EL PROCESO
 
 Era un martes de noviembre jurídico
 con cara morena al caer el sol.
 El cielo temblaba oloroso a lluvia
 y una inexplicable mezcla de escalofrío
 y asco racista asoló la ciudad...
 con  extraños graznidos de leyes.
 
 Bandadas de faroles caducos de luz
 recorrieron calles, avenidas, parques
 con atroces chirridos empalagosos...
 
 Condenaron todo a reducirse a sombra:
 los vivos, los muertos,
 los casi vivos, los casi muertos,
 los moralistas,
 los pervertidos,
 los taxistas miedosos,
 los vendedores de drogas,
 los proxenetas del humor negro.
 
 Todos fueron víctimas y testigos erróneos
 del proceso a través del cual;
 relajar la lengua conllevaría castigo
 de hasta siete días secuestrados por leyes
 cuya finalidad era protegernos del mal
 de pandemoniun.
 
 La ciudad se volvió un absurdo kafkaiano:
 se duplicaron los analgésicos,
 las vacaciones al sillón de piel sicológicas,
 las fumadas para estar tranquilo,
 el sexo rápido...
 
 Absurdamente nos dejamos condenar
 para confirmar la inexistencia de peligros
 en nuestros actos y sentirnos seguros.