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LAS TRIBULACIONES DE MARÍA JOSEFA La noticia de la muerte de Eusebio llenó de consternación a María Josefa. Sintió que algo se derrumba en ella. Se replegó a sus quehaceres llevando encima un cielo nublado y cuidando de no analizar o profundizar su estupor. Aquella desgracia hizo aflorar en ella tesoros de ternura. Gustó de la oración sus más caras imploraciones. Una melancolía infinita invadía su ser y le cubría como un joyel nostálgico. Sus lágrimas cayeron como un rocío sobre las orquídeas de la montaña. Y se entregó al dolor para apurar aquellas sus notas de tristeza, soledad, angustia y aflicción. Un insensible abandono le sobrevino con algo de inconsciencia, pero que le hacía más grato el sufrir por permitirle la gracia de la evocación. Ese abandono era como una fantasía orquestal que con sus acordes de pena lograban embriagarla y cautivarla. Y sin quererlo le venía a la memoria el recuerdo de las miradas de Eusebio y su fantasía se iluminaba de fanales flor de lisados y se poblada de melodías de oberturas sedantes. Nacida en un solar apacible y en un dije de familia, el paisaje, el clima y la religión contribuyeron hacer de la niña primero un botón de primavera y luego una flor espléndida. La conchucana tiene una belleza nostálgica llena de evocación y añoranza. No es que le falte alegría, sino que por poéticas, su emoción es más humana y angelical. Es una cosa de metafísica y sino. Su ancestro nativo y español le han dado un tinte mate y nácar y una cabellera áurea que orla como caída o que flota como lampos de luz. Sus ojos azules o pardos irradian un tono de ternura infinita y el cuerpo egregio es como un verso o un himno. Escultural, es una sublimación de formas hechizantes; dulce es una mistura de caricias o un filtro de mieles; suave; es un copo de nubes; exótica, es la orquídea que deslumbra o la prurrieta que subyuga. Y María Josefa a los veinte años era una ensoñación; radiante, era un nimbo de auroras o una gavilla de haces de sol; angelical, era un boceto de Murillo o una visión celestial, sutil, era un tibor de perfumes. El pueblo lo adoraba, los necios lo codiciaban y los hidalgos lo veneraban. Nadie aún le había hablado de amor. Ellas misma se habría sorprendido que brotara en su alma otro sentimiento que no fuera el celestial y místico. Diez años de enclaustramiento había hecho de ella una vestal seráfica. Y toda su belleza de lirio y azahar lo había consagrado a su devoción religiosa no tenía nada para el mundo, ni habría para ella más horizontes que los espirituales. Fue Eusebio que descorrió para ella las maravillas de un mundo desconocido, donde otros escenarios, otra música y la fragancia de otras flores le ofrecía su fragancia enervadora, en el canto de la alondra escuchaba la voz transida del reclamo; en la atmósfera el céfitoes daba a sentir el aroma de los capullos y del polen, y la propia luz solar que le envolvía en oro turgía su pecho haciéndola conturbar. Se encontraba en una rara e inusitada transformación y frente un enigma impenetrable. Ante esta misteriosa revelación tembló como se tiembla al nacer o morir. En un examen riguroso de conciencia no se encontró culpable, ni en el pensamiento ni en las obras. Jamás se había apartado de la honestidad y castidad y su propia belleza que fuera siempre ovacionada no le había envanecido no tentado para hacerlo más deslumbrante. Para ella, Eusebio fue un caballero gentil. Hasta aquí el razonamiento de una doncella conmovida por la Epifanía de un nuevo mundo. Sin embargo aquel caballero había sido el verbo de un nuevo mensaje y la esfinge ante el que la virgen se estaba confrontando. Pese al análisis y disección que María Josefa hiciera de sus sentimientos no pudo apartar de sí aquella melancolía que le sobreviniera por la desaparición de Eusebio. Melancolía a la que estuviera predispuesta desde su nacimiento en el Purhuay, donde el arrullo del río es premonitorio de aflicciones. Y quedé en ella aquella melancolía como el eco inconsútil de una lánguida melodía musical que no habría de cambiar, como no cambia la música sin que cambie el alma. Así, la muerte de Eusebio, que aparentemente no hubiera afectado a María Josefa le sumió en una verdadera tribulación. Inexplicablemente se encontró como recogida en un absoluto aislamiento, dialogando con los niños, con las nubes y las estrellas. En estos contactos logro no solo la sabiduría de la naturaleza sino la apacible serenidad que regala la soledad. Y poco a poco conformó su experiencia con las sorpresas de la vida y templo su alma en los altibajos del destino, llevando insensiblemente de aquella amistad algo así como el halo de una estela o la melodía de una torva lejana. Nadie sospechó que la muerte de Eusebio hubiera afectado a María Josefa; ella misma pensaba así. Y sin afectación alguna atendía sus ocupaciones cotidianas como si nada hubiera pasado. Sin embargo alguna que otra vez le sobre venía una tristeza infinita en la que se sentía desfallecer. Un caudal de lágrimas acudía a sus ojos y su llanto silencioso era como un rocío que le refrescaba o como una plegaria que le calmaba. Cuantas veces le sobrevenía esta angustia prefería sufrirla en el río. En una canoa solfa navegar a la deriva y dar rienda suelta a sus lágrimas. Y la pena y la desolación de la virgen conmovía al río y le hacia emitir notas aflictivas. Y este dúo dolorido era una melodía apocalíptica que convulsionaba de tristeza a la comarca. Estas escenas en vez de calmar renovaban su dolor por que la evocación recrudecía su amargura. Y el gran río como el fiel confidente de María Josefa le ofrecía sus ondas de esmeralda y las melodías de sus sonatas más íntimas para disipar su desolación. Aquella doncella que no había conocido la dicha del amor conocía todas las gamas del sufrimiento, desde la punzada y el escozor hasta el suplicio y el tormento. Postrada y contristada por el dolor María Josefa no se revelaba no lo desechaba. Por el contrario lo consideraba como un tierno idilio, como el primer poema de su vida que le daba fuerza para vivir en su tristeza como arrobada en un delirio inefable. Pero muerto Eusebio si no debiera recordarle como se le aconsejara su confesor, sin quererlo parecía estar bajo el influjo de la evocación. Así aparece cuarteadas que bajo el título de una sombra de un recuerdo insertamos a continuación, sin más arreglos que algunos retoques al estilo. |