los costados de pie

 

Resbalo de mis campanarios

manoteando un huerto de manzanos

y uno que otro muerto tan querido que me abotona las camisas.

“Tendrás la vida,

la muerte”,

me dijeron,

no me dejaron elegir el oficio.

Me saco un hueso y se lo muestro a la luna

para ver si la boba se enamora,

para comprobar que fui hecho de blancores profundísimos.

La esperanza me despacha un número,

una vigilia donde un piano da gracias por los dedos recibidos,

y yo casi me pongo a llorar de la emoción.

He caído de mis campanarios

y de mi cama;

he caído de mi cáscara, que aún me sangra.

Pero no acepto que pretendan notificar mi defunción.

Pongo mis costados de pie,

junto lo que queda de mi lengua

y me pongo a cantar sobre las crines de un hospital,

sobre el domicilio de un derrumbamiento.

Es implacable el oficio de estar vivo,

pero mi casa no está en venta,

ni me alquilo.