los caballeros de los contornos los que inevitablemente se prendaban de María Josefa. De otro lado los negociantes que frecuentaban el Purhuay y los propios vecinos del lugar estaban alborotados con aquella maravilla. Don Asunción constantemente requerido por conocidos y extraños no se resolvía prestar su consentimiento, porque los extraños no les inspiraban confianza y porque temía no volver a ver a su hija, y los conocidos por él no reunían las condiciones como para concederles. Caros Gustavo resultaba entonces en el Purhuay como un paradigma de caballerosidad. Su elegancia y su parte no parecían atildados. Había adoptado cierto tono de decencia en sus maneras que le permitía alternar en mejores condiciones. Nadie habría sospechado en él al truhán de otrora. Hasta se decía que aquella larga enfermedad que el hubiera postrado había sido por haber expiado de penitente en el último quinquenio de la Virgen. Pasa así como un hombre virtuoso. Y cuando tuvo la ocasión de encontrarse de nuevo con don Asunción, éste quedó sorprendido con el cambio. Después de dos o tres entrevistas más en que Carlos Gustavo logró deslumbrar a don Asunción se permitió hablarle de sus sentimiento y de su deseo de pedirle la mano de María Josefa. Le pidió disculpas por su atrevimiento y si con ello le hubiera incomodado le rogó le perdonara y que estuviera seguro de que jamás volvería a incurrir en semejante desatino. Don Asunción no hizo ninguna observación, limitándose a manifestar que su respuesta la tendría dentro de ocho días. Carlos Gustavo se retiró con todo respeto, protestando acatar con humildad su decisión. Al siguiente día Carlos Gustavo se ausentaba Huacachucro. Entre tanto habían llegado de las minas de Pasacancha dos rescatadores de oro, los que tras haber protagonizado un escándalo en una de las tabernas del lugar tuvieron la ocurrencia esa noche de ir a dar una serenata a la "buena moza" que habían visto en el día. Y con algunos "juerguistas" de oficio se acercaron a la casa de María Josefa. El mal gusto de aquella serenata dio lugar para que uno de los servidores de Don Asunción tratara de dispersarlo sacando los galgos a la calle. Los mineros hicieron estallar sus armas y la serenata acabó entre fogonazos y mordiscos. Este incidente, sumado a los muchos que motivaba a belleza de María Josefa decidió a don Asunción prestar su consentimiento al pedido de Carlos Gustavo. De manera que cuando éste ser presentó, tuvo la respuesta, condicionada a no hacerla saber a María Josefa hasta cuando el propio Don Asunción estimará oportuno. La Victoria de Carlos Gustavo le hizo vanidoso y poco a poco su apostura se iba desdibujando. Inadvertidamente se encontró otra vez en las bacanales de las cantinas de los campamentos. Fue de allí de donde salió la noticia de desaprobación y por esta surgió de todas las clases sociales. María Josefa se indignó y se rebeló contra la decisión paterna. El propio Don Asunción se alarmó de la ligereza. Y entre el cariño entrañable a la hija y el quebranto de a autoridad paterna surgió el conflicto de la duda. Revocar el acuerdo era faltar a su palabra, mantenerlo era causar la desgracia de su hija. Entonces resolvió prorrogar el plazo del matrimonio con miras a que posteriormente pudiera en la primera ocasión desligarse del compromiso. La indignación de Carlos Gustavo no tuvo límites. Espécimen mórbido, toda la levadura mal sana que había en él se sublevó. Imprecó y blasfemó. Tuvo reminiscencias atávicas y volcó toda la ponzoña de que es capaz un alimaña. Sin el antifaz de su hipocresía no tuvo reparos de mostrar su abyección e insolencia. Envilecido en el fingimiento le acometió la pasión maligna del rencor que roía sus propias entrañas. Se hizo insoportable. Los mismo truhanes lo abominaban. Aquel desahogo pérfido nos sirvió sino para relevar su figura grotesca. Y expulsado de aquellos astros deambuló a la deriva. Se le asqueaba. El alcohol fue su única panacea y cayó desde esta abyección a un estado de inconsciencia y demencia. Repuesto, al fin de una larga enfermedad, ensayó de nuevo rehacer su vida. Con mediocridad de lacayo, volvió a sus actividades ocultando sus sórdidos designios. Una aparente indiferencia parecía darle tranquilidad. Inconscientemente y autómata, sus actos anodinos eran como de un ser amnésico. Aquella prórroga de su compromiso le parecía una afrenta. Su reacción desesperada de los primeros instantes pudo haber sido explicable, pero más tarde consideró que a nada conduciría su protesta o sus lamentaciones. Entonces resolvió serenarse y actuar con mayor tino y ponderación. No se resignaba considerar perdida su ambición. Simuló haber olvidado el disgusto que le causara la prórroga y hasta dio a entender que había propuesto sus pretensiones. |