Lilia

Con el recuerdo de sus aires de gacela y del alto encaje de su blusa al que una falda aleonada daba a su persona fisonomía de fiesta y de conquista...acampé en Talavera de la Reina.

Para este viaje traía su imagen para mi solaz y alborozo, la luminaria de sus ojos para las sendas oscuras, el clavel de sus labios para mis ósculos mentales y el rocío de su boca para refrescar mis fatigas.

Con mejores recados nadie como ella habría colmado mis mochillas, en Talavera la colonial encontré su cabellera en la espiga de sus trigales y en las flores del campo que salpicaban las praderas encontré la lozana primavera de su belleza divina, el sol diáfano y dorado tenía el resplandor de sus miradas y el céfiro galano y odorante la melodía de su garbo de bayadera.

En el día la florida campiña es una afiligranada acuarela, en las noches el cielo estrellado es ensoñador y sortílego, en los vergeles del prado cojo sus flores y siento en ellas la tersidad de sus mejillas y en los puñados de pétalos que mis manos abarcan, hundo mis labios en busca de sus besos..

El paisaje es evocador. El recuerdo suscita a la amada lejana y trae a la memoria al ser idolatrado y en la mente... aquella imagen se hace real, su compañía es una primicia angélica.

Por las noches aquella imagen es una blonda y tibia sensación que se arrulla a mi cuerpo como un copo de armiño o un lazo de lirio.

Y dormí así acompañado como duermen los querubines en el paraíso o las tórtolas en sus nidos de plumas, así debieron dormir Orfeo y Cupido en los opulentos senos de Eurídice o en los delicados brazos de Psiquis.

Al amanecer el trino de las aves del jardín me obsequia su himno matinal y por entre los intersticios de las puertas y ventanas se filtra el sol como una bandada de canarios, en la mañana es otra maravilla, igual que su rostro radiante y la música de su voz se deja oír.