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El
Diamante Azul de Julio R. Olivera Fue el más
refinado bohemio de las tertulias yungainas de su tiempo. La madre fue muy
rica y muy bella. Muerta en pleno esplendor quedó el hijo muy tierno y desamparado.
Un familiar se ingenió la manera de hacerse heredero de aquella y Goyo hubo
de crecer en medio de privaciones. Se vio obligado a emigrar. El rigor de
la vida del pobre hizo de él un hombre fuerte. Para ganarse el sustento pasó
por muchas ocupaciones hasta llegar a ser barbero. Con la experiencia y la
sabiduría de este oficio quiso probar fortuna. Tiempo después se presentó a
la casa del familiar que detentaba sus bienes y le advirtió que había ido
resuelto a recuperar el patrimonio materno y que desde ese instante habíase
que tenerle como dueño. Y ante la consternación del familiar ordenó a los
colonos que le siguieran. Así llegó Juan Gregorio a Huashcao. Ocho días
festejaron aquél acontecimiento. Goyo llegó a
ser el ídolo de la hacienda. Fueron los campesinos que compusieron el nombre
del amo. Para adelante dejó de llamarse Juan Gregorio para responder al de
Goyo. Las fiestas del fundo recuperaron su celebridad. Todo fue remozado y
hasta el rendimiento de las tierras lograron sus mejores alzas. La sencillez
del campo, la vida sin complicaciones, la inmensidad de los nevados, la
magnificencia de los basamentos del Huascarán que se asentaba en sus dominios
maravillaron a Juan Gregorio. Aquí se entregó a la ensoñación y a la música
sin más compañía que Lilia su inseparable guitarra.. Aquél viejo
instrumento familiar que la madre hubiera pulsado en el pináculo de su
belleza era para él no sólo una reliquia, sino la fiel amada que la
acompañaba desde su niñez. Había entre él y la guitarra tal entrañamiento que
las cuerdas vibraban al sólo deseo del mago y como transidas por un delirio
musical volcaban la idea y el sentimiento poblando el escenario de voces
sortílegas. Aquella guitarra era una persona más en la familia. En siglos de
arpegio había llegado a tal sensibilidad que parecía hablar: el eco de la voz
era suficiente para hacerla vibrar. Al lado de ella no se estaba sólo. Aquella
guitarra era la gran amada y la sublime pasión de Goyo. Ante ella se
estremecía y sentía que su ser se anegaba en arrobamiento de ternura y ésta
emoción que se renovaba en cada encuentro le daba una gentilidad de galán.
Era como el encuentro de los enamorados o como la cita furtiva esperada con
ansiedad. La tomaba en
sus brazos con cariño y veneración, como se toma a una novia. Y la vibración
de aquella guitarra como la fantasía del bardo no eran sino una sola melodía.
El como enajenado y la guitarra como hechizada eran un sólo ser. Y mientras
las yemas de los dedos se posaban como sabios en las cuerdas o corrían por
los trastes como una bandada de libélulas los arpegios fluían como ósculos y
el alma de Goyo entraba al paroxismo y éxtasis. Jamás se
supo porque aquella guitarra se llamaba Lilia. Su forma de mujer es acentuada.
