LA SOMBRA DE UN RECUERDO

Señor:
Desde este otero
o este abismo,
veo el cielo tan lejos
y siento que mis alas
son muy cortas.

El cielo se esfuma
en conos invisibles
y los días cortos
están acosados
por las sombras
y las noches.

El sol aquí
es más como fuego
que como luz.
Vivimos en las penumbras
y con los fantasmas
que pueblan estas quebradas.

Y apenas nace la flor
ya está agostada.
Y la ilusión aquí
no es más que
una alborada del engaño.

La vida en estas es anfractuosidades
es un contrasentido:
apenas se adelanta un paso
cuando el otro ya está en el vacío.

Señor:
Yo estoy extraviada
en la sábana o en la maraña
El espejismo de luz
que encontré en mi camino
se ha apagado o extinguido.

Y yo que no ambicioné nada
y que nada había pedido
lo he perdido todo.
Al menos señor ahora
mi Angel de la Guardia
si no me da
no me quite
este recuerdo
que es mi último tesoro.

Siquiera mi corazón guarde la memoria
y no me atormente el recuerdo de un olvido.
Qué sería de mí si hubiera de perder
las últimas huellas
del rastro añorado?.
La misma muerte no estaría satisfecha
si yo muriera descarnada
y amnésica.

Dejaba la sombra de aquel recuerdo;
yo ya no tengo casi nada,
y yerta o enloquecida
calzarían mis sienes una corona de espinas,
mis plantas serían magulladas
por las piedras del calvario
y la cruz llegaría mis hombros
si tú me lo quitaras.

Y en esta noche tachonada de estrellas
y en que el río de beber nostalgias
y yo estoy transida
quisiera evocar.
Y al conjuro del recuerdo
me llegara la cuada de su imagen
como una lilial penumbra.
Y aquella caída
y mi sombra estremecida
se fundieron
en una sola,
en una sola
tenue
y halada
imagen.

 

Para entonces don Asunción se había recuperado por completo y al volver a tomar en sus manos el giro de sus negocios María Josefa tenía la libertad de poder pasearse.

Pasaba así algunos días en Quichea en casa de unos familiares de su madre, otras veces en Uchus en casa de don Silvestre Flores donde podía departir con su hijas la intimidad de sus juventud. Para esta época María Josefa entraba a la plenitud de su belleza con tal esplendor que fascinaba.

Frente esta extraordinaria mujer había que admirar lo maravilloso de esta beldad y pensar en el primer de lo sublime. Ingenua como una flor no fue egoísta y con un desprendimiento absoluto no ocultó su hermosura, la llevaba al natural y sin malicia. Jamás le asaltó la idea de provocar la ovación y el aplauso. A su paso las cosas se bañaban de ilusión y el ambiente se saturaba del perfume de su juventud bondadosa por impulso natural sus ojos lindos miraban con cariño. La gente le veneraba, era la divinidad del lugar. Alguno que otro varón prorrumpía en lisonjas, pero la hierática inocencia de la virgen refrenaba sus ímpetus, se contentaban con presentarle su pleitesía, y, acaso les fuera más placentero este porte que romper el encantamiento que les hacía felices.

María Josefa era la virgen radiante, la figuración más excelsa de la divinidad angelical. Ella misma sentía la placidez de sus formas. Lo dejaba al natural y su atuendo llano daba a relucir y presentir su grácil euritmia. De no ser honesta y generosa se habría amado así misma. El espejo de las aguas le revelaba sus encantos, la admiración y la alabanza de la gente le hacia pensar en lo maravilloso de la beldad.

Pero en Carlos Gustavo se operaba un fenómeno morboso. El rechazado de María Josefa le exasperó impotente para superar su infortunio no pudo reprimir sus impulsos. Nefario, caliginoso y lascivo, la lujuria se desbordaba en él; sumergido a una crápula permanente había debilitado su cuerpo pero excitado su voluptuosidad. Una llama sádica quemaba sus carnes y se abrazaba al cuello haciendo jadear su sensualidad de saurio selvático. Este bastardo, ante el apogeo de la belleza de María Josefa volvió otra vez sus miradas de chacal sobre ella. Un vendaval de lascivia le envolvía como un torbellino y le tenía como maniático. Su bajeza moral le tenía sumido como en una crónica fibra erótica, donde un espejismo de lubricidad le tenía en imaginarias molicies. Desde ahí, de ese estado de insomnio o escalofrío delirante pretendía profanar la aureola de castidad de la virgen. Desde luego que para ello hubo de cambiar de táctica. Se alejó del circulo que rodeaba a María Josefa y no volvió acercarse ante ella. En la esfera de sus relaciones se hizo mesurado y después circunspecto.

No volvió a vérsele en la francachelas de las pulperías de campamento.

Pasaba por regenerado. Así logró conquistar la confianza de don Asunción en cuyo establecimiento comercial acabó de concentrar los "socorros" de la peonada.

La misma María Josefa no le tenía aversión. Se mostraba indiferente con él y la hartaba esa distancia, para no preocuparle y darle a entender su resolución inquebrantable de no permitirle mayor acercamiento.