Malujhi

 

Para qué tu color de moras

y tu canto de alondra,

tus trenzas negras

y tus sueños de hada?

 

Eras la dulce cuculí

entre las torcasas blancas,

el alegre jilguero

entre los canarios rubios.

 

En la escarcha de los campos nevados

y en la maravilla de las nubes

que se arrebujaban a tus pies

se meció tu fantasía

y se reveló en ti

el mensaje de una raza.

 

Regresaste a los quince años

a tu nido natal,

hablabas en inglés

pero soñabas con Juana de Ibarburú

y con Amado Nervo.

Los jóvenes casaderos te odiaban,

tu vena jocunda y tu belleza salvaje

los alocó.

 

Los galanes más apuestos

no tuvieron reparos

de satisfacer tus exigencias.

El uno te llevaba vultúridos

y el otro pagras y rima-rimas,

otros máa buenos te llevaban choclos

y otros con que emoción

tenían que pasar ante ti

garbeando ritmos de danzas

delante de una mecedora.

 

Eras así: la emperadora del capricho

y el blasón codiciado de los don Juanes del lugar.

Desde pueblos lejanos acudian

expertos enamorados,

a comprar tu fama.

Acicalados de fiesta

cabalgando briosos corceles.

Algunos empalmaban el paso de los potros

y los cascos recién herrados

daban a recitar endechas;

del empedrado brotaban chispas

de los jatos de plata

reflejos relucientes.

Las espuelas ruidosa y afiladas

enclavados en los hijares

hac ian piafar a los rocines

y las riendas cada vez más cortas

les hacían bolear el paso.

Así como estatuas ecuestres

los jinetes transfigurados

desfilaban a tu vista.

 

Frívola y diabólica,

tus desenvueltas maneras electrizaba

a los pobres galanes.

Eras muy linda

y tenias una corte de juglares

para el solaz de tu ironía

burlona y mordaz.

Incitabas al amor

y lo rehuías con donosura,

exasperabas y desesperabas.

Era tu juego favorito

y acaso también tu pasión.

 

Llegó tu fama a mis lares

doce leguas tuve que viajar

para conocerte.

Una lluvia tempestuosa en la puna

me caló hasta los huesos.

Así me presente a tus ojos:

en un diedro de nieve

o el eco de una tormenta.

Eras un mito sagrado.

 

Un día en un campamento minero

habrá de apadrinarse un bautismo,

tu corte de admiradores

se formó para el cortejo.

Te brindé mi corcel,

como el pinto no había mejor

a cien leguas de la comarca;

y a poco de la jornada

tomé la delantera

y el rocín que me advirtió

siguió veloz tras de mi,

parecía desbocarse y tú como una amazona

excitabas al animal,

pasate rauda y cuando el pinto

no obedecía a las riendas

me lance adelante para detenerlo.

Jadeabas y tu salvaje hermosura

crepitaba impaciencias.

Y antes de que tus labios resecos

articularan palabra

los cubrí de besos brutales.

El eco del trote de las cabalgaduras

nos despertó de aquél arrobo

y volvimos a tomar la delantera

para en cada recodo

volvernos a besar.

 

Más tarde se desbandó tu corte

y hubimos de pasearnos solos.

Me llevaste al Templo Pre-inca

donde una pareja imperial

había jurado amor eterno.

Con las manos puestas en el ara

repetiste la fórmula milenaria

y sobrevino un idilio

que superó al de las fábulas y novelas.

 

Al término de las vacaciones

cada cual volvía a sus estudios

mientras las cartas

mantenían el fuego de la pasión.

El epistolario troqueló misivas intimas,

se exacerbó en un parnasianismo febril

de formas decantadas.

La angustia y el reclamo

se vistiera de gala

y la misma melancolía

rezumbaba tal belleza

que fascinaba y embelesaba.

Tu ingenio se lució con primor,

escribustes cuartillas de amor

en los tersos pétalos de las trinitarias

para empastarlos como a códices sagrados.

 

Al cabo de varios años volvimos encontrarnos

en cita original.

Y los besos y los abrazos acaso mas sabios

no tuvieron el encanto efusivo de otrora.

Atosigada de tedios y sofisticada doctoral

y abstracciones metafóricas

deformaron aquél primitivo idilio.

El perfume de las flores fueron reemplazadas

con la fragancia de las esencias

y en sus labios no habían ya

los colores de las moras y cerezos,

sino la pintura de cliché.

Tus senos ebúrneos y sonrosados

habían sufrido las torturas del corsé.

Tu cutis limpio que olía a verbenas y retamas

estaba maquillado,

maquillada también tu alma.

 

Entonces resolvimos salvar aquél  idilio,

colocándolo en el empíreo del recuerdo.

Un altar levantado en el alma

mantiene el fuego

y sus llamas son el calor de la emoción

y su luz es el farol que espera el retorno.