La escotadura tiene aquellas líneas ondulantes que forman la belleza del
cuerpo. Festonada y decorada con incrustaciones de nácar resaltan en ella la
abelia, la media luna, la mariposa Apolo y otros adornos de estilo oriental a
base de la flor de lis. En la tapa posterior dos leones de pie sostienen una
lira. Esta
guitarra estuvo en Arabia en una tienda de Tebuk y en las orgías de los
sérralos de aquellos ardientes arenales, laudó melodías, nació el poemario
erótico del desierto; cautiva en el castillo de Hussiff tuvo impostaciones de
melancolía y los arrebatos del mar al estrellarse en aquella isla. Ben Abulá
al término de la guerra de la liga con la media luna la llevó a Venecia y ahí
la música nocturna sobre las aguas amortiguaron su angustia. Estuvo en la
corte de Viena en poder de un noble español y la guitarra se impregnó de las
nostálgicas del vals; llevada a Sevilla se contagió de los ritmos alegres de
la región. Invadida España por Napoleón, el Conde de San Donas la llevo al
Perú, y en su refugio de Yánac, aquella guitarra orquestó el idilio
principesco de San Donas con la marquesa Carlota. A la suerte de los nobles
la guitarra se quedó en Huashcao y allí la madre de Goyo vivió el mundo
maravilloso de aquél madero. El instrumento prendado de la belleza de su
dueña renovó su destino romántico y melodramó las
escenas de gloria y quebranto de aquella excelsa mujer. En Huashcao la guitarra en manos de Goyo gustó de la melodía
cósmica, desde el arrullo del céfiro en las campiñas hasta el fragor de las
tormentas en la cumbre nevada. Erudita y
legendaria con un caudal de tonos en su repertorio aquella guitarra es ahora
un tesoro de quien escribe estas líneas. Se le dio a Juan Gregorio como
prenda de quien al tomar como esposa a Milushka no
volverla a las tertulias. Muy poco
cumplió el bardo esta promesa. Entre tanto la guitarra está como en espera.
El aire o el eco del menor ruido la hace vibrar y
rememorar. Juan
Gregorio tenía una regia apostura y una masculinidad plástica y musical. La
cabeza erguida y el ceño firme, la riqueza de los músculos y su vehemente
expresión le daban una talla de luchador. Era la concepción del
"David" de Miguel Angel. Es fácil imaginarse la elegancia con que
alternara en la vida social. Era el paradigma de la hidalguía. En las
tabernas no decaía su señorío. En sus manos las copas eran como cálices
sagrados que habían de apurarse con reverencia. No contaba en sus ritos las
maneras frívolas; y jamás descendió a la vulgaridad. Manipulaba las botellas
y las copas como un artista. Era el
caballero cruzado de las bares y cantinas donde
acudía abrevar la dosis diaria de fantasía que le era menester. Su fortaleza
física le salvó de las escenas ridículas de los borrachos. Nunca perdió el
equilibrio. Fue el catador más destacado y también el feligrés más constante
del vino. Con que fruición escanciaba el tinto y con que elegancia lo
brindaba, parecía que apurara rubíes o carbúnculos líquidos. La pródiga
naturaleza ha otorgado sus mejores galas a la mujer del "Callejón de Huaylas". Hermosa como un bouquet de lirios, tiene
de la aurora su tinte rosa y del sol el oro mate de su brillo. La atmósfera
le presta su tersidad y ensoñación y la campiña su refinamiento y elegancia.
Esta mujer tiene de lo extraordinario que deslumbra y de lo bello lo que hace
soñar. Sencilla como una flor de jazmín o cristalina como una gota de agua en
el númen de los bardos y el tormento de los enamorados. Amar a esta
mujer en este edén es gozar del placer de la felicidad; llevar en el alma la
melodía de su afecto, sentir el efluvio de su belleza y el embrujo de sus
caricias, comprobar que la realidad supera a la fantasía y que el transporte
del espíritu es un estado natural, es una gracia y un portento y también algo
así como un tesoro que habrá de enriquecer toda una existencia. En la
arcaica escultura griega los dioses sonreían: era el atributo de la
divinidad. En la mujer del Callejón de Huaylas no
hay sonrisa sin mirada embelesada, ni mirada enamorada sin sonrisa angelical.
