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Elegías Conocí el dulce dolor de la ausencia, el valor íntimo de una lágrima, el silencio de la soledad, el oriflama aperlado de las lejanías y la tristeza infinita de la espera, la melancolía, aquella bella flor del recuerdo y la nostalgia, aquella invocación de reclamo....hicieron de mi la vestal de un culto idólatra. Y adoré más para valorar mejor; por que el bien es más codiciado cuando falta que cuando se tiene, conocí el valor del consuelo, de la ternura, de la esperanza y también sufrí el temor del olvido. La hermana sor Manuela tuvo en aquél monasterio una piedad infinita para mi, puso costra de goma en mi cara para evitarme las molestias de la admiración, y en el oratorio y la biblioteca me recreaba encontrándote, en el oratorio te adoraba como a un ángel o a un dios y en la lectura de los clásicos encontraba el contacto de tus besos a traves de los versos de san Juan de la Cruz o de sor Teresa de Jesús. Más tarde rehuí el oratorio y temí profanar el sagrado templo, me horrorizaba el recuerdo de Eloisa y me sentía desfallecer ante las alegorías paganas de las bóvedas e imágenes, que me daban la sensación de que aquellos fáunos y sátiros hubieran de desprenderse para perseguirme. Huí del confesionario donde el tono de mi voz y la fragancia embriagadora de mi juventud hacía temblar la castidad de aquel venerable sacerdote, me recluí en la celda más tétrica para apagar el incendio de mis cirios y ocultar aquella mi belleza turbadora, y mis sienes en la loza áspera y fría no se serenaron y más bien percibían aquel olor sensual que brota del roce del granito con el pedernal. Y cuando la soledad comenzaba a seducirme, me anunciaron tu retorno, y aquella flor clorótica del monasterio volvió a tener en tus brazos sus tintes de azucena y su efusión fué la efusión de la primavera y su fragancia el de los azahares en el bouquet de las novias. |