LA SELVA

Don Hermenegildo Llanto, un hábil y horado agricultor del Purhuay logró expeditar el viaje del científico. Con ocho mulos de carga y dos peones de ayudantes el año 1786 emprendieron la partida. El primer día atravesaron Islan, pasaron por Taurija y se aposentaron en Urpay. Al siguiente día se dirigieron a Tayabamba donde llegaron después de dos días de jornada. En el trayecto el científico se interesó en el estudio de un canal de irrigación que servía a la andenería de Huarauya. A la cabecera de esta andenería descubrió una enorme piedra con petroglifos. Tres días después y pasando por la cumbre de Huajay Irea ahora denominado el Calvario ingresaron a Shupunko (Crisnejillas) - Aquí dieron descanso a la peara y dos días después pasando por Aira y Tampuc - ahora La Palma y Bellavista - acamparon en las orillas del Huallaga. Deslumbrado por la grandiosidad de la naturaleza el botánico anotó sus impresiones y escribió una carta a María Josefa despachándola con una de las tres palomas mensajeras con que aquella le hubiera enviado en el Puruhuay.

Dos días después se internaron a la maraña de la selva y asentaron su campamento en las inmediaciones de la tribu de los Chushucones. La cordialidad de los moradores y la excelencia del lugar les permitió hacer el centro de sus actividades. Desde ahí incursionaron a otros parajes que los guías conocían. Cuzsh era una población rústica asentado al rededor de las faldas de una loma. La cúspide había sido Chushuncon y de sus allegados y servidores. Al pie del cerro, las castañas y coníferas elevaban sus tallos corpulentos a una altura de más de 40 a 60 metros. Como a 10 metros de alto, mas o menos se hallaban terrazas de madera atadas a los árboles, y sobre los cuales les se asentaban pequeñas cabañas. El piso de cañas estaba cubierto con pieles de pumas y sajinos. Y de una terraza a otra se comunicaban con puentes colgantes también tapizados con cuero. Tanto las terrazas como los puentes tenían pasamanos de soga como una población flotante que les permitía vivir sin los rigores de la humedad del suelo y sin el acecho de las fieras. El científico de Hermfnigildo Llanto se instalaron en una de aquellas cabañas flotantes.

Hacía dos meses que el científico estuviera establecido en Cuzch recolectando y seleccionando las plantas y estudiando su conservación y embalsamiento.

Un día se acordó del Puruhuay y envió otra paloma con un mensaje a María Josefa. Aquella carta era una oda a la selva. Por su versión pasaron como en una posición viva animales fantásticos como la boa y la tarántula, fieras como el puma negro y el jaguar; peces raros como el paiche, el zungaro, achacubo y el carachama; caimanes y lagartos maravillosos; zachavacas, sajinos, huanganas, ronzocos monos blancos y tortugas originales; garzas reales, perdices azuladas, guacamayos y cayumberos exóticos; mariposas inverosímiles. Todas una fauna rara no clasificada aún. En cuanto a la flora de una variedad infinita, estaban allí el caucho, la shiringa, la balata, la gutapercha y aquel látex de la catahuma del que los salvajes hacen el " curaje ", veneno que usan en sus flechas. Los lianes y bejucos hacían la maraña de la selva, prodigiosos por lo duro, flexibles y largos y sobre todo raros como las fibras del humbo y chambirá que tienen la resistencia del acero y que se le denomina alambre vegetal. Maderas asombrosas como el "Shihuahuaco", más duro que el hierro; maderas hermosas como el palo de sangre, el palo santo, el palo de bálsamo; maderas como el "tahuan" y la "itahuba" que se enduran en el agua; ramas como el "cético" que cuando se frota produce fuego; chontas, ceibos y bombonajes de la palmeras para la industria casera; castañas gigantes, mucha de las cuales pasan de sesenta metros de alto y ofrecen a la industria familiar recursos inagotables.

 

Plantas sutiles llenas de perfume como el "comene" que sirve para la fabricación de explosivos; plantas medicinales como la copaiba, la quinina, las almendras, la cancha y el cedro rojo. Plantas caseras como el palo de balsa, el barbasco, y estupefacientes y alucinógeno como el "ayahuasca". Todo legendario y con una caída de flores maravillosas como las orquídeas y los tulipanes morados.

Los paisajes efusivos crepúsculos grandiosos, aguajes, bajíos y cochas cautivantes; vahos cargados de polen y clorofila, humos en fermentación, linfas llenas de fertilidad y en permanente fecundación. Lluvias torrenciales, tempestades donde el trueno y el rayo siembran el pavor; ríos caudalosos y desbordantes con lechos inestables que son al terror de las poblaciones ribereñas; poblaciones atónitas a merced de los huaicos y aluviones, bohíos álgidos amenazados siempre por los salvajes y las fieras cuando no por los reptiles.

En fin, aquella floresta voluptuosa y sensual hechicera y magnética, donde las flores del ishpingo esparce un perfume inervador y el sol cae sobre los hombros con sus peso de plomo incandescente y se va por los confines en oriflamas de topacio y púrpura dejando una orgía de tonos mágicos para el arrobo de la fantasía.

