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Historia de la Noche Fragmento XXII Por estas opulentas esquinas de musgos pasaron gentiles hombres sabios que tenían un diamante en la muela del juicio, y que bendecían con sus lágrimas el diáfano testamento del horizonte: temerosos estrategas sin zapatos; erguidos maestros de la muerte; esclavos sin amo y sin reinos; excelsos guardianes con arpas, que cuidaron el útero de la semilla y nutrieron, sin cansancio a los que caían de
bruces. Todos ellos, eruditos en la guillotina y analfabetos; hambrientos panaderos sin títulos: señores y bandidos con aros de cobre, sostuvieron la primavera del amanecer con la lengua insípida del
cuchillo. Majestuosa alcurnia mineral; erudita villanía del alimento; garante sublime de la supremacía del hombre; errónea ecuación de sueños sin oídos; estático paladar de la geología; folio de escarcha metálica. En su temor, rezó el hombre y luego trajo en la grupa de una daga el espíritu maligno de un
Dios. Desde la bondad del grano a la antigua parsimonia del elefante caerían de rodillas a las grandes cocinerías de los músculos, para extender los poderíos
del nuevo dominio. Después de la magistratura de la navaja, alguien siguió rezando porque anhelaba un aserradero y otros, que transcendieron la tecnología, otorgaron un carácter abstracto a la desdentada
mandíbula del cuchillo. La pulcra lámina mineral, avalista del párpado del odio, escaló los dormidos abismos de la tierra para ejercer a la sombra del hueso roto la bruma ministerial de la tala sobre los ásperos dedos del siervo, quien, sin comprender su hazaña, había cambiado de oficio. Aquellos que la tuvieron y acariciaron como a un venado, también cayeron cortados en la
codicia. Y cuando todo el vecindario se licenció con el filo de la hoja, los más sabios instalaron: cuchillos en las murallas, cuchillos en el cielo, cuchillo en el viento, cuchillos en el pan, cuchillos en los testículos, cuchillos en el útero de las mujeres que parían niños sin orejas, con las uñas afiladas hasta el arrecife de la lúnula, y una Biblia de enlaces peptídicos sobre el arte de las
carnicerías. Así, llegó el gabinete de la navaja a nuestra afilada conciencia. |