Vivir es suicidarse en cada semáforo
Agenda. Hoy. Como ayer o mañana. Como siempre. De casa al trabajo.
Primer semáforo, primera oportunidad de pensar algo. Se me ocurrió que manos llenas de amor valen más que bolsillos
repletos de dinero e indiferencia. Por eso, aquellos que regalan a sus hijos su
pobreza digna son más gente que aquellos que compran a sus hijos su silencio más
culpable. Luz verde. En viaje. Segundo semáforo. Rápido, 40 segundos. Decir
algo!... Me acordé que un día mandé algo a una lista contando de la
nostalgia que siento por Buenos Aires, y alguien me invitaba a que me
decidiera a volver a visitarla. Le contesté algo así: Sí. Fui y no estaba. Debe ser porque el tiempo que pasa desdibuja.
Debe ser porque el que volvió no es el mismo que se fue Queda el
recuerdo, que no me frena ni me amilana, pero que de vez en cuando toca
el timbre, y yo, como siempre, le abro. Ojalá la vida fuera apenas un tango. Luz verde. En viaje Este semáforo es el último y
el más largo. Un minuto entero. Sirve para empezar a
escribir un poema. La llevo en los
pulmones Bueno, no se dejó escribir. La falta de inspiración le agradece a la
luz verde y acepta su invitación para seguir. Esto me pasa cada vez
que empiezo a hablar y me doy cuenta que estoy solo. Luz verde. En viaje. Epa! La inspiración me agarró de sorpresa por la espalda. Freno y
estaciono donde puedo. Me dice que es cortito y que no llegaré atrasado a la
cita. Dejo entonces que escriba:
Anoche...
Arranco, sigo y llego. Me arreglo la corbata, me pongo la mueca de ejecutivo que corresponde, y a trabajar.
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