Floresta llena de vivencias y superstición, de fábula y misterio, de ensueño y poesía, enriquecida por la narración de los viajeros y la literatura selvática; floresta férvida donde no cabe sino el arrojo pugnaz y el romance puro y creador; floresta maravillosa que hace del hombre un ser proteico e idólatra.

Tal la misiva de Eusebio, el ensimismamiento telúrico en que se encontraba y la admiración y el deslumbramiento que te embargaba.

Sin embargo de sus preocupaciones no se olvidaba de María Josefa. A su lado se había sentido como inundado de melodías y le había parecido como que siempre hubiera vivido en tan bella compañía. La hermosura de la amiga con ser extraordinaria no era todo, había en ella un dulce candor en el alma y en el corazón una alborada de primavera. Al lado de ella se estaba como al lado de una flor o de un ángel, se vivía embelesado.

Y en ese estado del espíritu no cabía más sentimiento que la adoración. El amor no había perturbado sus sentidos, de ahí que jamás se le hubiera ocurrido formular una declaración amorosa. Alguna vez le había dicho que en Bilbao, en el oratorio de su casa, su madre veneraba una virgen y que toda la familia lo veneraba también, y que esa virgen se aparecía a ella. No lo había dicho como un cumplido sino como una referencia natural, la misma María Josefa no lo entendió de otra manera. Es posible que desde entonces Eusebio quedara fanatizado y María Josefa maravillada. Ninguno lo advirtió por que esa declaración estaba por encima de toda percepción.

Y ahora en plena selva recapitulaba las escenas del Purhuay y no alcanzaba separar la imagen de María Josefa de la imagen de las flores. Recordaba que cuando se paseaban por el campo tenía la impresión de estar como al lado de una guirnalda de lirios. La distancia y la evocación eran para él como un despertar a la realidad.

La ausencia de aquel ser angelical era un vacío para él, se dio cuenta que no podría vivir sin aquella beldad. Entonces su memoria reconstruyó la imagen querida y lo gravo en la mente y con ayuda de la imaginación edifico un altar para venerarlo ahí.

Idealizada de esa manera aquél ser excelso era la divinidad y la razón del culto angélico y apasionado de Eusebio. Pero todo esto referido en la misiva a María Josefa no era sino como un comentario, como una enviación y una plegaria. En ninguno de los paisajes de la costa se permitió insinuar su pasión y cuido que aquella misiva fuera mas una estampa de la selva y la narración de su estado espiritual una consecuencia de su exaltación.

 

La vida de los salvajes le tenía consternado. Pese a la riqueza de la naturaleza mostraba una pobreza absoluta. No se preocupaban del porvenir. Núcleos estrechados por el parentesco o por la alianza hacían causa común y se defendían de tribus más salvajes o emprendían conquistas para ampliar sus dominios. Las guerras cruentas eran de una ferocidad horripilante, mientras los cuernos y los tambores atronaban el espacio los combatientes se despedazaban. Los generales revestidos de la piel del puma o del otorongo recorrían el campo excitando a sus huestes y los lamentos de los heridos eran acallados con la maza o el garrote.

después de cuatro meses de estadía en la selva emprendía su regreso al Purhuay, cuando una imprevista ventura la frustro. Dos días de jornada y al tramontar una colina advirtieron que dos personas estaban atadas a un madero y al rededor mujeres embriagadas danzaban al son de una música salvaje, tras de ellas una fila de hombres armados también ejecutaban ritmos de baile, mientras que se alistaba una pira de fuego para quemar a las prisioneras. Eusebio ordenó a su gente disparar al aire para esparcir a los indígenas. En efecto a la detonación huyeron despavoridos.

Alguno que otro salvaje disparó su flecha, pero a la segunda detonación no quedó ninguno en la meseta. Cuando desataron a las prisioneras se dieron con la sorpresa de que eran mujeres, una de las cuales vestía con adornos ricos y era bastante bella. Los interpretes manifestaron que la mas bella de las jóvenes era una princesa que había sido raptada por los enemigos de su padre y que el rapto lo habían hecho cuando toda la tribu se hallaba a la caza de un par de otorongos, que en las noches anteriores habían asolado la estancia. El botánico tomó en sus brazos a la princesa y lo puso sobre la frontera de su cabalgadura y emprendieron la bajada rumbo a los dominios del Cacique, padre de la bella Cullcush.

Dos horas de caminata habrían transcurrido cuando de tras de los montes que circundaba el camino un centenar de selvícolas irrumpieron contra la comitiva en forma intempestiva derribando al botánico de un flechazo y apoderándose de la princesa. Era el ejercito del padre de Cullcush que al regresar de la cacería de los otorongos se había informado del rapto. Cullcush de inmediato protestó por el error y consternados del Cacique y sus gente por el equívoco prodigaron todos los recursos que estaban a su alcance para aliviar el daño causado al salvador de la princesa. Trasladada al palacio de Shogocondor, la bella Cullcush no se separó de la cabecera de su salvador y la fiebre del científico se refrescaba con sus lágrimas.

