La última puerta
Resucitaste de pronto tu sonrisa
haciéndola estallar entre mis costillas, mientras me arrinconabas con los
restos de un recuerdo. Yo sabía que eran deshechos sin poleas ni lunas
llenas, pero tu seno me tentó como una fruta colmada de rocío. La radio decía no sé
qué cosa de no sé qué guerra, puesto que todas las guerras se parecen y uno
termina siempre por acostumbrarse a la muerte ajena; incluso a la propia, que
nunca importa lo suficiente. Pretendí quitarme el cansancio de los huesos
concediéndome la tregua de tu cuerpo. En los aljibes de tu
espalda bebí un pálido sollozo, algo como el descanso de una escalera. En tu
mejilla se entretejía el silencio con la terrible insinuación de un afecto ya
pasado que se empecinaba en retomar su historia. Prefería que dedicaras tu
boca a mi sexo, como forma de entorpecerte el habla. Por un momento miré el
rectángulo de vidrio donde tus pececitos de colores paseaban su muda
indolencia. Ellos navegaban como submarinos entre paredes transparentes.
Pensé en nosotros entre paredes de cemento. Se me ocurrió que el universo era como esas muñecas
que habitan una dentro de otra. Lo recuerdo bien porque me pediste que te
hiciera un poema de amor y entonces mi espanto fue doble. Adoro los perros
que no vienen a olisquearme, los paraguas que logran soportar el viento, las amantes
que no necesitan ninguna prótesis
para el corazón. Quise llorar porque me sentí triste, como un gato
desheredado de sus ojos. Anduve de múltiples
maneras en tus cavidades, tratando de olvidarme del acento de los relojes.
Pretendí disuadirte de tu sueño, de mi pesadilla. -Dios me hizo más
cercano a las ojeras que al amor –te dije. Pero no entendiste
nada; seguro que no entendiste porque continuaste insistiendo en que me
amabas, en que necesitabas que yo te hiciera confesiones similares. Yo me
negué a mentir para masturbarte el alma. Cuando te tomé el
pulso, latías como de costumbre; pero yo me fui, como si estuvieras muerta. |