|
LA SOMBRA DE UN RECUERDO Señor: El cielo se esfuma El sol aquí Y apenas nace la flor La vida en estas es anfractuosidades Señor: Y yo que no ambicioné nada Siquiera mi corazón guarde la memoria Dejaba la sombra de aquel recuerdo; Y en esta noche tachonada de estrellas Para entonces don Asunción se había recuperado por completo y al volver a tomar en sus manos el giro de sus negocios María Josefa tenía la libertad de poder pasearse. Pasaba así algunos días en Quichea en casa de unos familiares de su madre, otras veces en Uchus en casa de don Silvestre Flores donde podía departir con su hijas la intimidad de sus juventud. Para esta época María Josefa entraba a la plenitud de su belleza con tal esplendor que fascinaba. Frente esta extraordinaria mujer había que admirar lo maravilloso de esta beldad y pensar en el primer de lo sublime. Ingenua como una flor no fue egoísta y con un desprendimiento absoluto no ocultó su hermosura, la llevaba al natural y sin malicia. Jamás le asaltó la idea de provocar la ovación y el aplauso. A su paso las cosas se bañaban de ilusión y el ambiente se saturaba del perfume de su juventud bondadosa por impulso natural sus ojos lindos miraban con cariño. La gente le veneraba, era la divinidad del lugar. Alguno que otro varón prorrumpía en lisonjas, pero la hierática inocencia de la virgen refrenaba sus ímpetus, se contentaban con presentarle su pleitesía, y, acaso les fuera más placentero este porte que romper el encantamiento que les hacía felices. María Josefa era la virgen radiante, la figuración más excelsa de la divinidad angelical. Ella misma sentía la placidez de sus formas. Lo dejaba al natural y su atuendo llano daba a relucir y presentir su grácil euritmia. De no ser honesta y generosa se habría amado así misma. El espejo de las aguas le revelaba sus encantos, la admiración y la alabanza de la gente le hacia pensar en lo maravilloso de la beldad. Pero en Carlos Gustavo se operaba un fenómeno morboso. El rechazado de María Josefa le exasperó impotente para superar su infortunio no pudo reprimir sus impulsos. Nefario, caliginoso y lascivo, la lujuria se desbordaba en él; sumergido a una crápula permanente había debilitado su cuerpo pero excitado su voluptuosidad. Una llama sádica quemaba sus carnes y se abrazaba al cuello haciendo jadear su sensualidad de saurio selvático. Este bastardo, ante el apogeo de la belleza de María Josefa volvió otra vez sus miradas de chacal sobre ella. Un vendaval de lascivia le envolvía como un torbellino y le tenía como maniático. Su bajeza moral le tenía sumido como en una crónica fibra erótica, donde un espejismo de lubricidad le tenía en imaginarias molicies. Desde ahí, de ese estado de insomnio o escalofrío delirante pretendía profanar la aureola de castidad de la virgen. Desde luego que para ello hubo de cambiar de táctica. Se alejó del circulo que rodeaba a María Josefa y no volvió acercarse ante ella. En la esfera de sus relaciones se hizo mesurado y después circunspecto. No volvió a vérsele en la francachelas de las pulperías de campamento. Pasaba por regenerado. Así logró conquistar la confianza de don Asunción en cuyo establecimiento comercial acabó de concentrar los "socorros" de la peonada. La misma María Josefa no le tenía aversión. Se mostraba indiferente con él y la hartaba esa distancia, para no preocuparle y darle a entender su resolución inquebrantable de no permitirle mayor acercamiento. |