El cigarrillo de después

 

Cuantas veces, tendida, a esta hora del atardecer, después del amor, cuando un hombre, ardido ya, ha dejado de ser él, y se mueve como un bulto en la cama, buscando un cigarrillo, para encenderlo con un cierto placer, con una cierta necesidad de compensar su oralidad perdida en la infancia e inacabada en mis pechos, pienso, medito, existo, no existo ni medito, espero, no espero, oigo cantar los niños en el patio de luces, niños de siempre. Oigo en ellos, la niña que fui yo, en el atardecer de cualquier día, siento un alo de tristeza entre las pálidas luces que ya se reflejan en la habitación llena de humo y con olor a sexo. Y en esta línea fina, mi mundo se convierte en una fuga de deseo, rota la tensión, caída del vuelo.

Ese hombre, no sé qué hombre, bulto de vida, tenía el cuerpo lleno de hogueras que he ido apagando con la noche, como se apaga un monte, y ahora ensombrecido e inexistente, se esfuma en sueños vanos, mientras yo no existo sobre esta cama fría y levito en soledades en el hueco del silencio, y la paz del post-coito. Este momento es de suprema apertura, de honda disponibilidad, de clara luz, y solo por esto valdría la pena el amor, por haber llegado a este punto de sombra, donde nada me ancla, - el único placer posible - no desear, no estar, no ser. Apenas existo y la noche viene a llenar sin prisas los fragmentos de mí que ha dejado aquel hombre ya dormido.

Sólo quiero esto, escuchar a los niños, sentir el vencimiento del tiempo, y desde la sombra acechar su respiración que es como una música lentísima de ejes cansados, que suena a intervalos vagos. Enciendo mi cigarrillo, y mi amor se apaga lentamente y me deja una gran oquedad, una hermosa disponibilidad, me deja el pecho abierto como un cristal simplificado. A mi lado, el hombre, suspira, entra en la segunda hora onírica.

Qué hora de silencio, cuántas veces repetida en mi existencia, esta ocasión humilde en que, tendida por la necesidad del sexo, la marea alta del anochecer me sorprende, náufraga, y me acuna. El poema se escribe solo en mí, poema de carne y deseo, cita de estrellas, treguas moradas, cuerpos como sacos abultados y mal cerrados, antes que los corazones sean piedras en el fondo de los sueños. Veo claro, el libro que nunca escribiré, hijos que se quedan en el camino, única punzada en el latido de mi corazón, veo el tiempo con sus citas anuladas, supresión de espacios. Apago mi cigarrillo y espero que la noche termine, para volver a crear algo.