Esta sonrisa es una efusión del ser, la imagen del alma o la sinfonía de sus
más íntimos anhelos. Nada más bello ni más delicado que una sonrisa. Quien la
da se sublima, quien la recibe se embriaga de felicidad. El poder de
la sonrisa es aquí inconmensurable. De la música tiene lo exquisito y extraordinario
del preludio; pero más que de la música la sonrisa tiene aquí en los labios
partituras de ósculos que ningún ser humano ha podido instrumentar. De la
pintura tiene los tonos de arrebol que enternecen; pero más que de la pintura
la sonrisa tiene aquí en las mejillas la sonrosada emoción de una ilusión que
ningún pincel ha podido captar.. De la escultura
tiene la pureza emotiva de sus líneas; pero más que de la escultura la
sonrisa tiene aquí la dulzura enigmática del movimiento. De la literatura tiene
el poder de la elocuencia; pero más que de la literatura la sonrisa tiene el
sortilegio de un lenguaje que arrulla y deleita. Aquí una mirada penetra como
un lampo de luz y dice endechas hasta en los arcanos del alma. Es el coloquio
de los ángeles y el verbo de los dioses. Una mirada y una sonrisa que se
cruzan forjan más poemas que todos los recursos de la orfebrería literaria. Aquí en el
punto de encuentro de dos miradas las almas comulgan mientras las sonrisas
orquestan himnos nupciales. Aquí la sonrisa es el boceto de alguna flor que
se nos ha abierto en el corazón o la luz de alguna ilusión que ha despertado
en el alma. Aquí el sino del ser está en una sonrisa: prodigada ella el
destino de los corazones esta sellado. Es que la sonrisa es la balada del
ensueño y la entelequia del amor. La mujer fue
en la vida de Goyo una melodía más o una canción más. Buscó en ellas los
matices de la belleza; de algunas tomó el garbo y la sonrisa, de otras acaso
sólo la mirada o la música de su voz o bien la dulzura de la fisonomía. Jamás
supo cuantas fueron sus amadas. De cada jolgorio salía con dos o más citas
amorosas. Nunca hizo ostentación de su fortuna de galán..
Sus amantes le adoraron desde la veneración religiosa hasta la idolatría. Jamás acabó
de amar. Tubo la pasión de Poe.
Cada mujer era una nueva revelación del arte. Y toda su actitud estaba
condicionada por su euforia erótica. Se trataba de una potencia o una
plenitud sensorial que le daba poderío y fuerza. Un rumor rugiente de sexo
saturaba su vida. Algo mítico y legendario que daba a su persona una áurea de
sensualidad que trascendía a principios metafísicos: amor y creación. Es
decir el sentido de la vida para él. Por mucho que sublimó su erotismo o que
lo hubiera transpuesto a la metáfora o al símbolo aquellas transfiguraciones
dejaban un tono sutil impregnado de suaves efervescencias que hacían más
penetrante é intima la ilusión. Jamás tuvo
vacío en el corazón. Vivió siempre amando. No era un mujeriego, ni buscaba la
saciedad: perseguía la novedad en la belleza y en el arte. Era como un afán
de perfección o una inquietud de encontrar donde diluirse. Esto es un estado
de ascetismo místico. Inestable:
era su nivel de excelencia. Jamás pensó amar a más de una mujer. Y fue así.
Nunca tuvo pasiones simultáneas. El cambio era una cuestión de ritmo para él.
Pensaba que una amante era un ser enajenado por la pasión y temía que al
menor contacto con la realidad pudiera desfigurarse lo que justificaba aquél
tacto para poder pasar a tiempo a otro amor. No es que buscara un arquetipo o
que tuviera en la mente la imagen de una amada imaginaria; no. Cada amada era
para él su primer amor, su único amor, la mujer excelsa y la dama ideal. Es
por eso que jamás llegó al hartazgo. El amor
iluminó su existencia y le dio aquella ansia de eternidad que llevaba
consigo. De aquí que cada uno de sus amores fueran indisolubles y también
aquella su secreta gama de nostalgia y de embriaguez melancólica. El origen de
su amor provenía más de sus emociones espirituales que de su ansiedad física.
Amar era para él estar en ensueño. Ser amado,
era algo que rebasaba a toda su ambición. Era como figurarse una deidad.
