LAS FOTOGRAFÍAS 
 

Adelanto lo que puede ser considerado como un resumen de este mensaje que te envío: la foto tuya que me mandaste, y una la mía sobre la cubierta de un barco – durmieron juntas.

 

Sí, las dejé  en un archivo especial de la computadora abierto para acogerlas - y amanecieron en el piso del monitor, al pie de la chimenea.jpg, con un aire de cansancio satisfecho en las mejillas; el sol de tu foto mirando avergonzado hacia otro lado, y el barco de la mía puesto a pique en el fragor de la batalla. Los cabellos totalmente despeinados y las ropas arrugadas, como si hubieran sido vestidas apuradamente cuando escucharon mis pasos.

 

Ambas fotos estaban desenfocadas, contrariando la perfecta nitidez que gozaban cuando las vi por última vez la noche anterior. Ojeras profundas decoraban los cuatro ojos y una sombra de serenidad brillaba en la faz de los dos.

 

La escena retrataba – sin más ni menos - el “después” tradicional, delatando en los pequeños detalles que la batalla fuera larga y decisiva. Los de botones de tu blusa desparramados sobre la superficie del disco C: un  zapato dentro del archivo zip de música clásica y los otros tres debajo de Windows XP; tus medias colgando de la carpeta Mis Documentos, y en el aire virtual flotaba un fuerte aroma  de perfume digital, de esos que invitan y activan todos los deseos inimaginables.

 

Al contemplar la escena, recordé que durante la noche escuché ruidos, los cuales, mezclados con mi sueño, me activaron. Sí, sonidos conocidos, onomatopeyas que sin necesidad de traducción dibujaron en mi imaginación lo que suponía estuviera ocurriendo en la otra pieza.

 

Recuerdo el eco de una voz femenina declamando un poema compuesto de lágrimas y gemidos, mientras que la voz del hombre se dejaba escuchar en susurros suaves, incomprensibles y claramente excitados.

 

Bien que sentí que algo debía  estar ocurriendo, porque en ese estar despierto aunque durmiendo, me sentí tenso, pero como esa sensación me gratificaba, dejé que ese nirvana continuara, cerrando aún más los ojos y aguzando mucho más el sentido auditivo.

 

Aunque estuviera sumergido en la total oscuridad de mi habitación, no me fue difícil adivinar los dares y tomares que acontecían  en la sala de computación de mi casa. Los besos urgentes, los labios ardientes, las caricias candentes, los espasmos dementes, el delirio latente.

 

Cuando desperté por la mañana, lo primero que hice fue pensar que la foto que me mandaste había conseguido seducir a mi imaginación, generando una urgencia de, un querer que, y con esas ideas en la cabeza marché a ducharme, y después a desayunar y buscar el correo de papel en el buzón, hasta que finalmente fui a ver si había llegado algún mensaje electrónico. Fue entonces que encontré las fotos en el suelo, al pie del hogar, manchadas de vino, elixires eróticos y sudores.

 

Es por eso que, anticipándome a una posible denuncia anónima, o peor, a la acusación de abuso sexual, te remito este mensaje para informarte que nuestras fotos durmieron juntas, así como para que sepas que ni bien verlas y entender la magnitud de lo acontecido, me agaché, las recogí, y mientras borraba con el Photoshop las ojeras y planchaba con dicho programa las ropas y peinaba con un software especial los cabellos despeinados, y después de devolverles la perdida nitidez, me puse a mirarlas detenidamente, y cuanto más te miraba, y  cuanto más me miraba, y al imaginar el atropello sufrido por tu foto, casi me morí de tanto odio que sentí de mi retrato. De tanta rabia que sentí de mi retrato. De tanta envidia que sentí de mi retrato.