UN MALLEVO EN EL PURUHUAY

Carlos Gustavo, un macilento traficante del Purhuay. Pronto a la bronca y al abuso no tenía maneras para requerir con galanura. Y la mujer compraba o amedrentada en las tabernas tenía que soportarlo con asco. Este Tihuan era rehuido. Bebía solo o en compañía obligada de algunos subordinados. Atrevido e impúdico cogía de prepotente a las muchachas más apuestas del baile se excedía en lisura que daban lugar a protestas y amotinamientos del que salía siempre maltrecho. De una de esta bataholas salió con la lengua magullada y un tío nervioso que hacia crisis cuando se arrebataba. Para adelante este defecto hubo de mermarle prestancia y representación, por que a poco que se irritaba se le trababa la lengua y comenzaba a ganguear.

Este truhán sabía que se le admitía con repugnancia en las mesas de juego o en las parrandas. Se hacía cada vez más despreciable. Era impaciente, soberbio y desastrado; repulsivo, era de una personalidad torba y morbosa. En nada amenguaba su estudiado atildamiento en el vestir.

Disoluto y mordaz, protervo y cizañero pretendía cubrir su felonía con su riqueza.

Jamás tuvo amigos y las amantes que sacaba de entre la peonada no lo soportaban. Vivía siempre rechazado. Sus propios familiares le tenían alejado y preferían que medrara en la playa que verlo a su lado. Descendiente de un extranjero en una nativa enrolada a las faenas mineras hubo de crecer acomplejado a la muerte de su padre Carlos Gustavo se hizo "enganchador" de peones para la provisión de la mano de obra de los lavaderos de oro. Y aquel oficio ruin y miserable delineó su personalidad, de servil con los patrones y de abusivo con la peonada, a la que escamoteaba y explotaba obligándolo a recibir baratijas superfluas en el socorro.

La circunstancia de que el "socorro" de la peonada se hacia en el establecimiento comercial de don Asunción le daba a Carlos Gustavo la oportunidad de alternar con él y contemplar ocasionalmente a su hija. La cultura de María Josefa, sus modales elegantes, su condición superior y su belleza extraordinaria era como una barrera infranqueable para Carlos Gustavo. Sin embargo es fatuo, que era indudablemente el más aventajado fauna de las tabernas creyó que su poderío en el bajo fondo le da clase, relevante para cortejar a María Josefa.

Cuando alguna que otra vez la oportunidad le franqueaba la versión de conservar con María Josefa Aguzaba su ingenio y la rodeaba de reverentes finezas para conseguir que se le escuchara aquellas sus frases preparadas y memorizabas en largas sesiones para cuando llegaré la oportunidad. Y cuando agotado el repertorio sin que María Josefa hubiera dado muestras de haberle prestado oídos pese a que el recita le hubiera pronunciado con un condicionamiento de esclavo. Para adelante no alcanzaba sino a gesticular o mascullar frases inconexas e incomprensibles. Gangueaba o tartajeaba, es decir le sobrevenía aquel complejo de su tic nervioso y bobo, no sabía como salir del apuro. Habría preferido que se abriera la tierra y desaparecer que sufrir la vergüenza de no poderse expresar. Y María Josefa, al comienzo con tolerancia y más tarde con indiferencia escuchaba aquellos entre cortados cumplidos. Pero cuando se informó que Carlos Gustavo tenía pretensión sobre ella no se indignó, le tuvo consideración. Más tarde prohibió se le permitiera acercarse a ella.

La Virgen Lilial y lánguida de otrora era para entonces la rosa ideal llena de luminiscencias turbadoras; el lirio albo y débil se había trocado en la orquídea arrobadora; y aquél cuerpo delicado y frágil como el de un ángel era el de una estatua del renacimiento griego. Llena de vida, rebosaba en ella el resplandor de la belleza. Y sin dejar aún aquella su corola núbil de lis blanco, de crisálida inmaculada, de visión mística y de cristal fúlgido, tenía ya aquel equilibrio enigmático que de la esbeltez y la opulencia, el contraste de la línea irídica del ónix con la cegadora ondulación de la bayadera. Deslumbrante, seductora y atractiva era un poema; armoniosa y melódica era un himno de la belleza ensoñadora y sortílega era como una plegaria o jaculatoria a la omnipotencia que le hiciera sublime. Y así con la humildad de una flor y la pompa exultante de la mujer dulce y arrogante que se habría paso en ella, María Josefa era adorable. Tenía la gama de la armonía plástica del trópico y la pureza intangible e infinitamente deliciosa de la primavera; en sus formas había el ritmo alado de las flores como el grave y gracioso del laurel y de las palmas. Era a la vez la imagen aérea de la virgen como la eburnea magnificencia de la mujer de los veinte años. En su voz había trinos celestiales y extraños gorgeos de ansiedad.

Este portento no estaba al alcance de Carlos Gustavo. Los separaba un abismo. María Josefa no se preocupó del caso, pero Carlos Gustavo no se resignó. Estaban de por medio su ambición y su amor propio.