Jamás supo de donde le venía la ansiedad de su pasión, menos se detuvo a
meditar que aquello no fuera acaso más que la consecuencia de aquella
tormentosa búsqueda de lo imposible o el encuentro sin esperanza con la
belleza inigualada de su madre. No era un
neurótico; era normal. Aquél su universo rosa y fruición erótica le venía
como compensación a la orfandad que le sobrevino a la muerte de su madre, a
la consiguiente falta de cariño, a las privaciones y frustraciones de su
niñez y a la ausencia de las primeras ilusiones que abren los horizontes de
la vida. Pese aquello
de sus amores eternos y pasiones vitales no fue un esclavo de ellas, porque
el siguiente amor le liberaba enseguida. No es que los olvidara; no. Algunas
veces volvió por el aroma o la gracia de alguna de sus amadas. Y éste
reencuentro le era acto más dulce. Jamás fue
obsceno. Pese al cúmulo de sus amoríos no cayó en la lujuria. Su honestidad
regida más por principios morales que por convencionalismos le daba más
prestancia. De aquí su perenclitud y aquél halo de
seducción que le diera fama. En medio del fuego de la tentación tenía la
suficiente valentía para poner la espada de Tristán
entre su arrogancia de varón en celo y el vehemente arrebato de Afrodita. Cada nuevo
amor le servía para decantar la afición. En sus brazos la amada se anegaba en
la ensoñación: era más una melodía que una carica.
Y Goyo como si sólo pulsara acordes se entregaba al arrobo artístico. Por eso
aquél su afán de elevar el escenario a regiones celestiales donde flotar y
soñar. Idealizó a
la mujer tanto como idealizó al amor. Toda su pasión consistía en adorar más
que en gozar. De ahí su metafísica amatoria y aquél estado de delirio en que
vivió. Y su insaciable insatisfacción no se colmaría con todos los encantos
de la tierra, sino más arriba, allá de la unión de las almas. Para Goyo el
amor no era más que un destello de la divinidad que una emoción del hombre,
porque estimaba que el que ama está poseído de un dios y que el amor era una
gracia celestial. De otro lado los amores de Goyo de grado en grado se
ennoblecían: eran ya algo así como la melodía de un ensueño, más un culto o
una devoción religiosa que la sublimación de un afecto. Jamás rehuyó
la lid del amor.. Admiraba a la que desechando
prejuicios le declaraban su amor. No las desilusionó .
Tuvo para ellas el fervor de su hidalguía galante y hasta la gentilidad de su
admiración. Un día Juan
Gregorio conoció a Milushka, coronguina
de auténtico abolengo conchucano que llegara a Yungay a cambiar de lugar. Cuando ella cumplió quince
años su cabellera era una llamarada de fuego. Por mucho que se le sujetara
pronto se soltaba y si se le ataba se enroscaba. Entonces por fuerza tenía
que estar suelto. En los ojos grises de Milushka
había tal luminosidad que se diría que eran ascuas vivas. Es indudable que de
allí emanaba aquél tono de incendio que alumbraba y quemaba su exótico
rostro. El cuerpo delgado, flexible y alto tenía movimientos excéntricos y
algo así como un ritmo de oda flotaba de su ser. Era extraordinaria. Pronto
hubo de alarmar al pueblo. Como frecuentemente se quejaba de que al anochecer
le arrojaban "cenizas" tuvimos que vernos precisados a indagar.
Efectivamente a las seis o siete de la tarde comenzaba el asedio. Se exorcizó
la casa y se tomaron todas las precauciones del caso. Todo fue en vano. Y
cuando alguna vez Milushka aseguró que un ser
invisible trató de arrebatarle de la mano de su madre, nos vimos precisados a
cambiarla de lugar. Tal era Milushka. Algo había en ella de magia o embrujo. Una flor
clorótica a la que un fuego interior hacía arder como un incienso. Éramos
vecinos de goyo. Y la alta tensión de estos personajes acabó uniéndolos. El
matrimonio no truncó la bohemia del bardo. Milushka
al lado de éste era como una gacela. No pretendió sacar ventajas de esta
unión y jamás interfirió en la vocación romántica de su esposo. Juan Gregorio
encontró en Milushka aquél inefable encanto que
brota de la honestidad y felicidad; y para él, libertino y precario estos
sentimientos fueron cordiales y la revelación de un mundo superior. Allí dejó a Milushka como en un templo. No la mezcló en sus amoríos.
