SERENATA TRAGICA

Procedentes de Tayabamba y con destino a la costa hicieron escala en Puruhay los hermanos Rivera En uno de los tambos se informaron del portento que enorgullecía al villorrio y haciendo de sus habilidades quisieron probar fortuna. Al llegar al pie de los muros de la casa de María Josefa advirtieron que otros trovadores se les habían adelantado. La emotiva de los hermano Rivera trató de desalojar a los juglares y éstos opusieron resistencia. En esta refriega murió uno de los Rivera. Ya en otras ocasiones estas serenatas habían dejado saldos trágicos. Y cada vez que esto ocurría Carlos Gustavo no perdía la ocasión para recordar a don José y el cumplimiento de su palabra.

En verdad María Josefa tenía el villorrio y a los pueblos vecinos sumido en el terror. Se peleaban por ella. El escándalo tenía resonancias de protesta y no se concebía por qué no se daba término a ello con un casamiento decoroso. Y el descontento y amenazaba estallar.

Intervino don José ante su hija y luego de platicar sobre la conveniencia de evitar el alboroto que causaba su hermosura le comunicó su resolución de casarla con Carlos Gustavo. La fecha la fijarían con su padrino don José Rodríguez. María Josefa no protestó no hizo observación alguna. Escuchó absorta el encarecimiento de su padre. Y pensó para sí que había llegado la ocasión de abandonar el Purhauy por eso no protestó de la decisión paterna. A don José le contristo la humilde sumisión de su hija. Consideró haberla sacrificado y lloró con ella el infortunio del destino, lloraron la soledad de sus vidas, lloraron a la madre muerte, lloraron como se llora ante la fatalidad. Se repararon llevando cada uno el aguijón de un presentimiento lúgubre.

En la casa de Carlos Gustavo se celebró la noticia de su próxima boda. Con las puertas abiertas al público, la fiesta acabó en una orgía descomunal. En toda la noche se bailó y bebió y al amanecer la peonada ebria y las mujeres sacadas de las tabernas del campamento yacían desperdigados en los corredores de la casa. Fue una bacanal abominable. El alcohol corrió a raudales. La música de una banda popular y el estrépito de a cohetería china alborotó a las parejas y los aventó a las más bajas licencias. La lujuria y la concupiscencia se desenfrenó y menudearon refriegas para la merced de las favoritas.

Aquella fiesta tuvo resonancias de celebridad. Los rufos y malevos no se lucieron jamás como en aquella noche y las vacantes no postraron más galanes que en aquella batalla. Se magnificó la hazaña. Los comentarios de la camaradería ensalzaron el escándalo y la vergüenza que infringió a la moral.

De aquella verbena por mucho tiempo se recordó una escena lúbrica protagonizada por la "Bella Margarita" cuarentona ésta que conducía una dulcería donde vendía alfeñiques, tornas y otras menudencias de ese renglón y que además arreglaba un té y café para alguna que otra pareja. Está Margarita había sido un portento de hermosura. Para entonces, separada ya de su esposo y renegando de sus amantes se había instalado por su cuenta. Su remunerado negocio era próspero y sus dotes no había decaído. La caballería gris llena de ondulaciones remataba en rizos. Amplia la frente y las cejas finas. En los ojos habían misturas de luz que centelleaban; en su cara un carmín de amapolas y en sus labios carnosos un bermellón de ambrosías daban a presentir el fuego interno que ardían en ella. El busto era espléndido: los senos parecieran más que copos de magnolias dos torcaces en ansiedad sedienta. Los brazos y las piernas fuertes y torneadas. Tenía el lustre y la flexibilidad del junco. Pero lo que desemboca a fantasía eran aquellas caderas de bronce y mármol. Marfilena aquellas caderas crepitaban potencias y relucían sensualidad. En el andar el ritmo del compás se habían frenéticas y quietas eran un tesoro escultural. Se voceaba proezas de aquéllas caderas se decía que crujían como un torno o que descoyuntaban como un ciclón. Aquellas caderas eran legendarias. Temidas por unos y codiciados por otros.

Aquella noche la "Bella Margarita" se dio por invitada a la fiesta. Le asistía el derecho de ser la última de las amantes del dueño de casa. Carlos Gustavo que la había omitido se alarmó al verla en la reunión y alternar con placer con los más destacados joyones de la juerga la bayadera. Se dio el gusto de exasperar los celos del histrión, bailaba con fruición y lascivia como abandonada en los brazos de la pareja. Alguna que otra vez salía del salón con uno u otro galán por delante de Carlos Gustavo, desgravando sonrisas y lisuras hasta que esto no pudo más y cayó en la provocación. Al amanecer se supo que la "Bella Margarita" había desgonzado al truhán. Se habla vengado. Carlos Gustavo, el sátiro de la encanada, no volvería más a ser el chantacler de las parrandas.