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El Vino
La Mujer y la Música El Vino Presentir y
olfatear, acariciar
la copa y apetecer, sorber,
gustar y paladear, volver a
repetir y no acabar. Tomar para
olvidar o soñar o tomar
sólo para embriagarse, tomar por
placer o por
sustentar el buen humor. Sorber un
borgoña o un jerez y anegarse
en su bouquet para
arrobarse o transportarse al mundo de
la ilusión. Subir y elevarse
en los vapores del licor, estar
flotando como un celaje se meciera
en una melodía o se durmiera
en la cauda de un ángel. Alejarse así
del tedio, de la pena, saber ser
feliz cuando el dolor acecha, reír y
cantar hasta el
último instante y zozobrar. Estar
siempre borracho para ver en
la mente espejismos de vientres
y caderas que se rebullen en un
océano de vino tinto. Beber con
arte y con placer como un
catador o como un poeta y estar
siempre en farra o jarana como un
juglar.
La Mujer Es la mujer
la deidad que veneramos o el ídolo
ante quien nos posternamos y es
también la esfinge legendaria ante quien
enmudecemos. Es la
virgen que enlodamos, el ángel
que nos arroba o la
hetaira que nos seduce.
La Música El vino y
la mujer sin la música no tendrían
sentido, porque el
goce de los sentidos es una melodía que la
embriaguez y el amor laudan. No hay
acorde ni más hondo ni más alto que el de
la embriaguez o el amor, sin ellos
no Shuman ni Lizt habrían creado "ensoñación"
y "Sueño de amor". El sonido y
la música son sensuales como el
vino y la mujer, son
lascivos y voluptuosos como un
vals o un tango. Berlioz
compuso :Sinfonía Fantástica", donde el
opio alucina y da escuchar notas mórbidas, como si la melodía
brotara de una nube de senos o de un torbellino
de muslos. Libar,
soñar y acariciar, entrever
mirajes y escuchar fantasías de copas
como senos o de besos
como música de ósculos. En una ensoñación
celestial, el ser que
integra nuestra vida, la belleza
que nos embelesa y el manjar
que nuestros labios apuran. Estar con
ella y no apartarse, estrecharla
más hasta confundirse, seguir así
abrazados, acá y en la
eternidad. Amarla como
a un ángel y desearla
como un demonio tenerla
como a una santa en el altar o como una
vacante en la taberna. Vivir por
un beso o por una
mirada, llorar por
ella o morir por
sus caprichos. Beber su
gracia y estar
embriagado de sus encantos es como
quien escanciara una copa al corazón
o al alma. Hay melodías
tiernas que hacen soñar ángeles y
mariposas de cristal y hay
ritmos eróticos que hacen desear abrazos y
besos de mujer. Hay melodías
salvajes apasionadas
y sedientas que como
himnos y marchas guerreras incitan a
las lides del amor. Wagner en
"transfiguración del Isolda" introdujo
ondas perfumadas en la melodía, tonos de
espasmo y éxtasis para culminar en el paroxismo de la voluptuosidad. |