UNA TRANSICION EMOCIONAL

La plácida y sencilla inocencia de María Josefa se complicaba con el espejismo de una visión irresistible. Las emociones y sentimientos que le sobrevenían eran la revelación de un cambio en su existencia. Aquellos sus ojos de niña que admiraran la belleza de la flor por su tersura y color, ahora e embargaba por su significación simbólica. La melodía del canto del ruiseñor o de la alondra que otrora le alucinara por su sola dulce armonía, ahora le seducía por la fuerza de melancolía y reclamo de que están poseídos, y, la compañía de las amistades que antes le era natural e indiferente, ahora le inquietaba con temor y curiosidad; la misma religión a la que antes se hubiera entregado con inocencia, ahora acudía a ella para confiarle sus cuitas y pedir su intersección bienhechora y se entregaba con embriaguez a la pompa del culto, al fausto de la pedrería y del oro de los ornamentos. Sus miradas con qué efusión seguían la evolución de las volutas de los humos de los incensarios que se perdían en la hermosura y opulencia de os altares barrocos. Escuchaba con arrobamiento las voces del coro y e tono de angustia de la melodía le llegaba al alma como un fluido enervante, le transportaba a edenes paradisiacos, le hacia soñar y fantasear plácidamente.

Aquella música religiosa ya no le contristaba ni hacía aflorar los lises místicos de sus jardines interiores, por el contrario había en ella tal sortilegio de tonos, tal refinada vehemencia que hacia estremecer su ser en extrañas sensaciones de felicidad. Ella misma parecía haber cambiando con claridad cuan distante estaba de su niñez. Aquel capullo clorático de otrora que hubiera crecido bajo las arcadas silenciosas de aquel cuerpo incierto y tímido bajo el uniforme blanco de colegiala, aquellos sus ojos grandes y nostálgicos obligados a no alzarlos; aquellas sus manitas albas y hostiales siempre enguantadas y aquella su linda cara con el pudor y estupor de las caras de las novicias la parecía extraña. No lo podía reconocer. Aquella vestal infantil que era el ídolo de Sor Natividad, de quien recibiera el calor de la más acendrada ternura y a la que la hermana Alejandrina había perseguido para colmarla sus caricias histéricas, era una figura casi mítica que se perdía en la penumbra y se difuminaba como un celaje en el horizonte lejano. Sin embargo aquella visión e hacía temblar; envidiaba la serenidad angelical de aquella colegiala, la sencillez afelpada del alma, sus emociones y sentimientos especulares, sin manchas y sin complicaciones.

Extrañaba con ternura profunda aquella desaparición de su niñez considerando perdida sus tesoros juveniles, su inocencia virginal y su rubor de azucena. Aquella núbil colegiala que otrora representara los cuadros vivos de los autos sacramentos y que en verdad fuera un ángel emergiendo de una nube de lirios había sido el ídolo de la Comunidad Religiosa, el cordero Pascual de Paloma Eucarística y la visión seráfica que los arrobaba. En el escenario el canto o la declamación tenía tono angelicales y místicos y la voz cristalina e inmaculada había salido de los labios como una bandada de palomas o como una lluvia de jazmines. Esa voz angelical que recitara.

Pastores, los que pierdes
allá por las majadas al otero,
si o ventura vieroles
aquel que yo más quiero,
decidle que adolezco, peno y muero.
Oh bosques y espesuras,
plantadas por manos del amado
oh, prado de verduras,
de flores esmaltado,
decid si por vosotras ha pasado
(Esposa)

Aquella voz de su niñez era en verdad espiritual, desprendía al alma y la elevaba. Para la colegiala el sentido de aquellas estrofas de don Juan de la Cruz había sido el sentido espiritual místico, el clamor solitario de un alma amante, la ansiedad serática de la prometida del Señor y la maravillosa fantasía de la inocencia.

