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Maricucha Tus
dieciocho primaveras tenían mil años de sabiduría, el
compendio lírico de todas las ñustas la
tonalidad cromática de todas las flores y el
embrujo de todas las hadas de la campiña. Las
alondras te enseñaron el canto de la aurora, las
tórtolas y las palomas el arte del amor, los
cervantillos la gracia de la danza y las
mariposas ensancharon tu fantasía. Los espejos
de los tersos lagos refinaron
tus encantos, y el céfiro
odorante y galano te infundió
aquél aire de gacela. Las flores
te dieron su lozanía y fragancia, las frutas
su aroma apetitoso; el sol todo
su fulgor de oro y la luna
todo su nacarado hechizo. Maravillosa
campesina, turbadora mujer, todo el
tesoro de la naturaleza se escanció
con munificencia para
moldear la gracia de ángel o sílfide. Por amarte
como te amo o amarme
como me amas fui yo o
fuiste tú que logró
la conquista? Te descubrí
en un bosque de Utcush, se
alborotaron las nostálgicas ovejas que pacías y al
instante advertí que tu
hermosura me fascinaba. Al
siguiente día y muchos más regresé sin
conseguir encontrate. Cambiaste
de alquería o te
escondiste en los membrillos? Un domingo asistías
a la misa con tu
traje lila y tu cara de azucena, tus ojos
deslumbraban y tus mejillas
lucían su fiesta interior. Los mozos
se agolpaban como avispas y a la
salida del pueblo el más atrevido osó
detenerte sin contar que la destreza de tus brazos habría como
una brizna arrojado tras el cerco. Estabas
adorable como una Diana, tus senos erguidos
rebalsaban el escote, tus caderas
crujían impacientes y cegaban
tus ojos febricitantes. Otro día te
perseguía en el campo, saltaste
cercos, cruzaste arroyos te metiste
por las zarzas y me
arrojaste guijarros. Y tu risa
cascabelera se reía de mi asedio, tus ojos hacían
guiños sarcásticos y corrías
como un gamo en la pradera y te escurrías
como una ninfa en la quebrada. Una noche
que asistías a la luminaria pirotécnica de un
castillo que festejaba el barrio pude
acercarme a tu lado y
sorprenderte en tu júbilo embelesado. Rehuías y
te escondías con malicia y en
carrera vertiginosa po Ojopampa se daba a
escuchar su risa irónica y el eco del himno de sus pasos. |