Y este sibarita encontró una nueva forma de adorarse más allá de la belleza y
del mundo: en la inmortalidad de las ideas de armonía y en lo inefable de los
sentimientos de bondad. Sobre estas bases y conceptos que no se laxan con el
hastío ni se enervan con el placer, edificó su hogar. Aquellos cimientos eran
de diamantes hecho del carbón de todas sus pasiones.
De aquí en medio del torbellino de sus amantes, vivió en su esposa el
consuelo de su insatisfacción y el elemento de su vida. Goyo no
perdió su afición de bardo y músico y en el sustento de su bohemia acabó su
patrimonio. La pobreza le dio la ventaja de seleccionar a sus amigos. Una
apretada fila de juglares fieles y sinceros le rodearon
y le hicieron olvidar su ruina. Reabrió su barbería y comenzó de nuevo su
farándula hasta que su esposa le diera un hijo y otros más. Entonces Goyo
emigró. Se estableció en Lima y fue el eje de la colonia. La brega
brusca de su actividad diaria hubo de minar su salud y su muerte sobrevino
como el final de una de sus canciones. La cultura
de Juan Gregorio era exquisita. Fruto más de su intuición y práctica que de
colegios y academias. Sus maneras tuvieron la benevolencia y simpatía que
acerca y contagia; hacía plácida su conversación y amena su compañía. Por
consiguiente sus principios filosóficos tenían que ser sencillos y por fuerza
habían de conducirlo al idealismo. Tenía algunos principios familiares para
convivir en soledad y otros para afrontar la vida. Un cortejo de normas sistematicales con cierto sentido poético. Humorista y
malabarista de la bohemia era dueño de tal libertad espiritual que se
desbordaba en torrentes. Entre la seducción, las teorías de los filósofos y
la ilusión de sus propias hipótesis prefería correr el riesgo de éstas que
mancornarse en aquellas. No era un
fanático de la utopía ni un materialista craso. Le gustaba la linfa de la
realidad para idealizarlo y elevarlo. Le seducía estar a tal altura
espiritual porque pensaba que era mejor flotar. Lo fugaz de
la vida y lo inexorable del tiempo no le inquietaba, ni en nada afectaba el
sentimiento del mañana y del porvenir en que vivía. Entendía que la vida era
una luz inextinguible que se sostiene con el holocausto del hombre y que el enfrentamiento
de las ideas de vida y muerte era cuestión de unidad. Jamás se desconsoló ni
desilusionó con esta certidumbre. Por el contrario en los problemas que las
contradicciones de la vida plantean, encontraba razones para creer. No
admitía la vida como un aterrador aprendizaje de la muerte, sino como la
experiencia donde el hombre inteligente supera y moldea el mundo. De aquí que
sólo el destino de ese holocausto, es decir el estilo de vida, podía sostener
una digna y decorosa existencia y hasta darle el sentimiento de inmortalidad
que informan las nociones del mañana y del porvenir. Entonces lo que
importaba era el estilo para gobernar su vida y no vivir en divorcio con
ella. El estilo como un medio y un fin y la rebelión como una aspiración y
orden a la justicia. Entendido que la rebelión va hacia la revolución, es
decir hacia la evolución y el infinito donde convergen las nociones de música
y amor con toda aquella su gama de poesía lírica y sortilegio romántico y
desde cuya posición se contempla la belleza y el arte como valores eternos
que se siente y vive. Y para Goyo,
ningún estilo como la bohemia resolvía mejor el problema de vivir. La bohemia
como un principio metafísico y una fórmula dialéctica: esto es el
enfrentamiento al mundo desde un punto de vista del sentido del buen humor
que del trágico. La bohemia ensanchó su fantasía y creó escenarios
maravillosos donde una melodía de unidad gobierna y rehace el mundo sin
cesar. En la
orfandad de Juan Gregorio, es donde se encuentra la mística de su personalidad.
