ODA  A   YUNGAY

A Milagros C.

En torno a la ciudad y los horizontes, los lomedales turgentes de Matacoto con su asoleada carne rosa; por Atma y Yanama las alquerías risueñas y más arriba la mansión de los lagos y nevados.

Por Huarascucho y Pampac una profusa vegetacion salpicada de retamas dan a la campiña un aire de fiesta. Por Chuquibamba el paisaje era un poema musical, una balada por Ayra y Shacsha y una canción por Utcush y Punyan.

¿Que había en el color glauco de los cañaverales o en el verdor anaranjado de los lucumos?. ¿Algun atisbo de báquicas orgías o alguna morbidez lúbrica que despertaba el gusto de amar y las ganas de soñar?. ¿Para que los cocoteros y palmeras y la magnificencia de los huertos de Caya?. Era para la decoración de un escenario tropical, la pujanza de una campiña senorial.

                La esbeltez de sus parámentos, la luz mágica de sus ventanales, su estilo exótico y oracular. Era la concepción de una feligresía asceta y la genial inpiración de un monje visionario Sus calles acogedoras, eran el pentagrama de un cuaderno de música. Por ellas transitaba la esperanza y también la poesía del lugar. La ciudad era un dije del paisaje, una joya de raro fulgor. Quien la veía, deslumbraba y quien la habitaba se arrobaba.

                 En sus jardines los nardos y las rosas rivalizaban con el nácar de las doncellas y los luceros de su cielo eran los jazmines de sus huertos o los ojos furtivos de sus bayaderas. Las casonas solariegas habitaban el recuerdo de idilios históricos ¿Que fueron de sus capillas, que de su iglesias, sus retablos, sus vestales ¿Están ocultas en la patina o emigraron al empireo? ¿Donde están las damas legendarias, las beldades haladas que rindieron a los caballeros y fecundaron la lira de  los trovas.

                La mujer excepcional: la maga de luz que destella puea, albo copo de armiño que hiciera decir con orgullo: "Yungay Hermosura".