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El Puerto
Desde allí...
la japonesita con los ojos sabaneros
tejió letreros...
en las paredes del alma.
Hizo sueño de cartón...
que en el aire volaban.
Sirvió el té en los labios de la luna.
Puso sus sollozos en caligrama.
Camina con pasos de porcelanas
a observar el kabuki,
hundiéndose estaba el sol...
entre los bambúes de Osaka.
No les consoló fideos... suchis,
nada...
muerto yacía su amado en el campo
de batalla,
luciendo el casco de sol,
y en sus manos la espada.
Mishico que así se llama,
puso incienso en el Templo
para que los ancestros su pulcritud
resguardasen...
Con la sacralidad del shinto.
Para que sus peticiones escuchasen...
por su virtud inocente.
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