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11 DE MARZO Y
SIMILARES (escrito el 12/03/04) Las víctimas inocentes
de los asesinatos colectivos o de los bombardeos indiscriminados o de los
ataques suicidas o de las dictaduras militares o de las guerras santas no
tienen nombre ni apellido a los cuales agarrarnos para guardarlos en el
panteón de la memoria. Un número los cobija y una fecha los representa. Casi doscientos el 11
de marzo del 2004 en Madrid, o casi 3.000 el 11 de septiembre del 2001 en
Nueva York, o 30.000 desaparecidos en la dictadura
argentina del 76 al 83, o seis millones no hace muchas décadas en Auschwitz y sucursales. Un número que solo los que
tienen a alguien cercano atrincherado bajo ese epitafio matemático saben
transformarlo en el nombre de su muerto predilecto. ¿Los culpables?
Como siempre la ignominia se divide y subdivide en castas de todas las
especies. Los parias que ponen la bomba o disparan los cohetes. Los sargentos
que los entrenan. Los capitanes que los municionan. Los generales que les
detallan la logística del ataque. Los políticos o líderes religiosos
fundamentalistas que les inventan los motivos. Sus nombres son
cambiantes. Servirá el que mejor atienda a los intereses del momento y a los
mandamases de turno. Será ETA en España
mientras sirva para ganar elecciones. Será Al Quaeda
en cualquier lugar mientras a los arquitectos de la ignominia les interese
seguir asustando al mundo. Serán las FARC cuando el gobierno de Colombia
quiera ocultar sus asesinatos, y será el gobierno de Colombia cuando las FARC
quieran vengar esos asesinatos. Serán los judíos cuando convenga a los que no
se conforman con la existencia del Estado de Israel, y serán los palestinos
cuando se quiera hacer inviable la creación de un Estado soberano que los
cobije. Será la defensa de la Libertad cuando se quieran adueñar del petróleo
ajeno, y será la protección de la Democracia cuando lo que se busque es
acabar con ella. Como siempre, el
recuerdo de los muertos inocentes y de sus muertes sin sentido durará menos
de lo que los muertos se merecen, porque la vida se encargará de pasar un
paño mojado sobre la realidad y cubrir las muertes infames con algún asunto
que las entierre para siempre, como pueda ser un cantor famoso que se
divorcia o una princesa que se muere; un casamiento real o el estreno
de la película tan esperada; la fiesta en la casa de amigos o el sábado por
la noche; el encuentro esperado o el sueldo ingresado en la cuenta corriente;
el partido final del campeonato o una semana de vacaciones. Sí. No nos llamemos a
engaño. En el mejor de los casos la eternidad dura un par de días, ya
que la imprenta que edita los libros de Historia la amortaja entre
frases hechas y la entierra para siempre en el dobladillo de las verdades a
medias en algún rincón secreto del cementerio nacional de las versiones
oficiales. Después... bueno, después, si te he visto no me acuerdo. Dicen los que dicen que
saben, que existen largas filas de fanáticos esperando que les llegue el
turno de embarcarse en el tren o en el ómnibus o en el avión en el momento
que los fabricantes de la muerte juzguen oportuno, para en nombre de Alá o de
Jehová o de Elohim o de Dios o de la Paz o de la
Democracia o del diablo que se los lleve, transformar el todo en nada, el
tren y el ómnibus y el avión en cementerio colectivo, y el futuro en un puro
espejismo, y la esperanza en un rotundo fracaso. Eso es lo que dicen los que piensan que saben lo que dicen,
mientras que nosotros, indefensos y anónimos pasajeros del tren o del ómnibus
o del avión, lo único que queremos y deseamos es viajar para llegar en paz a
nuestro destino. |