La muerte súbita de la madre en pleno esplendor, la desesperación y el dolor
del abandono al comienzo de la vida, el mito de la hermosura de aquella
mujer, fueron impresiones tan hondas que jamás se apartaron de su mente.
Amor, belleza y muerte, una mixtura diabólica o un satánico licor para alocar
o desesperar a la humanidad. Fueron también las primeras emociones que lo
llevaron a las tabernas a sumirse en la embriaguez. Para adelante el vino
habría de ser su sustento y también el elemento de su regeneración y
salvación. El vino
calmaba su ansiedad y le producía el goce de gustar y sentir el placer para
luego evadirse en el transporte del alma. Y alli en
aquél mundo de ensueños era feliz. Su fantasía se enriquecía y su vena
bohemia cobraba un lirismo desbordante. Acaso fuera ilógico, en este estado
de embriaguez sostener que hubiera conseguido un estado de imperturbabilidad
y ataraxia es decir un placer natural que hubiera sido la base de aquellas
sus teorías de convivencia regidas por la armonía que por la autoridad. En la
taberna encontró una comunidad de seres desgraciados a los que capitaneó y
dio luces para no degradarse. Creó una mística y delineó una liturgia.
Sostenía que beber y embriagarse era una primicia de escogidos que lograban a
través de los vapores del licor remontarse purificados a mansiones edénicas
donde una visión de ensueños anegaba el alma y el corazón en deliquios
inefables. Tal era la taberna para Goyo. Que vale más decía como Omar Khayyam, hacer examen de conciencia sentado en una
taberna o posternarse en una mezquita con el alma
ausente? Jamás se
supo si del vino pasó a la mujer o fue a la inversa. Menos si la música le
impulsó en el arrebato del tono al arrebato de la embriaguez o que la
embriaguez hubiera influido en el refinamiento de los acordes y en aquella
melodía etérea en que vivió envuelto el trovador. Y como Omar Khayyam, su maestro favorito, trato de buscar la verdad
en el fondo de los placeres de la vida, a través del vino, de la mujer y la
música. De aquí su estética epicuriana, sus hábitos
a lo Aristófanes o Lucrecio,
su propensión al placer de los sentidos y al goce de la vida, su refinamiento
en el amor, sus postulados éticos y aquél su platonismo y estoicismo mental y
también su prestancia de Petronio. Y aquél
fabulador y soñador se hundía en la molicie como en un soliloquio melódico.
Su despertar a la realidad era su nostalgia diaria y su melancolía
temperamental que hicieran de él "el diamante azul de la bohemia".
Ahí encontró a Heráclito y con él supo todo lo que
fluye se va y lo que queda es la pena o el recuerdo o la ilusión del ser. Así llegó a
esa tormentosa mística amatoria, a aquél estado de mistificación a aquella
sed de embriaguez que lo llevaron a ser un gimnosofista calificado y un
bohemio de raro engarce con el panteísmo y ascetismo indio. Aquí le asistió
otro de sus maestros predilectos, Rabindranath Tagore, artífice de la armonía universal y poeta de las
bellezas de la naturaleza que cautivara al bardo. Y que con Omar Kayyam hicieron de él un iniciado. No avanzó más. Le
bastó y le colmó con creces la poética tagoriana. Y
rastreando a Omar se remontó hasta Saadissy,
talladores y cinceladores del verso iranio. Ahí se quedó por satisfacción y
por convicción y por haber encontrado tal similitud con su mística andina de
indio de una sumisión rebelde y de una serenidad olímpica de dios. Es de estos
contactos que le vino el gusto oriental. Encontró los nombres para sus hijos Jashi, Rabrindanat y Milushka. Su vocación
artística se reveló en la música. Guitarrista eximio arrancó al instrumento
las armonías más arrobadoras, cantó con ella el recuerdo de la madre, aquella
belleza espléndida que deslumbrara a las generaciones que tuvieron la suerte
de admirarla. Cantó su
melancolía y su anhelo, su pena y su gozo, al paisaje que le ofrecía su
escenario y a la mujer que le brindaba su belleza. Así hizo aflorar en él al
músico y al poeta nativo que llevaba en su naturaleza,.
