DON HERMENEGILDO LLANTO

En la tarde del día en que fuera herido Eusebio llegaba al Purhuay la última paloma sin llevar consigo recado alguno. María Josefa tuvo el presentimiento de que hubiera ocurrido alguna desgracia. Quince días después don Hermenegildo Llanto se presentaba a la casa de Don Asunción para darle la noticia de que Eusebio había dejado de existir. Y con María Josefa tuvo una entrevista especial, en la que hubo de referirse todo los pormenores de los últimos instantes de la vida del sabio. Fue así como María Josefa se enteró de que Eusebio en el trance de su muerte le había reclamado e invocado y que sus expresiones postreras habían sido de adoración para ella.

Eusebio había hecho donación de sus pertenencias a don Hermenegildo y le había encargado velar por María Josefa. De aquí que éste por gratitud y por consecuencia amistosa no dejaba de asistir a la casa de María Josefa cada vez que la oportunidad le brindaba la ocasión de ir a Parhuay.

Don Hermenegildo Llanto era un hombre corpulento. Dueño de un feudo a inmediaciones del Purhuay se había dedicado a la cría de ganado vacuno y caballar. Podía desjarretar un toro o domar al potro más salvaje. Sus fuerzas eran Hércules. Sus manos curtidas y amplias unían las nervaduras del molle o del rudo bloque, aquellas manos eran una bendición para unos y una amenaza para otros.

Aún cuando no se jactaba de su fortaleza en la comarcas vecinas sabía que llegaba la oportunidad, podía sus puños encender chispas en las más duras quijadas.

A la muerte de Eusebio surgió en el Purhuay el tumor de que Carlos Gustavo pretendía a María Josefa. Mientras aquella noticia no fuera más que un tumor no le afecto mayormente.

Pues, depositario como era del secreto de su amigo se creyó la verdad. Que su padre, sin consultarla había aceptado la pretensión de Carlos Gustavo, pero que ella estaba resuelta a rechazarlo y ponerse a aquella ambición. Don Hermenegildo escuchó con toda seguridad de anteponer su influencia de Carlos Gustavo para que éste renunciara su absurda pretensión.

Pocos días después se le presentaba a don Hermenegildo la ocasión de departir con Carlos Gustavo se encontraron en Uchos. Don Hermenegildo se fue al grano. Le manifestó que venía buscando para lograr amistosamente que retirara el pedido de matrimonio que había formulado ante don Asunción, porque consideraba un abuso presionar a un Hidalgo para que cumpla con su palabra de caballero. Sostuvo el derecho de intervenir en aquellos asuntos por la veneración que tenía al padre y a la hija y porque como amigo no permitiría semejante atropello. Carlos Gustavo pretendió protestar pero tan pronto vio que don Hermenegildo se enfurecía y se crispaba sus puños se asustó y se comprometió no molesta a María Josefa.

Esa noche Carlos Gustavo se mostró magnánimo en la cantina. Y en la idea de que don Hermenegildo ya estuviera mareado dio el aviso de que la balsa les esperaba para cruzar el río. Los seis amigos se embarcaron y los balseros arrancaron. En medio de la corriente se dio la alarma de una palizada y saltaron todos precipitadamente al nado. Al primera brazada advirtió don Hermenegildo que un cordel le tenía enlazado el cuello y que le sujetaba la balsa que corría a la deriva; entonces se le ocurrió asirse de la balsa y una vez en ella se quito el lazo y enrrumbó a la orilla. Mientras que Carlos Gustavo había desaparecido el resto de los amigos le esperaban en la playa. Don Hermenegildo se acordó que en la travesía del río un brazo de Carlos Gustavo iba apoyado en su hombro y sospecho que éste le había enlazado en la esperanza de librarse de sus amenazas.

Tres meses después se supo que Carlos Gustavo se hallaba en el campamento de las minas de "Huaman" y don Hermenegildo no tardó en ubicarlo. Una noche en que Carlos Gustavo departiera con dos copetimesas en una cantina, don Hermenegildo se le acercó. Nadie se sorprendió de la presencia de este personaje, estaban tan acostumbrados a ver tipos de toda clase, que les fue indiferente para todos la presencia de don Hermenegildo.

Sólo Carlos Gustavo se quedó lívido y anonadado y las dos copetineras presintiendo una bronca se pusieron a salvo. Solos, al centro de la cantina eran objeto de la curiosidad de los contertulios. Para apresurar el desenlace don Hermenegildo se sentó al frente de Carlos Gustavo y pidió jerez para todos.

Una salva de aplausos se escuchó en la cantina. Luego de pie don Hermenegildo les manifestó que hacía más de tres meses que buscaba al malevo y les refirió la escena de la balsa. No estaba ahí para vengarse, sólo quería darle a Carlos Gustavo una lección de hombría y mostrar a la gente al personaje aleve que tenían a la vista. Y de un manotazo hundió las tablas de la mesa en ella que se hallaba Carlos Gustavo. La consternación del público fue desconcertante y mucho más cuando vieron que de los pelos ponía en pie al cobarde.

Carlos Gustavo era conocido en todos los campamentos mineros de esa zona como hombre ducho en truhanerías y matonadas y se extrañaban de que en esta ocasión se mostrara ridículo y humillado. Se dobló de rodillas e imploró perdón en la forma más vergonzosa. Don Hermenegildo Llanto sintió repugnancia ante a depravación de esta alimaña. Sabía o acaso intuía que la bajeza del zafio no fuera más que un ardid, por lo que tomándolo de la cintura lo arrojo por una ventana como a un cesto de basura. En el pesebre los puercos hambrientos se lanzaron sobre él.

Carlos Gustavo. Desgarrado las ropas, herido y aterrorizado hubo de huir despavorido. No se le volvió a ver más por esas comarcas.