La estancia dispensaba a Eusebio estaba enguirnalelada. No hubo delicadeza que no se le hubiera prodigado. Los conjuros y hasta los sacrificios fueron cumplidos con unción y fe. La misma Cullcush que tuviera una voz dulce y amorosa le cantaba sus más tiernas e íntimas canciones. Tres indios que succionaron la herida de Eusebio murieron pronto y entonces se consideró salvado al científico. Pasado la fiebre el botánico diariamente tenía largos coloquios con don Hermenigildo Llanto y aquellos coloquio eran para evocar a María Josefa, la mayor virginal que le había inspirado la ilusión de amar con pureza y a quien no olvidaba. El recuerdo de aquel ser idolatrado le servía de sustento. Era este recuerdo una panacea para él. Y quería hacer saber al Purhuay el percance del que estaba saliendo lentamente; quería que María Josefa supiera que le tenía presente y que era la divinidad bajo cuyo amparo estaba restableciéndose.

Cullcush cada vez más bella y más engalanada se acercaba al científico para ofrecerle sus atenciones.Sus manos suaves descorrían las vendas de la herida y la curaban con tanta delicadeza que daba la sensación de no hacerlo.

Un día que el científico en agradecimiento de tanta atención, después que las manos de Cullcush hubieran terminado de limpiar su rostro, las tomó en las suyas y las besó. La princesa se arrodilló y tomando las dos manos de Eusebio las colmó y se hecho a llorar de alegría. Al siguiente se sacrificó un venado y Cullcush compartió con Eusebio una vianda preparada con el corazón del siervo. En la tarde la princesa ataviada de odalisca india ejecutó ante Eusebio una danza epitalámica al ritmo de un coro de vestales.

Al otro día sacado Eusebio a una plataforma de madera y ante él desfilaron el ejército y el pueblo en reconociendo del Príncipe Consorte. Eusebio asistió a todas las ceremonias de ese día como un autómata en la creencia de que era en homenaje a su persona por haber salvado la vida de Cullcush.

Aquella escena le deslumbró. Los soldados revestidos de una indumentaria guerrera portaban armas raras y su marcialidad subía de tono en los rictus bélicos que daban a sus rostros; los personajes de la nobleza llevaban distintivos originales y el pueblo vestido de gala entonaba canciones rituales. Luego desfilaron los menestrales y los fámulos portando sus obras maestras o los animales más estimados. Era la expresión de un mundo mágico, donde lo mítico y totémico tenían simbolismos expresivos.

Estas impresiones como el recuerdo constante que tenia de María Josefa habría querido hacer llegar el Purhuay, pero la última paloma mensajera que le quedaba se le había escapado el día en que cayó herido, privándote por consiguiente de ese medio de comunicación.

Por las mañanas el científico leía sus libros y después de almuerzo la estancia era invadida por la princesa y su corte. Ella y otras hermosas doncellas ejecutaban coreógrafas de ballet selvático. Cullcush, luego de despedir a su corte tomaba las manos de Eusebio de rodillas ante su lecho las colmaba de besos.

Y cuando éste se mostraba indiferente la princesa se llenaba de dolor y prorrumpía en llanto. Cullcush se había enamorado de Eusebio con tanta pasión que en su ignorancia del lenguaje quería expresarse con muestras materiales de afecto. El científico comprendió la pasión de Cullcush y la tuvo pena. Ya estaba enterado de que se le había dado como a novia y que sino se casaba había de ser enterrada viva. Indudablemente que el presentimiento de algo insólito daba a la princesa tan tono de melancolía que unido a la influencia mágica de la selva hacía de ella una mujer nostálgica.

Cullcush era lilial, como un estambre de orquídea era exótica, era dulce como un enjambre, era hermosa como arrobal de la aurora; la faz de ángel, los ojos ensoñadores, el cuello de ave sobre hombros de avellana, el tórax como una ensoñación sobre el que los senos apenas en esbozo se erectaban hacia arriba; la cintura como el de una baja y bien torneadas las extremidades era más para el arte que para el amor. Un vestido de mallas en el que se habían recamado una variedad de bellísimas mariposas le daba a Cullcush una majestad de diosa. Sus otros vestidos eran también riquísimos, llenos de oro, de turquesas y de plumas raras.

Eusebio parecía perder su vigor. Sus memorias no avanzaban por que perdía el aliento. Don Hermenegildo se empeñaba en recomendarle descanso. Poco a poco aquella fortaleza iba decayendo. Volvió a sobre venirle la fiebre y Cullcush no se apartaba de su lecho ni en el día ni en la noche.

En vano se hicieron nuevos conjuros y sacrificios. En el delirio de la fiebre sus labios musitaban el nombre de María Josefa. El 13 de Junio de 1774 dejaba de existir en brazos de la desesperada Cullcush.

Las exequias fueron solemnes. El cacique ordenó que todas la flores de la comarca fueran cogidas para rellenar la fosa de la tumba del sabio. Sobre esa tumba se levanto una Chullpa para las ofrendas y sacrificios.