Los maestros Cordero y Ramos, celebridades de aquél conjunto, trasportaban al
pentagrama las creaciones melódicas del bardo. Improvisador
jocundo, payador y fantaseador, elegante caballero y ensalmador, experto en
requiebros, gorjeador de piropos, zalamero y admirador devastó la jerga de
ventorrillo y la ironía de las coplas de cafetín por ofrecer endechas sutiles
y villancicos arrobadores. Vencedor de todas las justas, no tuvo rival. El
mismo Mister Flaco, ilustre bardo caracino lo tenía por maestro. Su
producción, acaso sin saberlo tenía mucho de simbolismo y expresionismo.
Influido por las quenas y las antaras, por los huaicos y las heladas, por la
belleza del paisaje y de la mujer sus sensaciones fueron más táctiles y su
estilo más plástico que conceptual. Sus personajes fueron reales, pero dando
a unos un sabor ficticio y siendo casi siempre él mismo el protagonista de
todas sus creaciones. Romántico hasta el decadentismo y bohemio por
naturaleza en su musa del vino, la mujer y la música que fueron los
ingredientes primordiales. Pero su obra
maestra fue sin duda la serenata. Original y deslumbrador con un atuendo de
ocasión y con un séquito distinguido se acomodaba al pie de un balcón o de
una ventana para ofrendar sus epigramas sutiles y sus duchísimas melodías..
Escenográfico, su cuerpo era algo así como la sétima cuerda de Lilia, su
guitarra, vibraba tanto o más, se convulsionaba en la efusión musical, era
una lira de acordes maravillosos. Mientras el timbre de su voz y la música de
su instrumento hendían el espacio y despabilaban el sueño de las doncellas,
sentía que su cuerpo se transmutaba. Sus manos enfervorizadas estaban
prendidas en "Lilia" y con una habilidad genial la pulsaba ora
tierna y suave como si algo desfalleciera, ora arrebatada y violenta como si
algo habría de estallar. Era una pirotécnica musical. Los sonidos ascendían
como ascuas de rubí o como alboradas de aurora, como lluvias de rosas o como
bandadas de mirlos. La voz golosa y profunda era alucinante; sus
impostaciones arrobaban y consternaba sus falsetes traviesos y jocundos. Para éstas serenatas tenía el esmero de elegir las canciones y
la música apropiada, acicalaba la voz, pulía las caídas y sabía edulcararlas
de tonos dulces y tonos sortílegos. Entonces su vena lírica estallaba en
himnos o sonrisas, en penas o llantos que hacía estremecer al auditorio y
transfigurar al bardo. Goyo no era ya sino una cuerda en vibración o un ser
enajenado. Y la melodía que brotaba iba saturando el escenario, contagiando
su dulzura y rindiendo a las doncellas en un sueño angélico. Otras veces
la ronda nocturna recalaba al pie del cementerio. El campo santo que se
levanta como una pirámide ofrece plataformas concéntricas donde las hileras
de nichos y mausoleos son un portento arquitectural. En el día es imponente y
en la noche es solemne. Al pie de aquella verja de hierro y al frente de aquella
fría escalinata de granito pulido la voz de Juan Gregorio desgarraba al alma
y destrozaba al corazón. La música aflictiva recorría todos los resortes del
dolor, era una elegía lacertante en el que la angustia y la desesperación
parecían rezumar la tragedia y la desolación del huérfano y el sentimiento de
los hombres tocados por el recuerdo de los seres perdidos. En aquella soledad
donde el silencio tiene una mística y el escenario en las noches es mágico,
la oración musical del bardo era un lamento de dolor y también un reclamo al
destino cruel que cegó a la madre querida. Y mientras la melodía era cada vez
más dolorida, musitaba voces sortílegas en la esperanza de ver surgir la
figura querida y emitía exhalaciones en que parecía escaparse el alma para ir
al encuentro del ser invocado Juan
Gregorio no conoció modelos y no trató de imitar a nadie .Ignoró la sintaxis
gramatical y la métrica poética, por lo que su producción es más un material