Ahora aquellos mismos versos tenían otro sentido y resonaban de otro modo. Aquella beatitud de las ideas se desquiciaba, se resquebrajaba y cedía a la tentación del mundo, aquellas palabras restallaban de euforia, eran ascuas que quemaban sus lirios y turgian su ser. El éxtasis místico a que otrora aquellos versos le conducían hoy esos mismos versos le llevaban a paroxismo y arrobamiento. Aquel amor seráfico de la colegiala que era solo una suave y lilial y cándida ternura del alma era ahora una vaga inquietud, un ardor abrazador del corazón. Y mientras la colegiala se presentaba a la evocación como una imagen tímida y celestial ahora su persona surgía como una imagen apasionada y poética.

Se encontraba ante la revelación de un nuevo mundo y donde la vida empieza en ese descubrimiento. Y como se llora al nacer María Josefa lloraba por eso, por el terror de lo desconocido, y sobre todo por la pérdida de aquella imagen de la colegiala. Y en su llanto había el dolor de los seres queridos que se nos van y el desconcierto que sobrecoge el cambio de vida. Nostalgia y esperanza eran los elementos de su aflicción. Y cuantas veces la memoria le traía el recuerdo de su niñez el llanto se prodigaba a raudales.

De estas confrontaciones emocionales María Josefa emergía como iluminada de candor y de ilusión. Y el recuerdo de la persona de Eusebio, de su ausencia y muerte fueron vivencias que le transportaban a otros mundos. Podía distinguir. Ahora la diferencia entre la sencilla simpatía y el afecto y entre el simple afecto y el cariño. Así supo que el amor era la obra maestra de al creación y que era más bello que el arte.

La melodía de una risa enamorada tenía más valor que todas las creaciones orquestase de los genios y que el arrebolo de una mirada amante tiene el maravilloso encanto que el mejor maestros no podría reproducir. Una frase o una palabra emitida por una persona enamorada es más elocuente y más sublime que todas las composiciones poéticas. Es que el amor es la primavera que renueva el ritmo de la vida y las alas con que la fantasía se remonta al cielo.

No es que hubiera amado, ni que Eusebio hubiera sido la persona amada en nada habían entrado ni entraban los sentidos no. Ella no había en realidad sino soñado amar. Y Eusebio no era sino la voz que la despertaba o la mano que la conducía, pero una voz y una mano querida. Por eso Eusebio se le presentaba como una providencia. Muerto Eusebio llevaba en el alma la imagen poética del amigo y su evocación mantenía en ella tal estado de embriaguez espiritual que era un tesoro de felicidad para ella.

Tenía dos recuerdos de Eusebio. Sus cartas y las palomas mensajeras que hubiera llevado consigo a la selva. Para ello aquellas cosas tenían mucho de sagradas. Con que fruición releía las cartas y con que cariño besaba a las palomas que hubiera recibido la caricia de Eusebio. Los besaba y los arrullaba. Con ellas recorría los lugares preferidos y con ellas regresaba a su casa a esconder el cadáver de sus ilusiones.

El huerto en el que con Eusebio acudiera diariamente a vigilar los Almácigos resultó como un santuario para ella. La parcela en que crecía aquellas plantas fue cubierta con matas de violetas y cercado de rosales. La cabañita de cañas que hubieran levantado bajo la sombra de un jacarandá estaba cubierto por madre selvas. En ese huerto y en esa cabaña se refugiaba María Josefa a llorar su desgracia. Sola y alejada del rumor del villorrio, con su pena dentro del corazón y del alma sentía la inmensidad de la soledad y de abandono. Su propia desgracia parecía agradarse allí y cobrar un halo de santidad, e insensiblemente el llanto asomaba a sus ojos y de su pecho emergía entrecortados lamentos. Cuando este llanto no calmaba su pena y más bien la desesperaba y confundía sus palomas que casi siempre iban posadas en sus hombros también lloraban Sultán también emitía sus más lúgubres aullidos. Entonces María Josefa parecía despertar como de un arrobo y se daba cuenta que mientras Sultán le lamía las manos las palomas recogían en sus picos las lágrimas que bajaban por sus mejillas. Así recobrada la calma y como si con su llanto hubiera mitigado sus penas se serenaba y llena de un fulgor angelical regresaba a su casa.

