NO HAY SOLUCIÓN

Te he sentido en la textura
del aire, en la ternura del viento,
en el tañer de las campanas que cincelan
la tarde, en los días de otoño
y en las alamedas del parque,
tanto tiempo, tantos años,
que no puedo enterrarte,
así, de un solo golpe,
en el pozo ciego del olvido
y aún sigo atrapado
en la prisión de tu recuerdo.

Si te contara que lo he intentado todo
para fundir el hierro
que retiene en mi memoria tus latidos.
Si te contara que he arañado mi frente
para borrar de la mente
los remolinos de amor
que aún se agolpan en mis venas.

Pero de nada ha servido,
porque ahora sé,
con toda certeza,
que si pudiera
liberarme un momento de los ritmos
que tus olas encendieron en mis huesos,
que tus dedos excavaron en mi carne,
que tus sueños vertieron en los ríos
desahuciados de mi sangre,
no podría seguir viviendo,
no sabría existir sin la raíz
de tu médula instalada dentro,
no sería capaz de huir del calor
de tus brazos hechos para abrasarme,
de la luz de tus ojos llenos de horizontes,
del sabor de tu boca madura y carnosa
rebosante de misterios,
aunque solo sea en mis pensamientos.

Porque ahora sé que el vacío
espera fuera, a que salgas de mi vida,
para inundar de hielo mis entrañas,
para romper las amarras de un navío
que navega directo hacia el infierno,
prefiero alimentar tu recuerdo.

No. No hay solución.
Contigo o sin ti la vida se diluye
como un fantasma en el tiempo,
se pierde en la distancia
como un grito sin eco en el silencio,
dejando tras de sí
una estela de horas muertas
que me llenan el corazón de espectros.
Contigo o sin ti la vida comienza
a parecerse a un taller de desguace
donde los sueños se hacen pedazos
o al arenal de una playa a donde llegan
los últimos restos de un naufragio.