en bruto. Así su estilo perdulario y su despreocupación literaria, sin
escuelas y sin istmos, de aquí también su sencillez lírica, tan clara y tenue
que no admitió artificio alguno. Sus composiciones por consiguiente tenían
que estar exentas de escuelas y alambicamientos. Todo se reducía a una
perspectiva de asonancias y metáforas que giraban en torno de un ritmo
interno que le franqueaba el metro libre; y en cuanto a la medida le bastaba
someterlo a la prueba de la respiración.. De otra manera no habría podido
expresar su fantasía. Sus recursos semánticos fueron también sencillos, más
parecían el aura que circunda el paisaje, de ahí sus figuras en verde o azul,
su redundancia de céfiro, su rutilante brillantez de sol o nieve, su
profundidad de cima o cumbre, su vaporicidad y evanescencia de nube, su
palabrería de juglar y hasta sus mariposeantes licencias de bohemio. Su apetencia
de absoluto y de unidad formó en él aquella talla del hombre absurdo y
rebelde, y consecuentemente hubo de incursionar por el anarquismo literario. De aquí su estilo
insurgente sin control de las escuelas o de la moral y de la razón de clase;
atento sólo a aquella maravillosa armonía de las imágenes y las cosas del
compás del automatismo psíquico que llevara a André Bretón enarbolar la
bandera de los "campos magnéticos surrealistas" para afirmar el
dominio de la experiencia de la vida interior. Su rima era
isócrona. Por consecuencia antitética y por el fondo de contrapunto de la
plástica y no por originalidad había a distancias una consonancia de tonos
para animar el movimiento que para hacer armonía de voces. Le habría
resultado ingrata la tarea de adocenar vocablos para ajustar consonancias,
puntos y medidas. Le bastaba
un elemento premonitor para llevar el compás de una frase o de un período.
Por lo demás su ritmo era algo así como la métrica de la geometría de las
plantas o como el concierto de tono en el calor de las flores o como el ritmo
del trino de las aves en su canto a la aurora. La melodía y el placer
resultante a más cuestión de un juego de cadencias y pausas de las unidades
rítmicas y de la musicalidad interna en función de la emoción. Se advierte
también en la composición del bardo la prevalencia de las ideas verbales y el
uso de palabras poco definidas engarzadas en una sintaxis y cuajada de
elipses. La presencia de ideas en círculo de idéntico sentido, el tono
inspirado e irregular, ora intenso o leve, el colorido chillón, severo o
átono, sus vehementes claro oscuros, el misterio o tenebrosidad de su
dicroismo, sus caídas o suspensos, su soltura irreal o tirantez estudiada o
espontánea están mostrando no al escritor erudito sino al juglar del pueblo. Tal el
estilo llano o enmarañado en el que los tesoros literarios se desperdician o
no se aprovechan bien en el que lo natural está por encima del dibujo y
pulimento. Por el contrario se notaba en su estilo algún esfuerzo disimulado.
Su falta de conocimiento lo exponía a buscar de los epítetos y posición
retórica. Y sin
cultura suficiente para escribir y atenido sólo a la idea de que la
composición es libre y no patrimonio privado de doctos se permitió ensayar
apuntes con las brozas que los literatos arrojan a los canastos. Pordiosero,
mendigando migajas de color en los crepúsculos, recogiendo brumas de tono en
las puertas de las filarmónicas y hurgando figuras y ritmos en los desechos
que los ateneos arrojan, Juan Gregorio ha querido alentar al pueblo o a
aquella masa ignota, sin noción de sintaxis desamparada de maestros y
bibliotecas a expresarse como es, libre, sin eufemismos y con toda aquella
pobreza que da el abandono. En vez de hallar la elegante pulcritud del
artista de escuela, se encuentra sólo la composición raída del hombre del
pueblo y en vez de la pluma florida la mano ruda y encallecida del obrero Así pues las composiciones de Goyo, "El Diamante Azul de |
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