El beso

En el kiosco del jardín guarnecido de mosquiteros, leíamos o nos besábamos, antes de los consejos de aquel sabio naturalista que visitara tu finca nos besábamos a profusión, intuíamos que el beso era una flor primaveral y el sortilegio que renueva la juventud.

Y no es que sólo fuera el contacto de los latidos sino y mucho más el concierto de los sentimientos del alma, toda la experiencia de los siglos y el refinamiento del arte cobra nuevas y más ardientes emociones, habitada y sumisa, sintiendo que el placer inunda, anhelaba sumergirse en sus latidos y desaparecer en su vorágine, nos transmutábamos, teníamos la sensación de absorbernos.

Y en verdad yo desaparecía en sus labios y me sentía engarzado en sus entrañas, y en el deleite de vivir aquella ilusión, me arrobaba, una atmósfera de ensueño nos tenía inmersos en la melodía de aquella sonata amorosa que deja el eco de un beso, recuerdo sus referencias a Shören Keirkegard, aquél autor del existencialismo, que hubiera pretendido escribir "los elementos de la teoría del beso" y que en París ensayara practicar.

El beso para ser tal, debería expresar una pasión, decía Shören según referías, pero tú, eximio estilista del beso le añadías el acto eucarístico, el sentimiento de la eternidad y la sensación de lo sublime, era así el beso "la comunión de dos almas en una sola eucaristía".