Cuento
PERDONEN QUE NO ME LEVANTE Perdonen que no me
levante. Les digo así, como reza en el epitafio que preside la tumba de Groucho
Marx, porque yo soy un muerto. Sí. Sí. Lo que ustedes oyen. ¿Qué pasa? ¿No me
creen? Acérquense. No tengan miedo. No hay por qué temer a lo que no pertenece
a este mundo. Si les hace falta toquen mi piel. ¿Lo notan? Es hueca y pálida
como una nube y tan fría como la nieve. ¿Lo perciben?. Pero no se preocupen
por mí, estoy tan bien que no quiero ni que dios me resucite. ¿Volver a
padecer lo que he sufrido? ¡Ni hablar! Además, ustedes no tienen ni puñetera
idea de lo que es esto. El verdadero alcance de la muerte sólo podemos sentirlo quienes estamos aquí,
del otro lado del reloj, como almas en pena esperando que se termine de una
vez para siempre la eternidad, en medio de esta calma, de este asombro, de
esta silenciosa y absurda detención del tiempo. Hay quien dice que la
muerte es una salvajada, sobre todo cuando es inesperada, como si uno no la
esperara y se pasara la vida mirando hacia otra parte, sin echar
una mirada al frente, al futuro, al destino. Pero yo, ahora puedo decirles
que se equivocan, que no hay tal salvajada. La muerte es simplemente una raya
que se traza al final de la
vida, una manera distinta de perder de vista el horizonte o simplemente una forma de dormir sin sueños.
Hay también quien piensa que es un largo viaje, y está en lo cierto, pero en
un autobús lleno de gusanos que en cuanto te subes te agujerean los huesos. Quienes dicen que
morir es cruzar el misterioso umbral de lo desconocido y entrar en la zona
más oscura del universo, tienen toda la razón. Aquí no hay luz. Vamos, por
haber no hay ni una mísera bombilla. Esto es como la quiebra de una compañía
eléctrica en medio de una soledad infinita de vértigo y silencio. Llevan toda
la razón los que aseguran que se llega aquí a través de un túnel, pero de
luminoso, nada. Cuando te llega la
hora o te la hacen llegar, te deshaces de todos los bienes materiales,
te tumbas en la cama o en el
suelo y ¡zás!, ya no te levantas más. La muerte es lo vacío, lo negro, lo
desnudo, una sombra vaga en un cristal oscuro que te atrapa entre sus suaves
alas y te da un abrazo que dura toda la eternidad. La muerte es un naufragio
en el que se echa la vida por la borda y se fondea el barco en lo más profundo del océano. Pero ¿saben lo que
más coraje me da?. Pues, verlos a ustedes vivos. Sí. A ustedes que son los
que me han matado, los que me han asesinado, aunque solamente hayan participado
en el crimen por omisión de sus deberes
humanitarios. Sí. Sí. Yo soy el muerto aquél que los generales
arrojaron vivo al mar desde un avión sin ninguna compasión, un desaparecido
más de los tantos que hubo en la
famosa caravana de la muerte, en Chile, en Argentina, o en las cárceles
franquistas.... El muerto aquél afgano o de cualquier nacionalidad que no
pudo llegar a adolescente porque se murió de asco, de hambre y de miseria
tirado en cualquier punto remoto del planeta, mientras ustedes se ponían ciegos de caviar y
de langosta. El muerto aquél al que los terroristas se llevaron por delante
con sus bombas o el mismo al que un gobernador medio loco, con delirios de
grandeza, sentó en la silla eléctrica, revelando así la calidad de sus buenos y tiernos
sentimientos ciudadanos. Sí. Sepan ustedes que
me da coraje verlos ahí, en la cama esperando tranquilamente, como esperó Franco el manto de la Virgen
del Pilar y la bendición
apostólica. Y si en alguna parte sucede que existe dios, pues yo aquí nunca
lo he visto, le pido con todas las fuerzas que me quedan en el alma, que
cuando a ustedes los políticos, los generales, los terroristas, los sinvergüenzas,
les termine por llegar la hora, se los lleve derechito al cielo de una vez
para siempre. ¡No vaya a ser que vengan ustedes aquí, a este dulce oasis de la nada en el que
yo me encuentro, a tratar de joderme otra vez eternamente! |