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Como
todo izquierdista que se siente muy honrado de serlo, no puedo negar
que soy bastante desconfiado en relación a las promesas electorales,
vengan de donde vengan, y en razón de dicha desconfianza la elección
de Tabaré en Uruguay hizo que mi curiosidad apretase el
gatillo, baleando con una ráfaga de dudas la alegría que supone dicha
elección.
Esa
es una manía que adquirí hace muchísimos años, cuando aprendí que el
Poder es una bella odalisca que sabe mover las caderas con gracia y
sensualidad, y que cuanto más desconocedor de las mañas y de
las trampas sea el gobernante de turno, más fácil será seducirlo con
la piel aterciopelada de los elogios de los aprovechadores, y con el
aroma del perfume francés que emana de los sátrapas palaciegos, y con
la melodía envolvente de las ofertas irrechazables, y con las
propuestas indecentes disfrazadas de angelitos pero que no pueden
ocultar bajo el barniz de seriedad que las esconde, la indignidad de
propósitos de aquellos que las apadrinan.
Por
eso, espero, deseo, pretendo, estar equivocado...
...Pero no puedo eliminar de la realidad
uruguaya en particular y de la latinoamericana en general, algunos
hechos que son tan sólidos como el diamante, tan duros como la
verdad, tan preocupantes como el pasado. Mencionaré algunas de esas
piedras que acechan a cualquier gobierno en Latinoamérica, y hoy,
especialmente al nuevo y muy bienvenido presidente del Uruguay.
El estado de corrupción
económica alcanza a todos los estratos de la población. Roban los
ministros, y por eso sus asesores y los asistentes de esos asesores y
los asesores de los asistentes de los asesores se sienten amparados
para también caer en la tentación de la propina, de la coima, de la
comisión. Y roban los patrones cuando evaden el pago de impuestos
debidos. Y roban los empleados cuando aceptan comprar sin recibo para
ahorrarse algunos “porcientos” en el precio. Y roban los
policías que permiten el tráfico de drogas, y los generales que usan
el dinero público para practicar tiro al blaco contra la democracia.
Roba el director del
hospital cuando cobra de los laboratorios para comprar por precios
escandalosos sus remedios, y roba el encargado de comprar sea lo que
sea cuando paga más de lo que cuesta para recibir su parte, y roba la
enfermera cuando se lleva a casa jeringas y píldoras y sábanas del
hospital, y roba el comisario que cobra de los delincuentes a cambio
de su omisión. Y así sucesivamente.
Roba el que puede, porque
robar es parte de la conducta social impuesta a la sociedad por la
elite corrupta a lo largo de los siglos. Y roba quien quiere, porque
la única condición para ser castigado es que robe poco y no soborne a
quien corresponda. Porque roban los jueces cuando venden sentencias
manifiestamente ilegales, y roban las Cortes Supremas que miran para
el otro lado, y roban los fiscales que acusan o no según el precio
cobrado o no. Y así sucesivamente.
Un continente en la mano de
ladrones que se roban los unos a los otros y los otros a los unos.
Con gobernantes que de traición en traición roban la esperanza
de los que son robados diariamente. Con diputados y senadores que
venden su voto al mejor postor. Y así sucesivamente.
El estado de corrupción
política es endémico y crónico. Si robó mucho podrá financiar una
campaña y ser elegido diputado provincial. Si robó un poco más,
diputado nacional. Si ofreció negociados a los grandes empresarios,
llegará a intendente o gobernador. Y así sucesivamente.
Prohibido olvidar que
corrupción política significa permitir - como ocurre en todo el
subcontinente latinoamericano - que los grandes ladrones y
aprovechadores de ayer continúen protegidos por el manto sagrado de
la impunidad/inmunidad parlamentaria, y que muchos de ellos sean
electos y reelectos gracias al poder del dinero mal habido. Y así
sucesivamente.
Visto todo esto, algunas
preguntas exigen a gritos respuestas contundentes:
¿Deberá Tabaré componer
alianzas con los líderes de ese Uruguay que las urnas acaban de enterrar?
¿Deberá Tabaré pactar con
los fabricantes de la miseria, con los mercachifles de la desgracia y
con los artífices de la injusticia social?
¿Deberá Tabaré dejar en su
lugar a jueces que están donde están por haber prometido juzgar de
acuerdo a los intereses de los que los nombraron?
¿Deberá Tabaré permitir que
personas y grupos que se han dedicado a desvalijar al país sin
remordimientos ni piedad salgan ilesos de los cambios que el pueblo
exigió en las urnas?
¿Deberá Tabaré aceptar que
la globalización continúe minando el poco terreno que aún no se
hundió en el pantano de la desvergüenza, permitiendo que los grandes
capitales sigan chupándose la poca sangre que quedó en las venas de
la economía uruguaya?
¿Deberá Tabaré permitir que
los grandes constructores de obras públicas que están acostumbrados a
cobrar cuatro veces el valor real de la ruta o de la escuela para
repartir una parte entre los corruptos, continúen construyendo con el
dinero público?
Somos muchos los que
esperamos sinceramente estar equivocados al considerar que el
pragmatismo a ultranza pueda con las promesas electorales.
Ojalá que de esta elección
surja el Uruguay que su gente se merece, y no el Uruguay de pocos a
que nos tiene mal acostumbrados la Historia.
Es hora de que por una vez
los sueños se transformen en realidad y la utopía también.
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