Sobredosis de obviedades

 

 

Uno de los más agudos problemas a los que nos enfrentamos todos aquellos que acumulamos em nuestro equipaje muchos años de supervivencia y un poco de veteranía, es el hecho de que casi todos creemos saber diagnosticar con bastante precisión los males que acosan al individuo en particular  y al género humano en general, pero cuando llega la hora de usar esas conclusiones para elegir las mejores soluciones y decidir cuándo y cómo aplicarlas, los años vividos y la experiencia acumulada repentinamente caen en un profundo letargo, víctimas de la parálisis conformista que el statu quo provoca en la mayoría de las personas “que ya vieron esa película”.

Es evidente que el ser humano está – grosso modo - hipnotizado por la simplicidad facilonga de todo lo que sea relativo; por la veneración dogmática a cuanto sea secundario; por el deseo compulsivo y mercantilista de acumulación de lo realmente descartable; por la admiración incondicional a lo  irrelevante; por el culto religioso a lo que es bello y no a lo que es digno; por la adoración del continente del discurso vital y no de su contenido; por las premisas científicamente objetivas-efectivas, y no por las emocionalmente afectivas, sensibles, emotivas.

Lo que no es tan evidente – si se contempla el paisaje  humano desde las alturas de la tercera edad – es el tratamiento requerido para que el homo sapiens deje de canjear sus ilusiones infantiles y sus utopías juveniles, por un traje a medida o por un crucero en las islas griegas o por un ascenso en la carrera profesional o por un casamiento económicamente rentable.


Por eso es que - mientras no se presenten soluciones y recetas eficaces - las heridas de la humanidad continuarán sangrando, mientras que los encargados oficiales de buscar y encontrar el remedio, continuarán engordando sus egos, sus cuentas bancarias y sus obesos orgullos.


Uno de los grandes riesgos que la madurez incuba en su vientre, es la extremada facilidad con que esa sensación de dejá vù que está presente en casi todo lo que ocurre, poco a poco anestesia y conduce al desinterés, ya sea en relación a los hechos acaecidos, ya sea en todo lo vinculado al protagonismo social que dichos hechos exigen de nosotros.


Casi todos sabemos muy bien sabido lo que se debe hacer para que el ser humano recupere el papel protagónico en la parodia llamada Vida, pero muy pocos se dedican a la tarea de intentar hacer lo que se deba hacer - aunque duela - optando por hacer lo que se quiere hacer, aunque no produzca resultados.


Llegamos a un punto en el que el libreto de la realidad – escrito sin nuestro beneplácito – no nos concede suficiente libertad y fuerza de voluntad para que podamos elegir en conciencia el camino o el remedio para combatir y erradicar las enfermedades sociales que nos afligen, porque nuestro papel irrelevante en esa tragicomedia, nos empareda entre la opción de atropellar al prójimo para poder progresar, o morir bajo las ruedas de los pies de “robóticos  humanoides”, que en su afán de ganar o ganar, no se detienen ante nada o ante nadie en una carrera ciega que – como bien sabemos los que aprendimos la lección en carne propia – no conduce ni a la casa donde vive la felicidad, ni al castillo donde nos espera sentada la paz de espíritu.


Y la culpa de todo – o por lo menos una gran parte de ella – es nuestra. Cómplices por acción u omisión, nos transformamos en nuestros propios verdugos, sembrando con artimañas y bajezas nuestro camino, eligiendo transitar por los atajos de la simplificación, que generalmente nos conducen al precipicio en el cual nuestro egoísmo impera soberano.


En fin... El último que logre escapar de la emboscada tendida por los malabaristas de conciencias y por los prestidigitadores de la conducta y por los ventrílocuos del más allá, que apague la computadora, recupere la plenitud de su condición humana y  ¡manos a la obra!