Aquellas visitas diarias al huerto eran como la plegaria cotidiana de aquél ser angelical. Las veces que no le acometía el llanto y se ocupara en leer y tejer escondida en la cabaña sentía un leve rumor de llanto que a instantes crecía y amenazaba estallar en tormenta. Eran el río en el céfiro. El río que el presentía a lejos y el céfiro que le envolvía en sus cautas melodías. Entonces María Josefa se acercaba a la corriente y hendía en el céfiro su silueta para aplacar aquellas tribulaciones.

Al frente del Puruhauy tenía a la vista los abruptos pendientes del ribazo por donde se había alejado Eusebio. Aquellas cumbres escarpadas con sus laberintos de moles y cerros, con su fragosa y ceñuda soledad eran una barrera infranqueable a su vista. Por ahí Eusebio había ingresado a la selva tenebrosa para no volver. En realidad ella no había amado a Eusebio. A su lado sólo había presentido la felicidad. Después de la trágica desaparición las misivas de Eusebio y las confidencias a don Hermengildo llanto hicieron aflorar su gran amor pasión. Eusebio la había amado pero ella ahora amaba a un...

Cuando alternara en el Puruhuay Eusebio jamás la había cortejado el científico dejaba su tono doctoral y su conversación con ella era sencilla y su tono humilde. Para ella aquellas palabras tenía la claridad del sol del villorrio, el aroma de los frutales y el perfume de las flores. Tan grande naturalidad la parecía una antigua y familiar melodía. De estos paseos María Josefa se retiraba como envuelta en la fragancia del amigo.

Cuan diferentes eran las maneras de ahora de los pretendientes que se le acercaban los unos le ofrecían su fortuna y las maravillas de una vida deslumbrante; los otros, sus títulos de nobleza y el fausto de su grandeza social, ninguna le ofrecía sus corazón o su alma. Los bardos y bohemio leudaban sus dotes y la alabanza exagerada le desfiguraba.

Así supo que era bella y que era codiciada, que nos la admiraban y que otros la apetecían. Pero esta belleza que no había sido holada debería ser devuelta a hacedor. Para nada le servía en el mundo. Muerto Eusebio no había para qué guardar su belleza, no para que alternar en el mundo. Sería profanar la memoria querida.

Después de algunos días de sosiego se había decidido hacer "penitencia" en el "quinquenio" próximo de la virgen. Cumplida su promesa y respuesta de los rigores de aquella dura prueba se entrega por entero a la religión.

En esta época de su vida su belleza cobró un esplendor más adorable y la iglesia se vio a remozar con encanto angélico de María Josefa. Su voz de contraído hacia estremecer. Sus recuerdos vocales que tenía tonalidades barrocas eran como abalorios de un salterio, como perlas de una torva. Más que canto era una plegaria musical.

La partitura gregoriana se había enriquecido con la expresión y con la gracia de la virgen. La belleza de María Josefa se transformaba en melodía. Su voz era como una escalada adulzurada que elevaba a las almas hacia el infinito. La ansiedad musical magnificaba al pecho abúrneo y por el cuelo de ámbar y azucena subía el canto como alondras eucarísticos. En los labios ardientes restallaba la voz como una música de ósculos y en los ojos se entornaban visiones edénicas y cielos especulares. Y sus manos, aquellas palomas albas y gráciles clamaban, se revolvían, eran como una lluvia de pétalos que urgieran el ritmo.

Sus dedos como estambres de lirios se convulsionaban en la pasión musical y su cuerpo inspirado era como una lira o como la cuerda inconsútil de un violín. El rostro alto echado atrás en el arrebato místico tenía expresiones inefables y la cabellera caía de la cabeza como un reflejo de brillantes; era otro arpegio musical. Y el canto angélico se hacia sortilegio para acabar en el éxtasis. Agotadas las canciones del devocionario María Josefa las completaba con arpegios originales.

María Josefa la religión hizo de su belleza y lozanía una flor arrobadora. Su dulzura y modestia aumentó la beligerancia de los galanes de la región y la tranquilidad del hogar se vio amenazada; pretendientes asediaban a Asunción o se apostaban al pie de los muros de su casa en las noches de serenata. Su padre íntegro al cumplimiento de su palabra no cedió y a María Josefa no le llegaba el clamor de sus admiradores. Se había refugiado en la religión, oraciones, ayunos y abstinencias hicieron de ella más una visión seráfica que una persona humana.