LA MAREA DEL RITMO

 

Después de la penumbra y la tiniebla

vino la vida, la vida fecunda:

vino la chispa fértil del relámpago,

en cuya selva ardían las palabras,

vino la luz y la esperanza, el verso

sin plumas, la utopía literaria.

 

El ritmo ebrio vino, de las mareas,

del fondo del océano, del mar,

como una ola gigantesca que trepa

por la espuma a la cima de los cielos;

del reino de neptuno vino, blanco

como la  nieve y hondo como la luz

a rescatar del silencio pedazos

amargos de mi volcán interior.

 

A la boca se asomaron sus pétalos

abiertos de flor radiante y sincera,

sus pétalos de abismos transparentes,

sus pétalos de sueños y serpientes.

A la boca fluyeron desde dentro

de las venas, en la sangre que corre

río abajo tropezándose en las piedras,

en la sangre cubierta por el musgo

del olvido como si fuera tierra.

 

El ritmo vino dentro de la bruma,

escondido en la piel de los sonidos,

de la rima, del metro, del acento,

rebosante de brillos y latidos.

Vino como un deseo ineludible,

como un río salvaje y turbulento

que estalla su caudal contra las rocas

y bebe las esencias del rocío

en la sabia despensa de la aurora.

 

Su aroma espeso me trepó a las venas,

llenó mi alma de resplandor marino

como si fuera espuma del océano,

trepó por las enredaderas hondas

de mis nervios como si fuera hiedra

en la que hierve el sol fértil de la vida,

la estrella luminosa del destino,

el barro de la tierna alfarería.

 

El ritmo nació inmenso del silencio,

de los golpes de voz que da el acento

al llenar de palabras cada verso

y de versos la espiral donde se arma

la cadencia secreta del sonido.

El ritmo nació así, como un suspiro, 

como mana una fresca melodía

del más hondo volcán de la garganta,

de las letras, del viejo crucigrama

donde se forjan febriles los sueños

y se fragua el vértigo de la danza.